Interes

En Estados Unidos De América: La Fe Tiene Un Precio

En Estados Unidos de América la religión es un sistema independiente y rentable. Es el país más laico y más religioso del mundo: el 86 por ciento de sus ciudadanos es creyente y paga “religiosamente” a sus iglesias. La religión de este inmenso país es la más democrática y capitalista del planeta: hasta el 95% de los ingresos de la religión procede de los fieles.

¿Es una contradicción ser el país más profano y más devoto del mundo? Para los estadounidenses esta realidad es incuestionable: el hecho espiritual compete a las iglesias y el Estado no debe interferir. Sólo así se preserva la verdadera libertad de cultos. Por eso las escuelas públicas no imparten religión. Por eso una sentencia de la Corte Suprema en junio de 2002 permitiendo modestas subvenciones a la enseñanza privada desató un vendaval. El resultado es una religión independiente, participativa y rentable que el ciudadano paga de su bolsillo, algo impensable en Europa. Es la más democrática y capitalista del planeta. 

 

Estados Unidos de América se erige como una Torre de Babel donde todos los credos, con sus culturas, razas y lenguas, habitan en ella. Hay tantos que la primera sensación es de sobredosis: una proliferación de casi 3 millones de iglesias levantadas sobre los terrenos más caros y repartidas por esta extensa geografía donde viven 327.2 millones de personas, de las cuales el 86% es creyente.

Aunque para el ojo europeo este empeño por construir templos resulte excesivo, en realidad es un símbolo inmediato del poder económico y social de la religión en Estados Unidos de América: un poder a lo grande y bien visible que impregna todo lo cotidiano, desde los discursos políticos hasta las prácticas familiares, y que sin embargo vive de espaldas al Estado.

Esta religiosidad masiva es la que posibilita una situación desconocida en Europa: que las iglesias se financien al margen del gobierno. De hecho, el 75% de los americanos –estadounidenses- no desea ninguna ayuda oficial y sólo el 0,3% de las congregaciones recibe exiguos fondos públicos con fines caritativos.  

El laberinto religioso americano, que registra más de doscientas denominaciones (176 cristianas), se basa en la idea de que la fe tiene un precio, y la gente lo paga “religiosamente”, asumido como una ineludible responsabilidad moral. 

Bajo esta premisa se ha consolidado una imponente macroestructura religiosa que está al día en planes de empresa, estrategias de mercadotecnia y comunicación. Es un mercado muy competitivo y la imaginación de las iglesias no descansa, apoyadas en una legislación fiscal que las exime del pago de impuestos por la propiedad, lo que explica su presencia en las principales arterias urbanas.    

Así pues, las iglesias americanas, por principio, buscan la rentabilidad como fundamento legítimo de su existencia, y sus audaces campañas de recaudación y actividades llegan, a través de la incesante dinámica de las parroquias, a cada rincón de la sociedad civil.

El historiador James Hudnut-Beumler, profesor de Historia de la Religión Americana en la Universidad de Vanderbilt (Tennessee), explica la peculiaridad de este sistema en su contexto histórico: “La religión americana es autosuficiente porque durante 350 años ha recaudado, elaborado presupuestos, pagado a sus ministros y construido edificios”.  

Hudnut-Beumler matiza que la religión en Estados Unidos de América siempre ha sido un servicio privado de consumo masivo porque “desde el principio los fieles tuvieron que sufragar su fe, ya que el Estado no podía satisfacer la diversidad de creencias de los primeros colonos”. La práctica generalizada desde 1835 es: “Quien usa la iglesia, la paga”. 

Los datos hablan por sí solos. Según el último Informe de las Congregaciones Religiosas Americanas, el 79% de los ingresos de la religión, hasta el 95% en muchas organizaciones, proviene de los fieles.

El resto de las rentas eclesiásticas procede: un 12% del alquiler y venta de sus inmuebles, un 4% de los colegios religiosos y un 5% de otras contribuciones como herencias, legados o ayudas de organizaciones privadas. Es costumbre entre ricos, por ejemplo, dejar fabulosas herencias a sus parroquias y no sólo a sus hijos.   

El silogismo es implacable: sin creyentes no hay ingresos, sin ingresos no hay religión. En ningún otro país nacen y mueren tantas iglesias al año. Fundarlas es sencillo, una mera licencia basta; pero sacarlas adelante, con una presión tan acuciante, requiere más que rezos. Por eso se pide y se pide. Y se da y se da. Año tras año, una y otra vez, sin tregua ni descanso. Agotador, pero funciona.

Decía el filósofo Charles S. Peirce, fundador del pragmatismo americano, que las creencias humanas derivan del hábito de sus acciones. Esto explicaría que en Estados Unidos de América, donde no existe conflicto entre lo material y lo divino, la lluvia de dólares se incorpore al engranaje religioso con soltura, sin traumas ni aspavientos.  

El resultado es una religión autónoma y un sistema muy ramificado que realiza una asombrosa labor social caritativa, a falta de un Estado que garantice derechos sociales básicos indispensables en la Unión Americana. Si la unión hace la fuerza, nunca el dicho encontró mejor abono que en este pueblo de convicciones firmes que ha hecho de la solidaridad un gigantesco ovillo donde resguardarse.

Para los cristianos estadounidenses, el 76,5% de los adultos, según el Informe de Identificación Religiosa Americana de 2018  (52% protestantes y 24,5% católicos), Jesucristo no predicaba la pobreza sino el espíritu desprendido, una premisa que encaja de maravilla en una sociedad tan amante del dinero como generosa para darlo.

El sociólogo de la Religión de la Universidad de Arizona, Mark Chaves, aconseja para entender esta mentalidad desdoblar el concepto teológico estadounidense en dos, por un lado su doctrina y por otro sus prácticas económicas (petición de dinero, donaciones, presupuestos anticipados, inversiones de capital, alquiler de instalaciones, etc.), que son costumbres plenamente “institucionalizadas”. 

Las donaciones económicas a las iglesias estadounidenses son una práctica constante año tras año por parte de los fieles. Pero cada doctrina sigue unos métodos propios que ahora analizamos. 

La cuestión es: ¿Cuánto debe ofrendarse? Depende. Los cristianos sugieren los diezmos del Antiguo Testamento, es decir, el 10% del sueldo. Los judíos, como socios de su sinagoga, aportan cuotas fijas que varían según la renta y la edad, aunque Bob Menaker, director del periódico Jewish Times, especifica que “no se echa a nadie por no tener dinero”. Los islámicos están obligados al zakat, uno de sus cinco preceptos religiosos, que es el 2,5% de la renta. El monto forzoso para los mormones es el 10%.  Sólo los cristianos ortodoxos, los budistas o los hindúes optan por la voluntad.

A pesar de la mayoritaria tradición del diezmo, la media anual por hogar donada en Estados Unidos de América en 2018, según datos del Anuario de las Iglesias Americanas, fue de 709 dólares, que equivale al 2,6% de las rentas. Esta cifra sin embargo no refleja la realidad: que el 20% de los miembros de una congregación aporta el 80% de los ingresos. Como subraya el sociólogo de la religión Mark Chaves, “hay pocos que dan mucho y muchos que dan poco”.  

A cambio de su dinero los estadounidenses, sentimentales pero prácticos, reclaman y ejercen su poder de decisión en el nombramiento de autoridades, construcción de edificios, programas, etc. Así, las congregaciones, sean grandes o pequeñas, actúan como decisivos núcleos sociales que “practican” democracia en su sentido más puro, donde todo se discute y se vota, con la idea de consenso hundida en sus raíces.

Las iglesias además vertebran la espina dorsal de los barrios, activando amistades y vínculos humanos. Después de misa, por ejemplo, en vez de tomar una botana en un bar, en Estados Unidos de América la costumbre es beber un refresco o café en las instalaciones de los propios templos, convertidos a su vez en clubes sociales donde lo mismo se ayuda a un vecino que se cierra un negocio inmobiliario. 

Es la empresa americana de Dios y no existen prejuicios que interrumpan la elástica dinámica que permite a las parroquias matar dos pájaros de un tiro: autofinanciarse y ofrecer servicios extra religiosos indispensables para el americano medio. Por eso resulta normal que un niño judío practique baloncesto en un recinto presbiteriano o que uno metodista acuda a una guardería bautista. Son asuntos “convenientes”, expresión que Estados Unidos de América adora.  

A la postre todos pagan con fluidez, sea por ver televisión o recibir una misa.

En California, el pastor episcopal Isaías Rodríguez, un ex carmelita leonés con 27 años en Estados Unidos de América, presta servicio a dos comunidades muy distintas: la diócesis de San Felipe, rica y numerosa, y la humilde iglesia de Santa María, de inmigrantes hispanos pobres.

El padre Isaías trabaja de 9 a 5, está casado, juega al tenis, tiene dos hijos y gana unos 50,000 dólares anuales, aunque dice que un obispo supera los 100,000 dólares. Con su sueldo paga todas las necesidades de su familia y le quedarán unos dos mil dólares mensuales de retiro gracias a los fondos de pensión episcopales.  

En su despacho, Isaías explica el proceso anual de recaudación protestante, la religión de 110 millones de estadounidenses, aunque dividida en un sinfín de ramas: metodistas, luteranos,  evangelistas, bautistas, calvinistas...

 

 “La campaña de recaudación anual va de septiembre a diciembre –afirma-. Se telefonea a los afiliados, el párroco predica varios domingos sobre el tema y solicita el diezmo de las rentas. Los feligreses, que ya conocen la rutina, mandan cheques y las iglesias entregan certificados que desgravan en al momento de presentar sus impuestos”.

En enero se elabora el presupuesto anual y se somete a aprobación general. “La gente tiene derecho a quejarse, a pedir por ejemplo más fondos para catequesis y menos para el coro de la misa”. Isaías puntualiza que los clérigos “también damos diezmo”. 

En general, dos tercios de la recaudación eclesiástica se gasta en sueldos y el resto en instalaciones y programas. Por su parte, las iglesias dan cuenta de su actividad económica y pastoral a través de boletines periódicos. 

El presupuesto de San Felipe para este año asciende a tres millones de dólares, una cifra apabullante. Comparando números, el católico Mark McGahan, también de Atlanta y que vivió un año en Madrid, recuerda “el poco dinero que dejaban los españoles en misa”, así que él metía su dinero en un sobre para no llamar la atención, que es la costumbre en Estados Unidos de América. Él ofrenda el 15% de su sueldo a la iglesia, repartido entre las misas semanales y un hospicio católico.  

El presupuesto de otra católica, Sarah Thomas, californiana de clase media alta, casada y con dos hijos, es de 75 dólares semanales, unos 4,000 dólares al año. Por el contrario, Jan Levy, judía, confiesa que este año sólo ha dado 500 dólares porque no está trabajando y su esposo no es religioso, pero colabora gratis en su sinagoga, en donde dice que las donaciones superiores a 10,000 dólares “son frecuentes”.   

Por supuesto, ni todas las iglesias son ricas ni todos los miembros dan el mismo dinero. En la pequeña iglesia de Santa María, las aportaciones hispanas apenas sobrepasan los 50 dólares anuales.

Sylvia Ronsvalle, autora del libro “El estado de las donaciones a la iglesia hasta 1999”, una investigación nacional que analiza los modelos contributivos protestantes desde 1916 hasta 2018, manifiesta que el promedio donado a la religión ha descendido en las últimas décadas, un bajón a su juicio injustificable porque “los americanos hoy son 450 veces más ricos que durante la Gran Depresión”.  

 

Y aunque los católicos en Estados Unidos de América no publican resultados económicos desde 1929, a diferencia de los protestantes (obligados a auditorías anuales), existe constancia de un hecho curioso: que ofrendan entre un tercio y la mitad menos. Nadie ha encontrado una explicación definitiva a este misterio. Algunos creen que la planificación anual de los protestantes cansa menos que la semanal o mensual, preferida por los católicos.

Asimismo, no es frecuente pero tampoco extraño que las parroquias coticen en Bolsa, como ocurre con 175 congregaciones cristianas que, agrupadas bajo la denominación ICCR, son accionistas de la multinacional Coca-Cola.  

“Dinero llama a dinero”, reza el dicho, pero ¿qué cifras traducen la llamada de Dios? La organización cristiana Empty Tomb Inc, una de las fuentes de datos religiosos más fiable, afirma que en 1999 las donaciones individuales fueron de 55.080 millones de dólares, mientras que el cálculo de “Giving USA Services” para ese año ascendió a 71.240 millones de dólares.

Esto significa que la religión en Estados Unidos de América mueve cada año más de 99,000 millones de dólares, es decir, entre un tercio y la mitad del valor de la industria mundial farmacéutica, lo que da idea de su éxito empresarial. 

Partiendo de estas cifras, muchos se preguntan: ¿Podría haber un presidente agnóstico o ateo en Estados Unidos de América?. El historiador James  Hudnut-Beumbler responde: “Podría, pero los americanos siempre preferirán a alguien que comparta sus valores, y sólo un cristiano, como mucho un judío, encaja en el perfil. Un líder al que no le importe la religión resultaría sospechoso”.

Recordemos que la religión católica es la que más crece en Estados Unidos de América debido a la inmigración hispana, así que mientras en California la preocupación del padre Isaías es sacar adelante la humilde parroquia de Santa María, otras 3 millones de iglesias del país perseveran en la suya, que en definitiva es la misma: pedir y pedir a quienes dan y dan. Agotador, pero funciona.