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Pasto se rinde ante la grandeza de su Carnaval en un Desfile Magno

De norte a sur, siguiendo la estela de talco, espuma y alegría, el Desfile Magno puso el punto final a una edición majestuosa del Carnaval de Negros y Blancos de la ciudad colombiana de Pasto que casi ajena a su décimo aniversario como Patrimonio de la Humanidad celebró e hizo suya su festividad.
El 6 de enero es sinónimo de amor y vida en Pasto.


El desfile arrancó impuntual, ya pasadas las 9.00 hora local (14.00 GMT), con 24 carrozas a un lado de la carretera y las 90 comparsas y murgas en el otro, todo bajo la atenta mirada del volcán Galeras, que, desde su altura, proyecta una sombra amenazante sobre la ciudad.


Los ganadores del desfile del día de la Tierra, los colectivos Somos Zarandearte y la Fundación Cultural Ciudad de Pasto, abrieron el evento, seguidos de la carroza de la Reina y de las murgas y comparsas, que salieron a las calles y coparon la celebración.


Toda Pasto se escondía bajo un fino manto de polvo blanco y chorros de carioca, una espuma que está prohibida por sus componentes contaminantes pero que sigue presente en las calles, si bien el alcalde de la ciudad, Pedro Vicente Obando, apuntó que el objetivo es acabar con su uso en un plazo no superior a cinco años.


A pesar de que el clima dio una tregua a la celebración y respetó los desfiles, sin registrar lluvias torrenciales, un sol inclemente abrasó tanto al público como a los participantes, en un ambiente sólo interrumpido por la aparición de algunas nubes.


A las murgas, las comparsas y los disfraces individuales les siguieron las carrozas no motorizadas, algunas de ellas finalizadas horas antes como la del maestro Chicaiza, acabada a las 4.00 hora local (9.00 GMT) y cuyos autores empujaban con esfuerzo y orgullo.


En ella estaban los tres miembros de la familia: Óscar, su hermano Oswaldo y su papá, las dos generaciones que han asociado su nombre al Carnaval de Negros y Blancos.


"Nuestra satisfacción es haber dado ese momento de gloria, ese pedacito en el que uno se siente un icono, con cada aplauso, con cada 'Viva Pasto', cuando pronuncian el apellido de uno", dice a Efe Oswaldo, en medio del desfile, ataviado con un traje de colores a juego con los motivos de la carroza.


Para la familia Chicaiza, salir a desfilar con su carroza "es la consolidación de un sueño elaborado día a día", aunque sus miembros reconocen que "el proyecto estaba muy atrasado" y que han pasado "tres días limpios sin dormir".


Ellos formaron parte del colectivo de carrozas no motorizadas, como antesala de la más grande celebración, el desfile de carrozas.


A partir de ahí, todo es un derroche de ingenio.


El joven Hernán Narváez lleva un sombrero con forma de loro, un traje de colores vivos y encabeza la carroza motorizada "Safari por Colombia", una de las más vistosas.


En pleno desfile, Narváez explica que han querido representar a "todas las especies animales que habitan en Colombia", entre ellas el oso de anteojos, y que las dos figuras que preceden a la carroza representan "a los compañeros que van dejando atrás todo lo que han visto".


A medida que el desfile avanzaba hacia el norte, la calle era tomada, cada vez más, por las clases humildes de la ciudad, que, con sus ruanas y sus bolsitas blancas de talco, daban la bienvenida a cada una de las carrozas y "jugaban" entre ellas.


Todo ello, en un ambiente plenamente festivo.


El alcalde de Pasto reconoce a Efe que la presente edición "es la mejor" que han tenido.


"Es un derroche de arte y música. Este carnaval es el centro de toda la manifestación artística", dice.
El trabajo detrás de cada carroza viene de lejos y en él colaboran también las figuras que desfilan, como Katherine García, de la carroza Fuente de Vida, que destaca la unidad de todo el equipo a la hora de construir, lo que posibilitó, según dice, que la carroza se haya terminado rápido.


"Esperamos que la gente siga apoyando nuestra obra", apunta, mientras sopla pompas de jabón.
Como si de un empuje invisible se tratase, cada "viva Pasto" del público insuflaba aliento a los miembros de las carrozas, para llevarlos casi flotando hasta el final del recorrido.


Y fue entonces donde, en un alarde de generosidad y de comunión entre el público, un nariñense le regaló una botella de aguardiente a su homólogo que le esperaba al otro lado de la calle.


Como resumiendo el espíritu del carnaval y la personalidad de los nariñenses, ese hombre dijo, entre risas, que "los pastusos no dan concho (el último trago de la botella), dan media de brandy".