El nopal y la tuna, resistencia y herencia de la nación azteca

En inmensos cultivos áridos, Sebastián Martínez, un campesino mexicano, usa dos conjuntos de ropa sobrepuestos y se cubre toda la cabeza para impedir que su cuerpo sea flagelado con las espinas de una de las plantas y frutos más importantes en la historia de la nación azteca: el nopal y la tuna.


En la comunidad de San Sebastián Villanueva, en el central estado mexicano de Puebla, a este hombre de 30 años lo rodean miles de cactáceas con su dulce fruto, a semejanza de la que aparece en el escudo y bandera nacional.


En cientos de hectáreas enclavadas en el municipio de Acatzingo se cultiva la planta que sobrevivió a la marejada de la conquista española y ayudó a alimentar a las tropas que lograron la Independencia, que se celebra [] en México.


Cuando tenía 12 años, el padre de Sebastián le transmitió sus conocimientos sobre la siembra de la cactácea y corte de tuna, esa que arranca de espinosas pencas con una gran habilidad.

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"Es una fruta cien por ciento mexicana y no hay otra", presume a Efe el labriego, que contribuye a la producción de la empresa La Flor de Villanueva.


Las pencas más tiernas son uno de los alimentos tradicionales de la cultura culinaria mexicana y las tunas rojas, blancas y verdes (una vez sacadas de su cáscara) protagonizan codiciados postres nativos.


"Hablar de la tuna y del nopal es hablar del México mismo; tenemos plasmado el nopal en el corazón por ser mexicanos", asegura el presidente nacional de la Unión Mexicana de Productores Nopal, Tuna y Maguey, Omar Carpio Flores.


En 50.000 hectáreas de cultivo, en México se tiene una producción anual de 400.000 toneladas de tuna que se comercializan en centrales de abasto, mercados locales y puestos rústicos a las orillas de la carretera.


"El valor como planta es desde tiempos inmemoriales: ayudó a la supervivencia de nuestros ancestros, porque daba fruta y verduras, y tiene propiedades curativas, como la raíz, que se usa para ungüentos que reconstruyen huesos quebrados", afirma Carpio.


Miles de campesinos sobreviven a diario gracias a la planta. Las partes del nopal más tiernas se cortan en pedazos y se cocinan con epazote para comerlas en tacos; a las pencas más maduras les extraen el corazón para convertirlo en una sopa aguada; la cáscara de la tuna se convierte en las proteínas de moles de chile y jitomate.


Los estados de Zacatecas, Estado de México, Puebla, Hidalgo, Tlaxcala, Aguascalientes y Guanajuato son los principales productores del emblema del escudo nacional, ese que se inspiró con la leyenda del dios Huitzilopochtli, quien pidió a mexicas que establecieran México-Tenochtitlan donde encontraran a un águila posada en un nopal.


En la Independencia, describe el líder productor, el nopal alimentó a indios criollos para enfrentar la invasión española; en tiempos de la Revolución mexicana, dio fuerzas a lugartenientes y la tropa del "Centauro del Norte", Pancho Villa, sobrevivió gracias a él en tierras áridas y secas.


A los beneficios del nopal, la tuna y el maguey, otra emblemática planta nacional, hay que añadir los que tienen todos los productos alrededor de ellos, "como el pulque (bebida fermentada), los escamoles (larvas de hormigas que hacen su nido debajo de nopales y magueyes) y los gusanos de maguey (rico en proteínas)", enumera Carpio.


Hoy más de 50.000 toneladas de tuna se exportan a países de Suramérica, Norteamérica y Europa, donde codician su sabor, además de sus vitaminas y azúcares benéficos para la salud.


No es casualidad que Fray Bernardino de Sahagún, el eclesiástico e historiador español que en 1529 se desplazó a América para estudiar la lengua de los indígenas, la haya descrito como una planta que sorbe jugos de la piedra.


"Cuando se envía la tuna a diferentes partes del mundo no solo se va la fruta, sino que se va el amor al campo, a la planta y ese valor tan único de mexicanos", agrega Carpio, hijo de un campesino recolector y hoy en día uno de los principales empresarios del ramo en todo el país.


En La Flor de Villanueva, en una enorme máquina, se quitan espinas, la tuna se separa automáticamente por color, tamaño y peso y se empacan con las más altas especificaciones de reducción de riesgos.


"El cuidado de la tuna surge desde que brota", afirma Néstor Carpio Flores, gerente de producción de la empresa.


En los surcos que permiten deambular por las hileras donde crecen miles de especímenes, Jesús Enrique Pérez, de 18 años, recibe los rayos del sol a plomo, pero ni se inmuta.


Agarra una de las plantas con cariño y la muestra orgulloso, toma aire y dice: "Una tuna bonita, como esta, me produce felicidad, se siente bien".