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El zapatismo, entre la oposición a López Obrador y el reto de ampliar su base

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Silencio sepulcral. El subcomandante Galeano, anteriormente Marcos, acaba de subir al escenario fumando su icónica pipa mientras centenares de indígenas y campesinos aguardan impacientes su discurso en la Selva Lacandona del sureño estado mexicano de Chiapas.


Con su tradicional estilo narrativo e irónico, Galeano cuenta un cuento que narra un enfrentamiento entre él mismo y unos niños por ver quién se come "la última mantecada del sureste mexicano". La moraleja que se extrae del cuento retrata la ideología del zapatismo: "Debí haber compartido la mantecada".


Este mes, se cumplen 15 años desde que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), entonces liderado por Marcos, estructuró el territorio chiapaneco que se encontraba bajo su control en cinco regiones conocidas como "caracoles" y dirigidas por las denominadas Juntas de Buen Gobierno.

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Para celebrarlo, el movimiento zapatista y sus simpatizantes se encontraron durante varios días de agosto en la sede del caracol de Morelia, cerca de la montañosa población de Altamirano.


Insurgentes del EZLN, con sus icónicos pasamontañas, convivieron con campesinos, indígenas, activistas extranjeros y curiosos en este campamento decorado con grandes murales dedicados a la emancipación de las mujeres y a referentes como Emiliano Zapata.


Además de las numerosas actividades culturales que se realizaron, el encuentro tuvo un marcado acento político, puesto que distintas organizaciones que apoyan el movimiento indígena aprovecharon para valorar el resultado de las elecciones mexicanas del 1 de julio, en las que venció el izquierdista Andrés Manuel López Obrador.


Solo basta con observar las pancartas que decoran este campamento para intuir qué conclusiones sacaron en esas reuniones. Una de ellas muestra un dibujo de López Obrador representando a la Muerte junto con otros presidentes mexicanos, tanto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como del Partido Acción Nacional (PAN).


Vilma, una activista italiana que frecuenta estos encuentros desde hace más de una década, cuenta a Efe que la desconfianza de los zapatistas hacia López Obrador es "enorme" porque dudan de que con él "cambien las cosas".


Y es que el movimiento indígena mexicano, profundamente anticapitalista, ve en López Obrador una estrategia de gatopardismo de las clases dominantes. En palabras del propio Galeano: "Podrán cambiar el capataz, los mayordomos y caporales, pero el finquero sigue siendo el mismo".


Para los zapatistas, la mayor prueba de que López Obrador no emprenderá la gran transformación que promete es que por primera vez "no hubo fraude electoral y lo dejaron ganar", dice a Efe Gilberto López y Rivas, antrópologo y exasesor del EZLN.


Los intereses de la élite "están protegidos" con López Obrador, sostiene el antropólogo.
Lo cierto es que nada bien ha sentado al movimiento zapatista los proyectos de infraestructuras que el próximo presidente quiere impulsar en el país y que los indígenas creen que provocarán el "despojo" de sus tierras.


Por ello, el movimiento está decidido a combatir al próximo presidente desde "la batalla de las ideas": "Debemos insistir en nuestras críticas, que han sido muy mal recibidas por los 'amlovers' (seguidores de López Obrador) porque les agua la fiesta", explica López y Rivas.


El próximo octubre, el movimiento indigenista tejerá su estrategia para los próximos años en un encuentro del Congreso Nacional Indígena, que agrupa comunidades originarias de todo el país y que este año apostó por presentar una candidatura propia a la Presidencia de México por primera vez.


Aunque Marichuy, su candidata, no logró concurrir por falta de avales, creen que pudieron colocar en la agenda mediática sus demandas indigenistas.


Estas habían perdido peso en la política mexicana desde que el Estado mexicano incumplió los acuerdos de San Andrés (1996) al no reformar la Constitución para dar autonomía a los pueblos originarios.


Los zapatistas consideran que la caravana emprendida a lo largo del país por Marichuy ha permitido "ampliar la base social del zapatismo", que no quiere limitarse a ser un movimiento indígena y aspira a convencer a la clase trabajadora y a los estudiantes mediante un discurso nítidamente feminista y anticapitalista.


Y no parecen dispuestos a renunciar al que dicen que es su mayor éxito. Tras 24 años desde el levantamiento guerrillero del EZLN, miles de personas viven [] en Chiapas en comunidades autogestionadas y bajo la tan ansiada autonomía.


Estas comunidades eligen en asamblea a sus gobiernos locales, que a su vez configuran asambleas para elegir a los gobiernos de los caracoles, que ya no funcionan bajo la jerarquía militar del EZLN.


"Esto es algo inédito porque las organizaciones guerrilleras nunca sueltan el poder", recuerda López y Rivas.


En Morelia venden un cuento protagonizado por Esperanza Zapatista, una niña que personifica a aquellos indígenas que ya nacieron bajo la autonomía indígena.


"Nuestro objetivo es cuidar a Esperanza Zapatista. Si no cabe en este mundo, tendrá que haber otro", sentencia Galeano.