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Un Viaje a La Prisión Estatal de San Quintín

En Chile, un joven “de familia”, había sido acusado de asesinar a un chofer de taxi.

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En busca de encontrar a una dama hermana de un Ministro con la cual mantenía una relación sentimental, llamó a un taxi en Santiago y le ordenó al conductor llevarlo hasta el Casino en Viña del Mar donde el muchacho suponía que encontraría a Elena jugando en la ruleta.

Se equivocó. Y al no encontrarla no tenía dinero para pagar las dos horas de taxi. Según las crónicas, entre ellos nació una discusión violenta y un disparo terminó con la vida del taxista de 34 años.

Alguien mencionó que había una tercera persona en el taxi.

El muchacho, Pablo, hijo de un conocido millonario que había hecho su fortuna con negocios fuera de la ley pero indemostrables, fué encarcelado en Valparaíso. Yo empezaba mi carrera periodística en un periódico en Santiago y me encargaron que siguiera el caso.

Por eso viajé hasta el principal puerto de Chile y uno de los más importantes del Pacífico Sur, para intentar entrevistar al detenido en su prisión.

No estaba permitido. Por eso le dije al alcaide de la cárcel que yo era un compañero de colegio del detenido y que nos permitiera reunirnos en una sala con vigilancia de un policía.

Al saludarlo como ex compañero de colegio sin haberlo sido, era imposible que Pablo me reconociera y tardó un par de minutos en comprender la excusa que había dado para poder hablar con él.

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A los 10 minutos el policía dió por terminada la visita. Y al despedirme del alcaide conseguí que pudiera escribirme con el detenido sin que el correo de ida o vuelta fuese revisado.

 

A través de la correspondencia intentaba aclarar lo que realmente había sucedido en la escena del crimen. Pero el efecto fué al revés: Pablo tomó confianza conmigo hasta pedirme que le ayudara a fugarse de la prisión. El plan terminaba en un yate que lo esperaría en el puerto de Valparaíso, bahía que él contemplaba a través de los barrotes de su prisión. Le contesté que no cometiera tal locura porque yo estaba informado que en pocos meses podía quedar en libertad condicional bajo fianza. No hubo respuesta y se cerró el capítulo. Pero él escapó.

Pasaron unos 10 años y estando ya enviado a San Francisco por una Agencia de Noticias Italiana, supe casualmente que Pablo había llegado también a California, vivido con otra dama mayor y de dinero y una noche que él en broma la amenaza con un revólver de juguete, ella entró en pánico y llamó a la policía aquí en San Francisco.

Al ser identificado como un prófugo de una prisión en Chile, se le arrestó de inmediato y terminó siendo un reo en la cárcel de alta seguridad en San Quintín. Alguien me contó que Pablo había muerto en prisión y yo me propuse saber qué había ocurrido.

Naturalmente empecé las diligencias para conseguir un permiso para investigar en San Quintín la muerte de un compatriota. Me dieron todas las facilidades. Crucé las puertas de esa temida prisión y en la biblioteca encontré la historia verdadera.

Una noche Pablo intento escapar trepando una muralla, sonó una alarma, los reflectores lo enfocaron y le dispararon cayendo herido de muerte al suelo. Junto al informe especial, una foto en blanco y negro me aseguró que se trataba del mismo Pablo.

Estando en San Quintín no podía dejar de conocer la silla eléctrica donde ejecutaban a los condenados a muerte que entonces existía. Estaba dentro de una especie de cabina espacial y habían dos sillas, no una. A sus lados dos ventanillas, una por donde podían mirar los familiares del condenado y otra personal del lugar. Al frente de las sillas un teléfono rojo por si llamaba a última hora el gobernador de California deteniendo la ejecución.

Permitieron que me sentara en una de las sillas y pedí que me ajustaran las durísimas correas de cuero en los pies, muslos y tórax como lo hacían con los sentenciados a muerte.

Atardecía cuando me llevaron a una especie de teatro sin techo donde iba a haber una representación para entretener a un centenar de reos. Me senté en la primera fila. Sentí un ruido. Alcé la vista y sobre nuestras cabezas y en la oscuridad, se tendían dos especies de puentes donde se instalaban guardias con sus rifles apuntando hacia abajo por si había algún desorden o motín.

Al salir de la prisión de San Quintín aprecié y sentí más lo que es la libertad.  Pero también la tristeza de una trágica muerte de quién nunca conocí la verdad.

 

 

 

 

 

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Fray Junípero Serra, el misionero de California

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Conocido como una de las más relevantes figuras por la labor de evangelización y fundación de misiones que realizó en México y, especialmente, en el actual estado norteamericano de California, Fray Junípero Serra cumple 275 años desde que el evangelizador franciscano asumiese los votos con los que ejerció su misión difusora de la fe católica

Aunque su lugar de nacimiento en Mallorca (Isla de Baleares, al este de España) conserva vagamente el recuerdo de este hombre tenaz y decidido, quizá su memoria y el reconocimiento público a su figura están más vivos en las tierras a las que llevó el catolicismo donde fundó nueve misiones españolas en la Alta California que en su isla de origen.

No en vano, el padre Junípero Serra es el único español con una estatua en el National Statuary Hall del Capitolio de Washington, en cuyo Jardín de las Camelias también se exhibe una figura del religioso mallorquín.

En la isla de la que partió en misión evangelizadora, su principal legado se conserva en su pueblo, Petra, en la comarca de la Pla de Mallorca.

Miguel José Serra Ferrer, nombre con el que fue bautizado, nació en esa localidad el 24 de noviembre de 1713 y tomó su nombre de hermano franciscano en 1731, tras estudiar filosofía en el convento de San Francisco de Palma y en la Universidad Luliana, institución creada en honor de otro religioso célebre originario de Mallorca: Ramon Llull.

Este sabio medieval comparte dos características fundamentales con Serra, fue un notable viajero y fue declarado beato por la Iglesia. En el caso del franciscano esta calificación eclesiástica le fue adjudicada por el Papa Juan Pablo II en 1988, cuando visitó su tumba en la misión de San Carlos Borromeo de Monterrey, en México. Hasta ese país se había desplazado el religioso mallorquín en 1749 y en la Sierra Gorda (Querétaro) comenzó su andadura misionera.

A partir de ese momento, su carrera evangelizadora, que completaba con la enseñanza de técnicas agrarias y ganaderas para favorecer la mejora de las condiciones de vida de los indígenas colonizados, prosigue en la misión de San Saba (actual Texas) y, tras la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles en 1767, fue enviado a Baja California al frente de un grupo de frailes para sustituir a los misioneros de la Compañía de Jesús.

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Pese a sufrir cada día más las penurias de los viajes por las condiciones propias de aquella época y por padecer desde su llegada a México una llaga en una pierna causada por la infección de una picadura de insecto (lesión que arrastraría toda su vida), el padre Junípero Serra asumió el reto de extender las tierras de la cristiandad más al norte en la costa atlántica norteamericana, área pretendida también por los ortodoxos rusos que se expandían desde Alaska.

El español llegó a San Diego en 1769 y funda la Misión de San Diego de Alcalá, la primera misión cristiana de la Alta California, nombre que se le otorgó a esta provincia durante la colonia española y que estaba distribuida en los estados federales estadounidenses de California, Nevada, Arizona, Utah, el oeste de Colorado, y el sudoeste de Wyoming.

Al año siguiente crea la misión de San Carlos Borromeo, que pasó a ser su residencia habitual y hoy guarda sus restos, y prosigue su trabajo fundacional con las nuevas plazas franciscanas de San Antonio de Padua (1771), San Gabriel (1771), San Luis Obispo de Tolosa (1772), San Francisco de Asís (1776) San Juan Capistrano (1776), Santa Clara (1777) y San Buenaventura (1782).

Junípero fue el fundador de nueve de las veintiuna misiones franciscanas históricas del actual estado de California, centros religiosos en los que fue convergiendo la población hasta crear ciudades hoy pobladas por millones de personas como Los Ángeles, San Francisco, San Diego o Sacramento.

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El 28 de agosto de 1784, murió Fray Junípero Serra, el “padre viejo” para los indios americanos que se arracimaban en torno a las misiones fundadas por él, después de haber pasado 35 años de su vida evangelizando una amplia región de la América colonial que aún guarda su memoria.

La casa de la familia del fraile en Petra acoge actualmente un modesto museo en el que se reúnen objetos representativos de su actividad en México y en California, además una plaza del pueblo mallorquín exhibe igualmente una estatua del más ilustre petrense.

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La catástrofe dejó 3.000 muertos y una ciudad devastada que hoy día vive bajo la amenaza del “Big One”, el “terremoto de todos los terremotos” que, según los expertos, se aproxima.

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San Francisco…Del Gran Terremoto Al “Big One” Eran las 5.12 de la madrugada del 18 de abril de 1906 cuando tierra la de California comenzó a temblar violentamente. Se iniciaba uno de los seísmos más grandes de la historia, con epicentro en San Francisco.

 

El terremoto que sacudió San Francisco, de 7.8 grados en la escala de Richter, afectó a unos 28.000 edificios, pero se agravó hasta la devastación debido a los voraces incendios que se sucedieron a continuación.

Los incendios y las réplicas del gran terremoto provocaron que unas 225.000 personas quedaran sin hogar, de una población total de 400.000. Prácticamente quedó reducida a cenizas una ciudad que entonces era la novena en importancia de los Estados Unidos de América., principal puerto de la costa Pacífica y centro financiero del oeste.

Hasta entonces, San Francisco había vivido tiempos esplendorosos, y en cuestión de 50 años, desde su nacimiento como ciudad minera tras la Fiebre del Oro de 1849, se había metamorfoseado en un centro urbano de primera magnitud.

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“Era el ‘París de América’ y la ciudad más pecaminosa del continente”, escribió Herbert Asbury en su libro “The Barbary Coast”. Pero algo maligno debía de haber en el ambiente la noche del 17 de abril, cuando se respiraba lo que se conoce en California como “tiempo de terremotos”: soplaba un aire cálido y agradable inusual para la época, y muchos aprovecharon este soplo veraniego para arreglarse con las mejores galas y acudir a la ópera, ya que el tenor napolitano Enrico Caruso representaba esa noche “Carmen”.

El terremoto, el peor desastre natural que ha sufrido una ciudad estadounidense hasta la fecha, fue tan fuerte que se sintió en el estado de Oregón, al norte, y en Los Ángeles, al sur de California.

Parte de la notoriedad mundial que el fenómeno adquirió en su día se debió a que fue la primera catástrofe natural captada en fotografías, gracias a los turistas y a las primeras cámaras populares que habían salido al mercado a principios del siglo XX.

Sin embargo, la ciencia de la sismología estaba entonces en pleno apogeo, y había identificado en 1893 parte de la famosa falla de San Andrés, origen de esta zona de alta incidencia sismológica.

La Oficina Meteorológica había registrado 16 pequeños terremotos en 1905, y el jefe de bomberos, Dennis Sullivan, había advertido pocos meses antes de que la ciudad reunía todas las condiciones para quedar reducida a las cenizas.

“Esta ciudad está en medio de una falla -dijo Sullivan en 1905-. Uno de estos días habrá un temblor que dejará fuera de combate al sistema de incendios, y tendremos un fuego. ¿Qué haremos entonces? Habrá que combatirlo con dinamita”.

Tristemente, las predicciones de Sullivan se cumplieron a rajatabla; no obstante, la ciudad fue capaz de salir a flote a un ritmo formidable y, de paso, poner sus infraestructuras a punto para los desafíos del siglo XX, en los que volvió a ser una gran potencia económica y referencia cultural.

Ahora, San Francisco enfila el siglo XXI con la esperanza de que se retrase indefinidamente la amenaza de un nuevo gran terremoto, del que se lleva hablando durante años, y conocido como el “Big One”. La mayor diferencia entre entonces y ahora es que en lugar de las 800,000 personas que vivían en la bahía de San Francisco en 1906 hoy son cerca de siete millones los que residen en la zona.

El área de la Bahía es una de las más boyantes de California, con una economía que mueve 829,000 millones de dólares al año, alberga el cuarto puerto del país (Oakland), además de dos aeropuertos que gestionan mil vuelos diarios y es uno de los centros financieros y tecnológicos más importantes de Estados Unidos.

Un retrato de prosperidad asentado en un terreno donde se hallan algunas de las fallas tectónicas más peligrosas de América del Norte. Junto a la falla de San Andrés están las de San Gregorio, Rogers Creek, Calaveras y Hayward, todas ellas paralelas a la costa del Pacífico y listas para reventar como si fueran una banda elástica cuando la tensión tectónica sea muy fuerte.

Para tener una idea de lo que pueda suceder solo basta recordar el terremoto de Loma Prieta, también conocido como el terremoto del ‘89 o el terremoto de la Serie Mundial, que ocurrió en el Área de la Bahía de San Francisco de California el martes 17 de octubre de 1989, causado por un deslizamiento en la Falla de San Andrés. El terremoto duró aproximadamente 15 segundos y marcó 6.9 en la escala de Richter.

A causa de este terremoto fallecieron 63 personas en la zona norte de California. 3,757 personas fueron heridas y entre 8,000 a 12,000 personas quedaron sin hogar. El terremoto ocurrió durante el calentamiento para el tercer juego de la Serie Mundial de 1989, que por coincidencia figuró ambos equipos de la Área de la Bahía de las Grandes Ligas de Béisbol, Atléticos de Oakland y los Gigantes de San Francisco. Este terremoto fue el primero en los Estados Unidos que fue emitido en la televisión en directo.

En 1994 un terremoto de 6.4 grados de magnitud en la escala de Richter sacudió el área norte del Valle de San Fernando en la ciudad de Los Ángeles. El sismo, conocido como el terremoto de Northridge, dejó 72 muertos, además de un impacto económico de 25.000 millones de dólares en pérdidas materiales.

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También el 2014, la naturaleza nos volvió a recordar que debemos estar preparados ante un desastre como este, cuando del domingo 24 de agosto de ese año, los condados de Napa y Sonoma fueron sacudido por un sismo que alcanzó una magnitud de 6.0 grados.

Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos, el epicentro se localizó a 9 kilómetros al sudoeste de la ciudad de Napa al norte de la ciudad de San Francisco. El sismo no solo dejó daños, si no que provocó la muerte de una persona e hirió a unas 220, además del corte de suministro eléctrico a más de 68,000 personas.

Según el servicio estadounidense de Estudios Geológicos, el próximo terremoto es casi seguro y la única duda es saber cuándo ocurrirá.

En su opinión, hay una posibilidad entre 25% de que se repita un terremoto de 7,8 grados de magnitud en la escala de Richter en el área en los próximos años. Otros estudios hablan de más de un 60 por ciento de riesgo de que se produzca un seísmo de 6,7 grados o mayor antes de 2032.

Los estudios sobre el riesgo de movimientos telúricos se basan en la historia sísmica de California y en los descubrimientos hechos en las fisuras que estas sacudidas han dejado en la tierra.

Se trata de estudios que confirman los seísmos como algo cíclico en California, aunque su regularidad deja mucho que desear: la media es de unos 250 años entre dos terremotos de similar intensidad en la misma zona.

Pero a veces entre un gran seísmo y otro pasan seis siglos y otras, en cambio, apenas unas décadas. “De lo que estamos seguros es de que la falla (de San Andrés) está cargada y lista para explotar en cualquier momento”,

asegura Tom Brocher, del servicio estadounidense de Estudios Geológicos en referencia a la de Hayward, sobre la que se asientan las ciudades de Oakland y Berkeley, una de las zonas de mayor densidad de población en California.

En el sur del estado la amenaza está también presente y los científicos tienen el ojo puesto en la falla de San Andrés al cruzar por la zona de San Bernardino, al noreste de Los Ángeles.

Mientras los científicos continúan sus estudios para buscar, hasta ahora infructuosamente, la forma de predecir los terremotos, la única respuesta real a esta amenaza es la prevención.

Desde 1972 está en vigor un estricto reglamento urbano que exige medidas antisísmicas a todo proyecto arquitectónico, en prevención de la posible llegada del “Big One ”, como es conocido el “terremoto de todos los terremotos” que han pronosticado los sismólogos.

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Además, desde hace años está en marcha un programa federal de protección civil, en el que grupos de voluntarios están organizados para dar asistencia en sus barrios en caso de emergencia.

El estado también ha invertido decenas de miles de millones de dólares en preparar sus carreteras, puentes, presas, estaciones eléctricas, conductos de gas o agua potable, entre otros, en caso de terremoto, labor que comenzó tras el seísmo ocurrido en Loma Prieta en 1989.

Sin embargo, como aseguró a la prensa Richard McCarthy, director de la comisión californiana de seguridad sísmica en el 2006 con motivo del centenario del terremoto de San Francisco, la prepara ción tan sólo implica que “los edificios no se caerán. Pero nada será como antes”.