Ciencias, Curiosidad

La cara más curiosa de la Luna

El satélite natural de la Tierra tiene tres caras: una visible, otra oculta y una tercera aún más apasionante de curiosidades que posee este singular cuerpo rocoso, como las que rodean la llegada del ser humano a su superficie hace ahora 50 años.

 

Pero... ¿Sabía usted que en el siglo XIX, en un hospital de Londres era una práctica común atar, encadenar, azotar y privar de alimentos a los pacientes mentales de acuerdo con la fases de la Luna, y que se creía, además, que su influjo se dejaba sentir en los ataques de locura y epilepsia?

 

 ¿Estaba al corriente de que la Luna y la Tierra se distancian casi cuatro centímetros al año? ¿O que es uno de los pocos objetos celestes que podemos ver en las ciudades pese a la saturación de luz artificial y cuando está llena, de noche, es 14.000 veces más brillante que Venus, el segundo objeto que más luce en el cielo?

 

Son solo algunos de los numerosos aspectos sorprendentes o poco conocidos sobre el satélite natural de la Tierra, que se sitúa a unos 385.000 kilómetros (km) de distancia y tiene un diámetro de 3.476 km, donde el hombre alunizó hace ahora medio siglo (20 de julio de 1969).

 

“La Luna es el único lugar fuera de la Tierra donde hemos puesto los pies, exactamente veinticuatro, dejando huellas que no se borran. Solo doce seres humanos han caminado sobre su superficie”, explica la doctora en Astrofísica Eva Villaver, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid (UMAN) y autora del libro ‘Las mil caras de la luna’.

 

“Siento que la Luna es una compañera que (casi) siempre está ahí, es como un sueño dulce al que siempre puedo volver. Si estoy abrumada por la vida de ‘aquí abajo’ me produce alivio, y si estoy triste me provoca inmediatamente una sonrisa. A veces sólo con verla es como si un soplo de aire freso se llevase las preocupaciones lejos”, señala a Efe la doctora Villaver.

 

“Creo que solo los doce privilegiados que han estado allí la conocen a fondo. El resto de nosotros nos tenemos que conformar con la imagen parcial y cercana que nos devuelve un telescopio”, señala esta investigadora, que revela en su libro datos asombrosos sobre este satélite y la misión Apolo 11 de la NASA.

 

 “El 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Buzz Aldrin llegan a la superficie de la Luna. Mientras, Michael Collins espera, solo, en el Columbia, dando una vuelta al satélite cada dos horas, a unos cien kilómetros de la superficie”, señala la doctora Villaver.

 

 ¿Quién podría pensar que, antes de poner el pie en el suelo lunar, los dos hombres tenían órdenes de irse a dormir?

 

 El plan de vuelo había sido concebido así por su seguridad, para que estuviesen descansados si tenían que enfrentarse a algún problema.

 

“Pero los dos primeros astronautas en la Luna no estaban dispuestos a irse a dormir nada más llegar y Armstrong llamó a Houston y sugirió empezar el paseo espacial unas horas antes de lo previsto. Se saltarían la siesta”, según la autora.

 

“Se calcula que ese día, el 96% de las televisiones norteamericanas estaban encendidas observando la llegada del Apolo 11 a la Luna. Lo mismo se hacía en todo el mundo, desde todos los rincones donde hubiera llegado la tecnología en forma de una radio o de un televisor”, señala esta astrofísica.

 

“Nunca antes ningún ser humano había estado tan acompañado como lo estuvo Armstrong ese 20 de julio de 1969, cuando fue a dar el primer paso fuera de casa, en la superficie del único cuerpo celeste donde, de momento, hemos puesto los pies”, recalca.

 

 El gran error de un gran científico fue cuando Thomas Gold, uno de los científicos más brillantes del siglo pasado, en uno de sus errores más sonados, predijo que los astronautas se hundirían en el polvo lunar tan pronto pusieran los pies en la superficie, según Villaver.

“Nadie sabía cómo era realmente la superficie de la Luna ni qué suponía saltar en una gravedad seis veces menor que la de la Tierra. Además, la escalera que descendía del módulo no llegaba hasta el suelo, y Armstrong tuvo que saltar, pero no se hundió”, comenta la científica.

 

Armstrong, solo en la superficie de la Luna examinó sus pasos y dice: “Puedo ver las huellas de mis botas”. Una vez hecho esto, describe a Houston lo que ve, y al pisar el suelo a las 2:56 del 21 de julio de 1969 (hora internacional UTC), dice la famosa frase: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”.

 

“Como en la Luna no hay erosión, aparte de los pequeños y continuos impactos de micrometeoritos, las marcas que dejaron los astronautas permanecerán visibles en la superficie durante cientos de miles de años”, señala la astrofísica.

 

“Neil Armstrong permaneció en la superficie del satélite durante ¡dos horas y treinta y un minutos! Hizo, entre otras cosas, lo mismo que cualquier turista: fotos, sobre todo de su compañero de viaje, Buzz Aldrin, quien, tras asegurarse de no dejar cerrada la puerta del módulo lunar, se unió a Armstrong (su precaución le restó unos quince minutos de paseo)”, según Villaver.

 

Muchas mujeres contribuyeron al éxito de las misiones Apolo, entre ellas está la ingeniera de software Margaret Hamilton, la autora del código que las naves Apolo utilizaron para llegar, aterrizar y regresar desde la Luna, de acuerdo a la autora.

 

“También fueron fundamentales las mujeres matemáticas conocidas como las “computadoras humanas” quienes, con lápiz y papel, hicieron los cálculos necesarios para que se pudiesen lanzar cohetes y astronautas al espacio. Entre ellas estaban Mary Jackson, Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Christine Darden”, indica la científica.

 

La doctora Villaver explica que las huellas y marcas de los vehículos de las misiones humanas han modificado la capa superficial de polvo de la Luna, revelando la superficie más oscura que está debajo.

 

“Eso hace que, allí donde hay huellas, el suelo absorba más radiación solar, lo que provoca que se caliente más. El efecto es pequeño pero medible, como lo han revelado estudios recientes a partir de los sensores de temperatura que las misiones Apolo 15 y 17 colocaron en la superficie lunar”, afirma Villaver.

 

“Los estadounidenses decidieron colocar una bandera en cada una de las misiones Apolo que tocaron su superficie; o sea, seis. La del Apolo 11 era de nailon y la compró una secretaria por apenas 5,50 dólares, y la adaptaron para que los astronautas la pudieran colocar”, según Villaver.

 

“Probablemente, la bandera del Apolo 11 no sobrevivió a los gases de ignición durante el despegue del módulo lunar y, si lo hizo, ahora será blanca, porque expuesta durante años a la radiación ultravioleta del Sol, sus colores se habrán desvanecido”, afirma.

 

“La misma suerte han debido correr las otras cinco banderas. Si no las han desintegrado los micrometeoritos, las variaciones de temperatura entre el día y la noche, y la exposición directa a la luz solar las habrán blanqueado”, concluye la astrofísica.