Hechos violentos abonaron establecimiento de cultura de nota roja en México

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A lo largo de la historia, en la capital mexicana han ocurrido hechos de violencia desmesurada que abonaron el establecimiento de un cultura de nota roja, asegura el escritor de la guía "Ciudad de México insólita y secreta", Mario Yair Torres.


Algunos de esos relatos entretuvieron a una sociedad interesada más en el detalle cruento que en informarse de episodios de la historia como la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), explica.
"En México, como no nos considerábamos en guerra porque la guerra estaba muy lejos, allá en Europa, nos entreteníamos con la nota roja, con los crímenes, los asesinatos", asegura el autor, que reúne en la guía algunos de los casos más relevantes de la época.


Una de estas historias sucedió el 23 de octubre de 1942, en el número 5 de la calle Vizcaínas, en una casa de ladrillos en la que arriba de las puertas de entrada hay dos figuras de lobos esculpidas en piedra.


Ese día, Isidro Cortés, un hombre con algunos desequilibrios temperamentales, llegó proveniente, subió hasta el departamento 11 y mató a su esposa, Jane Pleason, y a su hijo bebé, asestándoles dos disparos a cada uno. Uno al pecho y otro directo a la cabeza para asegurarse de que estaban muertos.

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En la casa estaba una niña, hija de ambos. Cuando la descubrió, también la mató.
Los motivos de Cortés se fundaban en la creencia de que su esposa se había convertido en prostituta en la capital luego de abandonarle.


"Para no manchar el honor de su familia y que sus hijos supieran que su madre era una prostituta, la decide asesinar", relata el experto, estudioso de numerosas crónicas publicadas en México en la época de la Segunda Guerra Mundial.


Luego del condenable acto, Cortés se trató de quitar la vida y, como no tenía balas, lo intentó golpeándose ridículamente la cabeza con la culata de su pistola.


Sin éxito alguno en su empeño, el hombre fue atrapado por la policía ese mismo día y fue encarcelado, no sin que la historia se volviera famosa en el país.


De aquel octubre sanguinolento saltamos a otro octubre, el de 1945, ya con la guerra terminada, en el cual también estuvo marcado por escabrosos acontecimientos.


En el 66 de la calle República del Salvador vivían los ancianos hermanos- dos hombres y una mujer- Villar Lledías. Se decía de ellos que eran unos harapientos parias que deambulaban por la zona comiendo comida barata y sufriendo los estragos físicos a los que empuja la pobreza.


"Al más anciano, que era Ángel, ya se le estaban pudriendo los dientes y no quería ir al dentista para no gastar porque creía que le iban a hacer un mal trabajo", apunta el licenciado en ciencias de la comunicación por la Universidad Claustro de Sor Juana.


Pero no todo era como parecía, y es que los ancianos custodiaban consigo una inmensa fortuna compuesta por joyas y obras de arte que incluían pinturas de Paul Cézanne y Vincent Van Gogh.


Resulta que los tres eran "descendientes de los condes de la Cortina, rentaban entre 30 y 40 departamentos en todo el centro histórico" y tenían una fortuna escondida en el lugar donde vivían. Aún así, se esforzaban por no gastar.


Un día, el suministro de agua se les averió y un especialista acudió a arreglarlo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la casa apenas tenía electricidad ni gas y que, entre toda esa decadencia, había una fortuna.


Días después del descubrimiento, Ángel fue asaltado por cinco hombres mientras realizaba una llamada en la cabina de bajo de su casa.


Entraron al departamento y cogieron todo lo que pudieron, dando muerte a dos de ellos y dejando viva a la mujer, a la que creyeron muerta.


Pese a que la anciana hizo lo posible por ocultarlo, finalmente se inició una investigación y los policías entraron a la casa. Al ver la fortuna que ahí aún había, la tomaron y decidieron acusar a la anciana de los asesinatos alegando que ella había dado muerte a sus hermanos para quedarse con todo.


Tiempo después, la mujer salió de la cárcel y, gracias a una señora que acusó a su hijo de tener joyas que no eran suyas, se hizo justicia.


Otra historia de violencia sucedió en 1943 con el alemán Harry Von Wieckende, conocido como "el fakir Harry", quien decidió crucificarse en la avenida San Juan de Letrán número 5 a fin de conseguir, mediante su sacrificio humano, que se acabara la guerra.


Pasó todo un mes con clavos en manos y pies, siendo visitado por 62 médicos y por los capitalinos -llegó a acudir el mismísimo comediante Mario Moreno Cantinflas- para solicitarle milagros.


Finalmente, el fakir fue llevado a un hospital por problemas respiratorios y, días después, fue hallado muerto en el hotel Gillow.


Los médicos atribuyeron la muerte a un problema cardiaco, descartando cualquier relación con la crucifixión, dando fin a una más de las muchas historias violentas sucedidas en México.