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Las carrozas del carnaval de Pasto: el "saber hacer" se queda en casa

En una nave de ladrillo y techado de hojalata, Diego Valdivieso empuja su silla de ruedas con un barreño en su regazo para rematar la carroza que ha hecho junto a su familia y con la que participará en el desfile Magno, el colofón del Carnaval de Negros y Blancos de la ciudad colombiana de Pasto.


Ufano, Diego, de 18 años, dice que sueña con perpetuar el legado de su padre, el maestro artesano Carlos Valdivieso, de cuyas manos han salido 39 carrozas para el carnaval desde que un día de 1978 dijo, al presenciar el desfile, "esto también lo puedo hacer yo".


En la elaboración de las carrozas trabajan familias enteras. Además de Diego, la otra hija de Carlos, Jenny, también ha estado encolando retazos de papel para darle forma a las figuras festivas de la carroza, lo hacía al salir de su trabajo.


"Desde niña hasta ahora, siempre he estado dentro de un taller: entre muñecos, entre el barro, entre papel encolado", resume Jenny, que, además de formar parte del equipo que encolaba las figuras, también ha contribuido al vestuario y ha llevado la campaña de publicidad de la carroza.


La creación se llama "La nave de los locos", tiene forma de barco, está motorizada y cuenta con un muñeco articulado al frente que "guía el paso" y tiene movimiento propio.


Carlos Valdivieso está orgulloso: "Es un homenaje a los artesanos del carnaval".


En la edición anterior, la familia Valdivieso no presentó ninguna carroza porque Diego estaba sometiéndose a una cirugía.


"Ahí nos dimos cuenta del verdadero sentimiento que tenemos hacia el carnaval, que es trabajar", dice su hermana Jenny, que cede a Diego la responsabilidad de continuar el legado familiar en un futuro.
"Se necesita de mucho ingenio, creatividad y manejar un grupo grande, para mí sería muy difícil", concluye.


A Diego, tanta responsabilidad no parece incomodarle: "Cuando él ya no exista, yo seguiré su legado".
El sector Caicedo, donde viven los Valdivieso, es un barrio popular de Pasto, alejado del centro, en el que imperan las construcciones de ladrillo naranja sin vestir y una multitud de cables que atraviesan el cielo de las calles.


Lo habitual, explican los pastusos, es que las carrozas se elaboren en el centro, cerca de los puntos en los que empieza el desfile.


Sin embargo en Cantarana, uno de los barrios más desfavorecidos de Pasto, también hay sitio para el carnaval.


Excitado e inquieto, el maestro artesano Óscar Chicaiza se mueve por su taller con una energía impropia de alguien que dice haber dormido sólo dos horas.


Está acabando de perfilar los detalles de su carroza no motorizada.


Para llegar hasta su taller hay que enfilar una loma sin pavimentar, meterse por un callejón con ropa tendida a cada costado y buscar un domicilio particular: la casa de los Chicaiza.
En Cantarana, todo tiene un aura de temporalidad permanente.


Lo último que uno espera encontrar en una zona como esta es una carroza magnífica de carnaval, de colores vivos y un mensaje claro: "Cuídense y apuesten por la paz".


El título de la obra es "Pazto, te quiero Cuydar", un juego de palabras que mezcla la palabra "paz", el nombre de la ciudad y el Cuy, un roedor autóctono que, empalado y asado, es el alimento tradicional de la región.


Sentado en una mesa en lo que antes era el salón de casa de sus padres, Oswaldo Chicaiza, el hermano de Óscar, acaba de rematar las letras que darán nombre a la carroza.


Este pastuso de unos 40 años se dedica profesionalmente al mundo de las esculturas y el año pasado estuvo en Valencia ayudando a construir algunas fallas.


Él dice que ambas festividades guardan muchas similitudes en lo que respecta cómo se construyen las carrozas y los "ninots", con la salvedad de que estos últimos acaban pereciendo entre las llamas.


La particularidad del trabajo del maestro Chicaiza es que todavía utiliza la arcilla para modelar la carroza pieza por pieza, antes de elaborar la definitiva con poliespán.


"Tenemos que trabajar para que el trabajo con las manos no se pierda", dice Óscar, en referencia al fango.
Su hermano Oswaldo recuerda cómo, de niño, acababa embadurnado de arcilla cuando ayudaba a su padre con los diseños de la carroza.


Si bien ya no están manchadas de arcilla, las manos del maestro Chicaiza están llenas de pintura y tienen esa rugosidad que se adquiere con años de trabajo manual.