Historia

La Tragedia Del Hindenburg Marcó El Fin De Una Era De La Aeronáutica

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El dirigible alemán Hindenburg se incendió en pleno vuelo hace ahora más de 8 décadas; un accidente en el que murieron 36 de sus casi cien pasajeros, y que supuso el inicio del fin del uso de este tipo de aparatos como medio de transporte

“El zeppelín LZ129 - Hindenburg está envuelto en llamas y ha chocado. El choque ha sido terrible; esta es la más grande catástrofe del mundo, las llamas se han elevado a más de 150 metros en el cielo”. Esta es la narración radiofónica que hizo el estadounidense Herbert Morrison en la base aérea de Lakehurst (Nueva Jersey) ante la explosión e incendio del dirigible Hindenburg, del que se cumple en mayo su 82 aniversario y que marcó el fin de una era de la aeronáutica.

“La llegada del dirigible procedente de Alemania era una noticia esperada que congregó a numerosos periodistas. El suceso fue retransmitido por la radio el día después, causando una gran conmoción. También fue filmado y las espectaculares imágenes pudieron ser contempladas en las salas de cine causando gran impacto”, explica a Efe el investigador Andrés Galera, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

El recuerdo del Hindenburg nos hace volver la mirada hacia otra tragedia, la del Titanic, de la que se acaban de conmemorar 107 años de su hundimiento.

Y es que, el dirigible Hindenburg era también una gran obra de la ingeniería, un coloso del aire que parecía indestructible. Creado en 1936, fue una apuesta revolucionaria para el transporte de mercancías y pasajeros, por su novedoso diseño (la estructura fue construida con duraluminio, descubierto en 1906), su capacidad y comodidad de transporte.  

Era más largo que un Boeing 747, con una capacidad inicial para unos 50 pasajeros más la tripulación. Los pasajeros viajaban cómodamente dentro del globo de la aeronave (amplios asientos, camas, incluso una sala de fumadores), prosigue el historiador.

Fue bautizado en honor de Paul Von Hindenburg, segundo presidente de la República de Weimar fallecido en 1934, y su grandiosidad hizo que fuera asimilado como símbolo por el movimiento Nazi. Por ejemplo, durante el acto inaugural de las Olimpiadas del año 1936 en Berlín, surcó el espacio anunciando la entrada de Hitler al estadio olímpico. 

Durante el año 1936, el Hindenburg cruzó 17 veces el Atlántico, 10 a Estados Unidos de América y 7 a Brasil. El trayecto duraba unas 48 horas y el pasaje era muy caro. En julio de 1936 cruzó dos veces el Atlántico en un tiempo récord: poco más de cinco días. 

Pero, como explica en un extenso artículo sobre los zeppelines Bartolomé Luque, de la Universidad Politécnica de Madrid, cuando el Hindenburg había largado amarres para aterrizar en la base de Lakehurst, a eso de las 19.00 horas, un destello en la popa inició un atroz incendio que en 43 segundos hizo arder el gigante.  

“Sigue habiendo controversia sobre las causas del terrible accidente. Se ha apuntado a un posible atentado sionista, pero probablemente la causa fue, como en la mayor parte de estos casos, un cúmulo de desgraciadas coincidencias”, puntualiza Luque.

Este científico y divulgador apunta a que la tormenta que se desató a la hora de la llegada obligó a realizar maniobras bruscas que soltaron los miles de cables que mantenían la estructura. Un latigazo de uno de ellos rasgó la bolsa de hidrógeno de popa y la electricidad estática acumulada hizo el resto.  

Los dirigibles están llenos de gas más ligero (esto es, de menor densidad) que el aire, y eso permite que se eleven. En esa época eran de hidrógeno (elemento químico altamente inflamable y explosivo), aunque posteriormente se apostó por el helio (gas que se utiliza para inflar globos).

“El problema del hidrógeno es que es altamente inflamable, y una pequeña chispa puede hacer que todo arda... una chispa, quizás de una descarga eléctrica en la atmósfera, de un relámpago”; apunta como posible causa del incendio el físico-matemático Daniel Peralta, del Instituto de Ciencias Matemáticas, centro dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; “y casi instantáneamente, dos tanques (quizás de conbustible) estallaron como resultado del impacto”.

No se sabe dónde comenzó el fuego, varios testigos vieron llamas cerca del ducto de ventilación 4. Otros afirmaron que el fuego empezó delante de la aleta horizontal. La flotabilidad se perdió en la popa de la nave, la proa se inclinó hacia arriba, y la parte trasera se rompió.

Murieron 35 de los 97 ocupantes. Los supervivientes huyeron por su propio pie cuando la máquina tocó tierra, saliendo del “interior aún ardiendo en llamas”. El tiempo que pasó desde los primeros momentos del desastre hasta que la proa chocó con el suelo fue de 37 segundos según la gráfica explicación que hace Luque de los últimos momentos del zeppelín, que quedó totalmente destruido. Los restos fueron vendidos como chatarra.

El siniestro, recuerda el historiador Daniel Galera, fue una circunstancia determinante, sin olvidar que en la década de los treinta la aviación comercial, tal y como la conocemos hoy, empezaba a consolidarse (desde 1920 ya existían compañías como KLM, Mexicana de Aviación, Aeroflot o United Airlines).

Pero, ¿hemos renunciado totalmente al uso de estas aeronaves?. Parece que no. En el siglo XXI el precio del petróleo y la ecología dan una nueva oportunidad a los dirigibles, al menos en el campo del turismo, del transporte de grandes cargas y para las investigaciones científicas.

 Los nuevos zeppelines tienen varias ventajas: están fabricados con fibra de carbono y usan helio, el gasto energético es bastante reducido, no precisan pista de aterrizaje ni presurizar la cabina dado la altura que alcanzan. Las nuevas innovaciones tecnológicas han resuelto gran parte de los problemas que los hacían vulnerables a las corrientes de aire.