El sueño nicaragüense se desvanece y se convierte en pesadilla

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Nicaragua empezó a soñar con la libertad el pasado 18 de abril. Tras años de quejas silenciosas, de estériles debates de salón y de reclamos en redes sociales, el pueblo nicaragüense se lanzó a la calle a reivindicar el cumplimiento de sus derechos y a protestar por lo que consideraba injusto.


Y así, el país centroamericano despertó de un largo letargo y de la apatía generada por el Gobierno presidido por Daniel Ortega, quien, a juicio de sus detractores, pretende perpetuarse en el poder y manejar desde la Presidencia el destino de una nación que quiere elegir su futuro.


Los nicaragüenses, cansados de lo que muchos consideran una dictadura disfrazada de democracia, se despojaron del miedo que los paralizó durante años y se lanzaron sin piedad a reclamar lo que consideran justo.


El detonante que llevó a la población a rebelarse contra la Administración fue el intento de realizar unas impopulares reformas al seguro social, algo que desató la ira hasta ese momento contenida de los ciudadanos.


Ante la masiva y decidida reacción popular, Ortega derogó, tan solo cuatro días después y con el peso de 30 muertos en las protestas, el decreto que contemplaba las frustradas modificaciones, pero ya era demasiado tarde, ya no había marcha atrás. La lucha se había apoderado de las calles. Los jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarios, decidieron no dar ni un paso atrás.


Uno de los capítulos más violentos de la historia de Nicaragua había comenzado a escribirse con letras de sangre. El mandatario no perdonó, a quienes lo subieron al poder, el radical giro que dieron en su contra. Ambos bandos parecían dispuestos a todo en un combate, a todas luces desigual desde el primer momento.


Mientras los jóvenes levantaban barricadas por calles y carreteras del país para refugiarse de las balas y cortar la circulación, las fuerzas gubernamentales desempolvaban las metralletas, fusiles y otras armas de guerra para combatir a quienes se manifestaran contra las opiniones y decisiones del Gobierno.


Y comenzó la lucha sin cuartel, una lucha desigual, en la que uno de los dos bandos se armó hasta los dientes, mientras el otro únicamente se pertrechó con ruidosos morteros, banderas blanquiazules, pancartas reivindicativas y adoquines arrancados de las calles para levantar los "tranques" (barricadas).


El intento de reforma del seguro social se quedó en mera anécdota y las protestas abarcaron un amplio abanico de razones para continuar los reclamos a Ortega: la educación, la salud, la economía, los derechos humanos, la justicia.


Las movilizaciones se convirtieron en el lugar común para protestar contra el autoritarismo en las tomas de decisiones, así como el deterioro institucional y en las protestas sociales, cuestiones que no se podían resolver con la derogación de un decreto, tal y como explicó a Efe recién comenzadas las protestas el politólogo Humberto Meza.


El orteguismo confeso y la militancia abierta se redujeron considerablemente en estos últimos meses, baja que se compensa con los incondicionales, con aquellos que defienden y defenderán siempre a Ortega, pase lo que pase y haga lo que haga.


Pero dentro de esa masa, todavía muy numerosa, están, por una parte, los sandinistas convencidos, y por otra, los obligados bajo amenazas y chantaje. El último grupo se compone, mayoritariamente, de empleados estatales y sus familiares, quienes reniegan en privado del comandante.


Y son los propios empleados del Gobierno pertenecientes a ese sector los que lo cuentan, no sin cierto miedo, cuando se sienten seguros, en privado, en confianza, en "petit comite" o con garantías de no ser delatados, tal y como corroboró Efe.


Saben que si son descubiertos, pueden correr todo tipo de suertes: despidos, secuestros, torturas o, en el peor de los casos, una "muerte que pueda parece accidental, porque a Ortega le importa solo el poder, no los seres humanos", dijo, durante una marcha sandinista, una empleada de un ministerio que se negó a ser identificada.


La mujer, que tan solo cruzó con voz temblorosa unas breves palabras con Efe, señaló que "Nicaragua duele, la muerte ajena también duele, las torturas que conocemos aunque no las hayamos sufrido duelen, pero a nosotros nos toca callar y fingir ante tanto horror".


Las abiertas tertulias políticas y las opiniones comprometidas, otrora habituales en cualquier esquina o en un café, dieron paso a largos silencios, a conversaciones banales y a temas superficiales, porque, probablemente, a pocos metros, hay unos oídos que escuchan y unos ojos que ven, para después informar a instancias que ostentan el bastón de mando.


La crisis sociopolítica que vive el país ha dejado entre 317 y 448 muertos, de acuerdo con cifras de diferentes entes humanitarios, dato que Daniel Ortega reduce, al reconocer únicamente 195 fallecidos.