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¡Vamos Al Molino Rojo! (Moulin Rouge!)

Esa noche en París subimos al Metro en la estación de la plaza de la Concordia cerca del Museo del Louvre y salimos en el Boulevard de Clichy en la plaza Pigalle, tradicionalmente un barrio bohemio y de pintores, ubicado a los pies de la colina de Montmartre donde en los bares se encontraban los escritores.

Nuestro objetivo era entrar al Molino Rojo (Moulin Rouge en francés) para ver el turístico espectáculo del Can-Can.

Este emblemático lugar nació como cabaret en 1889 durante lo que se conoce como la Belle Epoque, pero hoy es un teatro pequeño donde hay mesas para cenar y un espacio atrás para sentarse en pisos y beber champaña. Es lo opuesto a todo lo que hay en Las Vegas o Nueva York, donde la multitud, el ruido y el juego de luces es parte del espectáculo. 

A lo largo de más de 129 años y sobreviviendo a dos guerras mundiales, han desfilado por su escenario artistas de la talla de Ives Montand, Charles Aznavour, Mistiguett, Frank Sinatra, Liza Minnelli y Dean Martin, entre otros.

Siempre me ha gustado la salida del Metro en Pigalle, donde el nombre de la estación está escrito en fierro color verde con letras adornadas con flores bajo las ramas de los árboles y junto al más clásico farol parisién. 

Saliendo, al frente, ya se ven las 4 astas del Moulin Rouge que no es obra de los franceses, sino del español Josep Oller que ya era propietario también del famoso Olympia, otra localidad de espectáculos donde debutó Edith Piaff.

La atracción del Can-Can en París es como la del Flamenco en Granada o el Vals en Viena. Y algo curioso del arte y de la música: así como el Tango nació en los malecones del puerto de Buenos Aires, Argentina y se bailaba sólo entre hombres, el Can-Can tuvo su origen en los salones de baile de la clase trabajadora del barrio parisino de Montparnasse alrededor de 1830. Y era mixto.

Y así como el Tango es adoptado por la alta clase social bonaerense después que se sabe que ha triunfado en París, el Can-Can, como es hoy, cambió después que hizo furor en Londres y Nueva York y para atraer a los turistas. 

Pero lo esencial quedó, se excluyó a los hombres y las bailarinas tenían que levantar sus piernas para mostrar los encajes de sus prendas interiores.

Las medias negras y los tirantes en sus medias más la coquetería personal, combinaban la música y la sensualidad. No por nada la palabra Can-Can significa “escándalo”.

En esa época, 1840, se bailaba lo que se llamaba el “galope”, piernas en alto y brazos abiertos. La extraña melodía, sin embargo, la adoptó el compositor clásico Jacques Offenbach para su obra “Orfeo en los Infiernos” que la he puesto a veces en mi programa radial de los sábados a las 11 en la 1010 sobre los viajes del año. 

Esa noche en París, parte de un grupo conmigo, salimos del Metro, atravesamos la calle y entramos al Molino Rojo. Desde la entrada era todo fascinante. Fascinante porque todo lo que es diferente es un descubrimiento. Quizás el vestir de la gente, la diversidad de lenguas, el pensar cómo será. 

Ocupamos el espacio de los pisos con sus mesas y el champaña para ver mejor. Sólo el ambiente ya valía la pena haber ido. Entre aplausos y gritos llegó el momento esperado. En el escenario en frente de nosotros se abrió una cortina roja con bordes dorados. Por el murmullo de voces, no se podía escuchar al maestro de ceremonias que anunciaba el programa, hasta que muy gentilmente y casi cómicamente pidió calma en cinco lenguas.

 

El espectáculo abarcó el canto, el baile, el teatro, la comicidad, muchos artistas y música internacional, pero todos esperábamos el Can-Can. 

El redoble de tambores y ocho mujeres vestidas iguales despertaron nuestra emoción cuando empezaron su atrevido baile alzando sus faldas y levantando rítmicamente sus largas piernas muy alto luciendo su diminuta y colorida ropa interior que para hace 180 años debió haber sido un escándalo, un Can-Can. Aunque ahora todavía dure la coquetería.

Todo el público salió feliz del Molino Rojo, cuyas astas seguían girando al empezar la madrugada y como el Hotel no estaba tan lejos, decidimos regresar a pie. Algunas damas antes “conservadoras” se fueron cantando por el medio de la calle sin tráfico. Los faroles las miraban como diciendo: “este ejército de mujeres, están allí para bailar este divino alboroto parisino, como su reputación lo exige”...

Interes, Turismo

Asís A Mitad De Camino

Empezando por Belén, muchos pueblitos de la tierra hoy serían desconocidos en vez de metas turísticas de no haber sido porque nació en ellos alguien que cambió la historia en el mundo. El pueblo de Asís es uno de ellos. Situado en la Provincia de Perusa, región Umbra en Italia, a mitad de camino entre Florencia y Roma, este lugar medieval vive gracias al que llaman el más santo de los italianos y más italiano de los santos: San Francisco de Asís.

Asís es un pueblo de piedra encaramado en un monte impregnado del espíritu de Francisco y quizás por eso, no hay otro lugar en que se respire más paz. Varios historiadores dicen que el nombre de Asís viene del latin Asisium o del italiano Assisi.

Al nacer en 1182, el hijo de Pietro Bernardone, un rico comerciante en sedas francés, fue bautizado como Giovanni, pero cuando fué hecho prisionero en el tiempo de las cruzadas y conoció la miseria humana en la cárcel, renunció a cuánto tenía y adoptó lo que llamaría la hermana pobreza.                                                      

Desde el 3 de octubre de 1226, día en que falleció a los 44 años dejando fundada la Orden Franciscana, no ha cesado el peregrinaje a su pueblo y desde que se construyó la Basílica que lleva su nombre, los turistas bajan hasta su tumba de piedra que conserva sus restos mortales.

Típicamente gótica italiana, en la Basílica han vaciado sus artes muchos genios desde los siglos XIII Y XIV, entre ellos, el más famoso, Ghiotto cuyo colorido y simbolismo no tiene paralelo.

Sin embargo, la mayor parte de los turistas se pierden de ver lo más importante que hay en la Basílica, que es el sayal que vestía Francisco y se haya en una capilla con las reliquias del santo. 

En una de las tantas veces que hemos viajado a Asís, el grupo se había dispersado porque hay tanto que ver, como la iglesita de San Damián donde Francisco recibió el mensaje divino de reconstruir su Iglesia, aunque la cruz que le habló se encuentre ahora en la iglesia de Santa Clara, la amiga de juventud de Giovanni di Pietro, que también abrazó la vida religiosa junto al grupo de amigos que dió vida a la comunidad fundada por Francisco y que se la aprobó el Papa Honorio III tres años antes de su muerte. 

Durante el paseo, en una vitrina de antigüedades, vi una pintura de San Francisco sobre un trozo de madera. Un Francisco diferente. Un ser humano que parecía se elevaba de la tierra con un rostro de paz infinita. Supuse que su precio sería impagable para mí y entonces apuré el paso para encontrarme con el grupo y subir al autobús para regresar a Roma.

Ya estaba sentado en el autobús y éste empezaba a salir de la ciudad, cuando pensé que quizás nunca más volvería a ver esa pintura y que por algo apareció en mi camino. Sentí la necesidad de volver a verla y quizás tener la forma de comprarla. Le pregunté al conductor si tenía tiempo para regresar y bajarme. Me contestó que sí. Y ni la lluvia que empezó a caer detuvo mi carrera cuesta arriba para llegar a la tienda donde estaba el trozo de madera pintado. 

El dueño me pasó un paño para secarme y me preguntó qué deseaba. De inmediato, exigido por el poco tiempo para volver al autobús, le pregunté cuánto costaba “ese San Francisco”.

Como buen vendedor, empezó por decirme que era pieza única de autor desconocido.  Pero al verme tan interesado, me preguntó de dónde venía. De San Francisco, California, le respondí.

El hombre de unos 50 años se puso a reír y me dijo: yo tengo un hermano que vive allá muchos años... Me costó interrumpirle su historia. Pero el tiempo corría y le pedí saber el precio de esa pintura que tenía en la vitrina.

Me sorprendió su respuesta y su gentileza. Deme lo que pueda y es suya, me dijo. Me ha pagado con saber que usted viene de donde vive mi hermano y saber cómo es la ciudad que tiene el nombre de San Francisco.

Desde entonces, cada vez que con mi llave abro la puerta donde vivo, lo primero que veo en la pared es el trozo de madera con Francisco y el sayal a girones, los pies desnudos y el rostro en éxtasis.

Turismo

¡No Siempre Es Igual!

Es normal recordar la noche de Año Nuevo dónde y con quién estuvimos la última vez. Y no siempre es igual. Pero ninguna se olvida.

Desde que era adolescente, empezé una extraña costumbre: cuando todos gritaban las 12, las 12 y todos se abrazaban y se brindaba con champaña, yo salía a la calle con 2 copas para beberlas con la primera persona desconocida que encontrara sola. Por lo general, esa persona sola era un policía cumpliendo su turno o un hombre o mujer que volvía del trabajo.

El encuentro y el salud era breve, pero yo volvía a casa caminando donde todos bailaban y reían y me incorporaba a la comparsa. ¿Dónde estabas?....me preguntaba alguno y yo callaba porque si decía en la calle y por qué, creerían que era broma. Y yo sentía que había estado con el universo, con alguien que lo necesitaba.

Pero una noche de año nuevo no me moví de mi asiento en casa en medio del bullicio de la familia. Y mi mamá que estaba sentada en frente mío me preguntó sonriente: ¿y no vas a salir con las 2 copas como siempre?....No podía, porque al mirarla ví que sería su último año nuevo, Y al verme algunas lágrimas me dijo:  ¿por qué lloras?....Porque voy a empezar a viajar toda mi vida, le inventé como respuesta. Y con el tiempo todo resultó verdad.

Precisamente con el tiempo y mientras mi carrera me había llevado a vivir en Roma, Italia, y llega el invierno y las mujeres del campo aparecen en las calles vendiendo castañas calientes y los “zampoñanos” con sus flautas para recordar la Navidad, algunos amigos del club de fútbol de la Universidad Católica de Santiago de Chile que habían ganado un torneo en Yacarta, Indonesia, me llamaron por teléfono para preguntarme si quería agregarme a cuatro de ellos que iban a pasar año nuevo en París. 

Al contestar conforme, arrendamos un automóvil en Turín (Italia) y fuimos subiendo hacia el norte europeo pasando por las ciudades nevadas de Austria y Suiza.

Cada uno de los 5 tenía un rol que cumplir: 2 manejarían, 1 se ocuparía de las cuentas, otro de encontrar los hoteles y yo de ser co-piloto para saber por dónde viajar y cómo entrar a las ciudades.

Era de noche cuando nos acercábamos a París; con el mapa en mis rodillas, honestamente no sabía qué autopista escoger y los carteles verdes de las carreteras poco me ayudaban porque algunos ya estaban cubiertos de nieve.

Algún ángel me habrá ayudado porque hasta me felicitaron por haber entrado a la capital francesa por donde tenía que ser.

El último día del año decidimos ir a un show en una sala de espectáculos en los Campos Elíseos. La avenida más amplia y famosa del mundo tenía todos sus árboles iluminados y colgaban estrellas de lado a lado de las calzadas. 

Miles de automóviles subían y bajaban entre el Arco del Triunfo con la bandera francesa en medio y la plaza de la Concordia. Los policías vestidos de azul bajaban sus cabezas hasta las ventanillas de los conductores o conductoras no para escribir una multa, sino para recibir un beso de las damas al volante.

En ese ambiente era fácil contagiarse y por eso nadie me movió cuando en plena avenida me saqué la chaqueta y de rodillas me puse a torear a los coches y todos gritaban olé. 

Pero en París no es “Noche de Año Nuevo” si a las 12 no se vá a beber champaña a los puentes más famosos de la ciudad. En la plaza de la Bastilla, donde debutó la guillotina durante la Revolución Francesa, se baila toda la noche. Y la torre Eiffel, como un faro, esparce rayos de luces haciendo ver la vida color de rosa. 

En la mañana del primero de enero, con el grupo de amigos decidimos ir a la ciudad de Le Havre, situada en la orilla derecha del estuario del río Sena a orillas del Canal de La Mancha. En el camino, uno de los nuestros se sintió repentinamente mal. Nos detuvimos en el primer Hospital en la carretera. El diagnóstico fué peritonitis. Había que intervenir quirúrgicamente. Decidí quedarme con él para acompañarle y porque era amigo de su familia a la cual la informé a la distancia. 

Se hizo noche. Por los pasillos del Hospital no circulaba nadie. Dos monjas aparecieron y me pidieron ayuda para calmar a un paciente agresivo porque hasta los enfermeros tenían libre para celebrar el día de Año Nuevo con sus familias. 

En algún momento tuve la curiosidad de conocer cómo era una sala común de enfermos. Habría 30 camas en dos filas. Semi-oscuridad y soledad total. De vez en cuando algún quejido de dolor. Para esa gente también era noche del primer día del año nuevo. 

Fui de cama en cama recogiendo historias muy bonitas. Era como si escogieran los mejores recuerdos. Ninguna queja o amargura, nada contra nadie. Al escuchar sus historias y al apretar sus manos, sonreían.

Fué una noche hermosa, inesperada. Una noche para no olvidar cada vez que en el calendario de la vida el reloj dé las 12 a medianoche y empiece con amor y fé un nuevo ciclo. ¡Feliz Año Nuevo!

Historia, Turismo

El Camino A Belén

El camino a Belén empezaba en mis pies porque, como dijo el poeta español Antonio Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Me miré mis pies en la calle Condotti en Roma frente a una pequeña iglesita donde en su puerta había un cartel que decía “Belén te espera”. Era diciembre y lloviznaba.

Decidí partir como peregrino que no tiene todas las ventajas del turismo, pero yendo a Belén bastaban las sandalias. En los tiempos bíblicos, Belén era una ciudad enclavada en los montes de Judea, ahora es una ciudad palestina en la región conocida como Cisjordania a 9 kilómetros de Jerusalén. 

Si diez siglos antes del nacimiento del anunciado Mesías, Belén era un lugar de descanso para los viajeros que iban de Siria a Egipto, también se sabía que allí había nacido nada menos que el rey David hijo de Salomón.

Transcurren miles de años y en Nazareth, María, una joven hija de  Ana y Joaquín, recibe la visita de un ángel que la saluda llamándola “bendita entre todas las mujeres porque has hallado gracia ante el Señor” y será la Madre del Mesías “profetizado”, sólo que en aquellos tiempos los judíos creían que se trataba de un hombre que les liberaría del Imperio Romano y sería el Rey del pueblo escogido

En cambio, ese rey nacería en una gruta de Belén “porque no había sitio en la posada” y como Redentor de toda la humanidad siendo Hijo de Dios.

Por esos tiempos, César Augusto es el emperador romano y ordena un censo en todo el imperio incluyendo la provincia de Judea. José, el esposo de María y padre putativo del que iba a nacer, era nativo de Belén, descendiente del Rey David, por lo tanto tiene que dejar Nazareth con María en cinta para registrarse en Belén junto a otros centenares en la misma situación, pero nadie imagina que se están cumpliendo las Escrituras. Aunque Caifás posiblemente sí, porque cuando los Magos de Oriente le informan que han visto y seguido una estrella hasta Belén para adorar al recién nacido, Herodes El Grande da la salvaje orden de ejecutar a los niños nacidos en Belén con el propósito de matar al niño designado como “el rey de los judíos”, pero la Sagrada Familia, advertida por un ángel ya está en camino a Egipto.

En el siglo IV de nuestra era, el emperador romano Constantino I, hijo de Santa Elena que había regresado de Tierra Santa con reliquias de la Cruz de Cristo y había visitado la gruta de Belén, ordena construir el primer templo religioso compartido hoy por la Iglesia Ortodoxa Griega, la Iglesia Apostólica Armenia y la Iglesia Católica. 

A pesar de la invasión a caballo de los persas en el año 614, la Basílica conserva algunos mosaicos que los mismos persas respetaron porque las vestiduras de tres personajes, eran como las de ellos; lo que ha pasado a ser un testimonio que los Reyes de Oriente sí llegaron a la gruta del Nacimiento de Jesús.                              

En más de 40 veces que he visitado Tierra Santa, siempre la Basílica de la Natividad está con sus columnas ennegrecidas por incendios y constantemente en restauración, además de estar colmada de peregrinos y turistas de todo el mundo.

Lentamente avanza la columna humana hasta una amplia escala de piedra semi-circular bajo el altar mayor griego-ortodoxo donde abundan los candelabros de plata.

Al ir bajando la escala en forma de embudo, unas 20 gradas, dos o tres son los primeros que se encuentran con la gruta donde una estrella de bronce en el piso dice “Aquí nació Jesús, Hijo de María”. Todos se arrodillan y los que no se han dado cuenta dónde están, se toman fotos.

En el lugar hay otra gruta con un pequeño altar a un par de pasos. Habría sido donde estaban la Madre con su Hijo y José cuando llegan Gaspar, Melchor y Baltazar para rendirle homenaje a quién les avisó una estrella que había nacido el Rey de Reyes, Dios. 

En la medianoche de Navidad se oficia una misa sobre ese altar y la primera vez que fuí a Belén después de leer un cartel en la vía Condotti en Roma, me acordé que “se hace camino al andar”, tuve la dicha de ayudar en la ceremonia ante no más de 12 personas sentadas en una escala metálica de caracol que ya no se usa.

Para salir a la superficie se sube por otra escala de piedra angosta que sale al templo católico de Santa Catalina, donde el Patriarca de Jerusalén oficia la llamada “Misa del Gallo” para todo el planeta.

Al día siguiente, día de Navidad, el mismo Patriarca representante del Papa, sale en procesión por las calles de Belén con la imagen del Niño Jesús recién nacido. Belén tiene unos 30,000 habitantes de los cuales la mitad son musulmanes, pero con mucho respeto a la tradición cristiana.

 

Desde el año 2012, la iglesia de Santa Catalina de Alejandría está incluida en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco como el lugar de nacimiento de Jesús y la declara como “Iglesia de la Natividad y Ruta de la Peregrinación en Belén”.

¡Felices Navidades y Próspero 2019!

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¿De Donde Eres?

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Junto a la puerta de bronce a la salida de la capilla Sixtina había un piso de madera común y corriente. Setenta cardenales llegaban en silencio a ocupar su lugar en los asientos con respaldos altos adheridos a las murallas de la histórica sala inmortalizada con los frescos bíblicos de Miguel Ángel desde la creación del ser humano hasta el juicio final. ¿Quién ocuparía el piso agregado junto a la puerta?

Dentro de la centenaria capilla, unos veinte corresponsales acreditados ante la sala de prensa del Vaticano filmaban escenas jamás vistas para la elección de un Papa y otros tomábamos notas sin poder hacer preguntas. 

Guardias con uniformes azul-grises y la legendaria guardia suiza mantenían el orden hasta que se dió la orden de “todos fuera”. Fui el último en salir y al pasar junto al cardenal sentado en el piso, me acerqué para decirle: usted será elegido Papa mañana. “Da dove sei?” me contestó en voz baja en italiano, que quiere decir: ¿de dónde eres?... de Chile alcancé a decirle antes que uno de los guardias suizos me invitara a salir de la Capilla Sixtina porque empezaría la tercera sesión del cónclave que significa “con candado”. 

Al día siguiente, por la tarde ya anocheciendo, salió humo blanco por la vieja chimenea de lata que desde el techo de tejas de la Sixtina en los Museos del Vaticano, avisaba al mundo que había sido elegido un nuevo Pontífice, el número 262 desde San Pedro.

La multitud aclamaba en la plaza que abrazan las columnas del Bernini.  ¿Quién sería?... ¿Cómo se llamaría?                                        

De pronto se corrieron las cortinas blancas del balcón central de la Basílica y el cardenal Camarlengo anunció con voz sonora: Habemus Papa. Era el cardenal del piso Gian Bautista Montini de Milán que se llamaría Pablo VI, el primer Pablo después del V cuyo nombre está escrito en la fachada de la Basílica de San Pedro desde 1606.

En Roma, cuando se elige un Papa, el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, vá a saludar al nuevo Pontífice que significa Puente.  Después de esa visita, el embajador de Chile, que me conocía, me llamó por teléfono para preguntarme si era yo el que le había dicho al cardenal Montini que sería elegido Papa.

Al responderle que sí, me dijo que él deseaba verme. Un encuentro tal era inimaginable y sin embargo resultó tan cordial y natural que quedé sorprendido.

Me entregó un estuche de cuero rojo con dentro una medalla de plata de su Pontificado. Y me preguntó si aceptaba ser uno de los 5 jueces para editar el libro gráfico del Concilio Ecuménico Vaticano II. Éramos de distintos continentes, entre ellos un obispo.  

Pasamos noches revisando centenares de fotos que, a nuestro juicio, fueran un real testimonio del Concilio que había abierto Juan XXIII.

Cuando estuvo impreso, La RAI TV italiana organizó una exposición para ser transmitida a todo el país, pero la inauguración en Roma, fue sólo con la asistencia de Pablo VI y los 5 jueces. Al entregarle un regalo, el Papa me comentó: “supe que usted fue el único que quería otra fotografía para la cubierta del histórico Libro”.

Cierto le contesté.  Y como él se interesará en saber cuál era la que yo prefería en vez de la imponente foto a color de una columna de cardenales bajando las gradas de la Basílica de San Pedro, le abrí el libro donde una fotografía en blanco y negro captaba la cabeza de un obispo bajo los rostros de gente del pueblo. “Creo que esta foto reflejaba mejor la esencia, el contenido del Concilio Ecuménico”, me atreví a decirle a Su Santidad. El pareció complacido. 

La historia viene al caso, porque el Papa del piso como siguió siendo para mí, el primero en visitar Tierra Santa, el primero en participar en una asamblea de las Naciones Unidas y el primero en reconciliar la Iglesia Católica con la Griega Ortodoxa después del cisma de Constantinopla abrazando al Patriarca Atenágoras en el Vaticano y quién clausurara en paz el Concilio Ecuménico que según muchos había quedado con las cortinas al viento, ha sido elevado a los altares por el Papa Francisco.

Alguna tarde en su habitación, este Papa silencioso escribió sobre un papel: No deseo monumento alguno y dibujó una simple lápida blanca que en su tumba sólo dijera...Pablo VI. Y así está en la cripta de la Basílica de San Pedro.                                          

Historia, Turismo

La Historia De Juan José

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Conocí a Juan José cuando estaba en un cajón de azúcar en una calle de Madrid. Tiene tres meses, me dijo su joven padre junto a su organillo y su esposa veinteañera ambos valencianos.

Era una mañana de domingo y me despertó en el hotel la música de un organillero que tocaba una de las canciones más populares de mi país, Chile, “Yo vendo unos ojos negros”. No puede ser, debo estar soñando fué lo primero que pensé. Pero me levanté para asomarme al balcón de fierro del quinto piso y era verdad: abajo en la calle un organillero daba vuelta la manivela y un loro daba papelitos con buena suerte para quiénes ponían alguna moneda.

Me vestí de inmediato y bajé a la calle con la cámara preparada para tomar fotos.

Con sorpresa ví que en un cajón de azúcar había un bebé. Su padre, el organillero de unos 28 años, me explicó que era su hijito que no teniendo donde dejarlo mientras él y su esposa trabajaban, lo llevaban siempre consigo. Se llama Juan José y tiene tres meses, fue lo primero que Carlos me dijo. 

El trabajo consistía en que mientras el papá tocaba el organillo, la mamá recogía en una boina negra las limosnas de la gente que pasaba. No eran muchas, en verdad. Por eso y a un cierto punto, pensé que quizás si la gente sería más generosa si veían que alguien visiblemente turista, pasaba la boina pidiendo ayuda para esa joven pareja con un bebé en un cajón de azúcar. Quizás por orgullo o vergüenza. 

María, la joven madre de largos cabellos oscuros, me sonrió como queriendo decir....no....no....pero me pasó la boina.

Carlos volvió a tocar su organillo y el loro que se había dormido en su caja con barrotes, despertó. María tomó a Juan José en brazos.

En ese momento empezaron a salir de una iglesia cercana muchísimos fieles que hablan ido a misa y un tanto extrañados al verme pedir limosna con una cámara al hombro, ponían su dinero con cierta curiosidad.  Entonces yo les mostraba a esa pobre familia que tenía mucho de parecido a la de Belén. 

A un cierto punto se abrieron las ventanas de los edificios de la cuadra y la gente, también curiosa ante la música y el bullicio callejero, empezó a lanzar monedas y billetes que María recogía. 

Al despedirme de Juan José y sus jóvenes padres, les dejé mi dirección. La de ellos no era posible porque vivían como gitanos, aunque la meta era volver a Valencia quizás ayudados con el dinero que dejaba el organillo.

Antes de dejar España invitado por el Instituto de Cultura Hispánica para el último curso de periodismo, un periódico de Madrid me entrevistó para preguntarme qué había sido lo que más me había impresionado del país. No tardé ni un minuto en contestar:  ¡Juan José!, pero luego de tener que explicar un por qué, el reportero se atrevió a escribir.

Es que muchas veces, los hechos humanos dicen más de un pueblo o una ciudad que los monumentos y museos y el periódico lo entendió. 

Nunca supe si los valencianos leyeron quizás su propia historia, pero años después, una tarjeta postal me persiguió hasta encontrarme y me decía que Juan José había entrado a un jardín pre-escolar.

Desde entonces, en todos los viajes, presto mucha atención a los niños porque ellos nos enseñan muchas cosas sin saberlo y a veces reflejan mejor la calidad de un país. 

Una mañana con un grupo estábamos en Jordania visitando una de las maravillas del mundo: Petra. Al terminar el desayuno y salir del Hotel que miraba hacia las montañas, por un extraño impulso,  tomé de la mesa una manzana que lucía la mejor de todas, algo que nunca hago, pero la manzana me hizo llevarla.

En el camino, cuando ya se ven carruajes tirados por caballos o camellos que llevan gente que prefiere no andar un kilómetro por un sendero pedregoso hasta llegar al templo incrustado en la roca, un niño de unos 8 años y grandes ojos verdes me alcanzó y me dijo sonriendo: ¿esa manzana que lleva en la mano es para mí? No me cupo duda que sí. Por algo la había tomado de la mesa si no era para mí.

También en Rusia, al desembarcar de un crucero fluvial en un pueblecito no lejos de Moscú, un niño de unos 6 años esperaba a los pasajeros con un ramito de hojas de árboles que la mayoría no hacía caso porque no recuerdan que están viajando y hay mucho que ver y en todo hay un mensaje que no tenemos en casa. 

Pero quién tomaba el ramito, podía entender de qué se trataba. Se trataba de no pedir limosna, sino de dar algo para agradecer después. Y así fue; tomé las hojas verdes para darle un dólar y el niño se fue feliz corriendo a su casa.

Lo que no me imaginaba es que estando ya en el pueblo, el mismo niño se me acercó en una esquina de calles y sin hablar ruso por cierto, me pasara unas viejas monedas que me hizo entender me las mandaba su mamá. Cuando quise corresponder con otros dólares, me dijo que no. Y esa lección nunca la olvido. 

Turismo

…Doce menos uno…

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Navegando el mar de la China, sobre Isla Lantau está sentado un gigantesco Buda con las piernas cruzadas y una mano levantada, que simboliza la armonía entre la persona, la naturaleza, la gente y la religión. Ese era el destino del grupo que llevaba. Decenas de embarcaciones de todo tipo, banderas y colores atracaban en varios muelles de madera y bien preparados para recibir turistas.

Como siempre, me fijaba en los rostros de diferentes razas, desde los con largas cabelleras rubias hasta aquellos con los ojos más oblicuos como si alguien les hubiese pintado una raya.

Nos dijeron que ese monumento a Buda de metal oscuro, sentado sobre una plataforma redonda de piedra y una mano sobre la rodilla izquierda, era el más gigante del mundo, pero para mí no tenía importancia, lo que interesaba era saber y conocer si en esa isla perdida en el mar había o no algún monasterio budista para infantes.                                 

Recuerdo éste viaje ahora que en Tailandia doce niños, menos uno, después de llamar la atención mundial sobreviviendo dos semanas en una cueva
subterránea inundada luego por una torrencial lluvia y barro que tapaba la salida, al ser rescatados vivos con la cooperación de expertos de varias naciones, han ingresado a la vida monástica budista en un acto de gratitud a su divinidad. ¿Realmente esos niños quieren ser monjes? No son pocos los que hablan de publicidad, propaganda y hasta uso de campaña política.

Ahora, en vez de camisetas del equipo Wild Boars y zapatos de fútbol, visten sandalias y túnicas color naranja y sus cabezas han sido rapadas. Familiares y unas 300 personas asistieron a la ceremonia televisada al mundo y que corrió por las redes sociales.

Los 12 menos 1, con sus manos juntas y las cabezas inclinadas. Menos uno...¿por qué?... Porque ese reveló ser cristiano y cristiano quería seguir.

Los monasterios budistas han cambiado mucho. Ya no existe ese secreto, ese misterio que los monjes cuidaban cuando se acercaban turistas y curiosos a ver sus ceremonias, ahora permiten inclusive que se les filme y se les fotografíe.  Y cerca hay cajas o canastas por si alguien desea dejar una donación o un billete.                                    

El budismo es más una filosofía que una teología, de momento que no busca una gloria eterna, sino se estudia y practican las virtudes humanas para una perfección de vida que eleve a la iluminación, el “nirvana”.

“Buda” no significa “Dios” pero se le considera una deidad, es un “escogido” que asume un liderazgo como en el Hinduismo. De hecho, existen miles de Budas. Cuando estuvimos en Nepal, el guía nos dijo que cada nepalés creaba su propio Buda.

El fundador del budismo fue Siddharta Gautama en la India y su fecha se inscribe entre los siglos VI y IV antes de Cristo.  Sus fieles se calculan en 500 millones sobre todo en Asia.                                     

Hay diferentes ramas en el budismo y difieren acerca de la exacta naturaleza del camino a la perfección y liberación.                                        

Los 12 niños tailandeses que de futbolistas adoptaron otra disciplina para ser monjes por gratitud, me hicieron recordar a los que ví en ese islote en el mar de la China. En el monasterio de estilo pagoda y a los pies de una ancha escala de piedra de unos 50 escalones que conducía a la base del gigantesco Buda, algunos seminaristas adolescentes, salían a un gran patio central donde alternaban con turistas. En el patio había 4 pequeños altares dorados con ciertas deidades femeninas y todos dejaban una naranja del color de sus túnicas.

 

Internacional, Interes, Turismo

Sobre El Techo Del Mundo

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Con sus 8.848 metros de altura sobre el nivel del mar, el monte Everest es el más alto del planeta tierra y por eso se dice que es el techo del mundo. Pero se puede subir más y ésta historia se lo vá a contar.

El Everest sobresale en una cordillera asiática que tiene más de 100 cimas que superan los 7.000 metros de altura y 9 los 8.000. Desde Nepal, los montes Himalaya atraviesan la India, China y Bután y nacen los mayores ríos del mundo, entre ellos el Ganges y el Yangtsé en cuyos cauces viven 1.300 millones de seres humanos.

A los pies del Everest se encuentra Katmandú, la capital nepalesa, y en el mismo valle, dos pequeños pueblos que datan del año 167 antes de Cristo hasta el año 1 de nuestra era cristiana.

En el valle en que se encuentra la bella Katmandú, arqueólogos han desenterrado templos y palacios budistas e hinduistas que la Unesco ha declarado Patrimonio de la Humanidad.

Una mañana en Katmandú, llegó al Hotel que tenía un precioso jardín interior, un guía nepalés preguntándonos si alguien quería volar sobre los Himalayas y el Everest al amanecer del día siguiente. Nos tomó de sorpresa, pero también nos reveló que la semana anterior un avión a hélice como el que ofrecía, se había accidentado en la cordillera muriendo los 17 turistas franceses. Bastó ésta honesta advertencia para que nadie de los 43 de nuestro grupo quisiera vivir esa aventura.

Yo en cambio pensé: no se repiten dos accidentes en una semana y en el mismo lugar y contesté que me interesaba. Además, ¿cuándo iba a tener otra oportunidad de una aventura similar sobre el Everest?  ¿Sobre el techo del mundo?

Después de unos minutos, y cuando todavía el guía no se iba, una señora del grupo, de las mayores, me preguntó: ¿usted va a ir en ese vuelo? Si le contesté sin vacilar. ¿Por qué? ¡Porque entonces yo también iría!, me dijo la pasajera vestida de café con un coquetón sombrero alado blanco con una cinta que anudaba en su cuello.

El guía anotó a dos en su libreta y se despidió diciéndonos: mañana a las 4 de la madrugada viene una camioneta a buscarlos para llevarles al aeropuerto de donde parten estos vuelos.

Efectivamente, todavía era de noche cuando un Van estaba en la puerta del Hotel. Nos avisaron. Subimos. No había nadie más.

En poco más de media hora estábamos en un aeropuerto en un desierto rodeado de montañas. Para mi sorpresa estaba lleno de turistas y en dos grandes pizarras estaban escritos el orden de los vuelos y sus destinos.  Ya el escenario era excitante, de película, como se suele decir.  Pero no estaba Indiana Jones.

Cuando llegó la hora de nuestro vuelo sobre los Himalayas, estaba aclarando y se apreciaba el perfil de las montañas. La única cima cubierta con un manto blanco de nieve, era la del Everest.

Lo primero que le miré al avión camuflado verde como el uniforme de los soldados, fué su hélice, una sola en una puntiaguda nariz. Se subía una escala portátil de seis peldaños. Dentro habrían unos 20 asientos. En total fuimos cinco. Todos estábamos sentados junto a una ventanilla para sacar fotos. El día era claro y luminoso.

Mi compañera de grupo sacó de su cartera una cámara desechable y se la veía feliz tal vez pensando en lo que le iba a contar a sus amigas de la aventura más grande de su vida. El solitario piloto uniformado puso en movimiento el avión que por la pista debe haber parecido un pájaro dando saltos. Pero se elevó luego.

A medida que subía y subía, en la falda de las montañas ví grietas profundas con árboles muy verdes y, en una de ellas, dos grandes ojos con bordes blancos iguales a los que tenía un templo en Katmandú. Nadie, ni el guía, supo explicarme después qué significaban esos ojos, más bien me dijeron que eran visiones mías, que nunca antes nadie las había visto, pero las sigo recordando.

En ese techo del mundo, el cielo tenía un cielo más azul...otro azul. ¿Cómo lucirían las estrellas en la noche?... por miles.

Me acerqué a la cabina del piloto quién al verme me invitó a entrar y sentarme a su lado. Así abarcaba todo el horizonte y no solamente un lado. No hablamos ni una sola palabra, el espectáculo y grandiosidad de esas cumbres invitaba a la meditación y a la gratitud de tan maravilloso día.

Diciéndome ahí está el Everest, el piloto rompió el silencio y me invadió una emoción inigualable. No siendo escalador de montañas ni alpinista, ¿cuándo podría yo haber imaginado tener mi vista y mis pies sobre la cumbre del monte más cerca del cielo? Su cumbre no era escarpada como los perfiles de todos los Himalaya, la nieve la redondeaba,

La aventura estaba terminando y el vuelo de regreso a Katmandú se hizo en silencio. Luego de aterrizar, el mismo Van que nos había traído al aeropuerto nos llevó al Hotel. Estaba atardeciendo.

Cuando llegamos el grupo nos hacía mil preguntas, pero sobre todo a la señora mayor que no tuvo miedo. Y ella, feliz, les decía a todos que el “chofer” (en vez de piloto), había sido tan gentil y buena persona que, cuando ella sacaba las fotos, “paraba”. ¿Cómo?... preguntaban todos... Hasta que les pedí que no la despertaran de su inolvidable sueño.

Turismo

Los vikingos modernos

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El lunes 21 de mayo salimos por la mañana del hotel en Oslo para visitar el museo de las primitivas naves vikingas en Bygday a las afuera de la histórica capital de Noruega fundada el año 1050.

Nuestro autobús privado avanzaba por una pista que a ambos lados nos mostraba valles verdes, bosques y casas con jardines colgantes, un paisaje que parecía un cuadro de algún pintor del renacimiento italiano.

Yo ya había visto naves vikingas colgando del techo de una iglesia cristiana en Suecia, pero las del museo en Noruega están sin maquillaje, tal como fueron desenterradas durante un asombroso y hasta sorprendente descubrimiento en 1903.

Durmieron por siglos bajo tierra, no en el fondo de las aguas de un fiordo o un mar del norte europeo, porque en esos años entre el 800 y 900 de nuestra era, las naves vikingas también formaban parte de los funerales de sus dueños. Y si se cree que en esos tiempos, 600 años antes del descubrimiento de América, la mujer era esclava del hombre, no era así en la cultura de los incivilizados vikingos considerados bárbaros paganos que con sus saqueos aterrorizaban el continente europeo.  De hecho, la principal nave del museo pertenecía a una poderosa mujer que en ella murió con su esclava.

Esta nave hecha para vela o para ser propulsada con un máximo de 30 remos, mide 22 metros de eslora y 5 de manga.

Durante la visita y cada media hora, una película a color se proyecta por las murallas blancas del museo. Se trata de la historia de ese pueblo nórdico que primero construye naves para navegar por ríos y mares buscando oro y plata, víveres, porque su territorio las más de las veces congelado y super poblado, necesita sobrevivir.

Su presa favorita era atacar y saquear los monasterios porque estaban indefensos lo que para los monjes era una herejía. El primero de ellos y más histórico fué el asalto al monasterio de Lindisfarne en el norte de Gran Bretaña en el año 793.

Durante los siglos siguientes, los vikingos y sus descendientes tuvieron gran influencia en la historia europea. En las islas británicas gobernaron durante muchos años hasta que fueron derrotados por los normandos descendientes de vikingos que habían recibido tierras en Normandía (norte de Francia).

Y la historia de estos vikingos normandos tiene una magia maravillosa. Cansado el rey francés Carlos el Simple que las naves de esos bárbaros que llegaban a las costas normandas entraran por el río Sena para saquear Paris, le ofreció al jefe vikingo Rollon, ser Duque del ducado de Normandía a cambio de suspender sus invasiones.

Con el tiempo, Rollon se hizo cristiano, se bautizó y tomó el nombre de Robert y fué el inicio de un cambio notable de los vikingos que de piratas se convirtieron en una flota más de las rutas marinas del comercio de la época.  Este nuevo espíritu los llevó inclusive hasta la actual Groenlandia no habiendo dudas que esos nórdicos llegaron al nuevo continente antes de Colón y Vespucio, pero no eran conquistadores para quedarse, sino aventureros de los mares.

Sin embargo, los normandos descendientes de los vikingos fundaron un reino en Sicilia, Italia y llegaron a influir con sus incursiones en el Califato de Córdoba en España y hasta en el imperio bizantino de Constantinopla (hoy Estambul).

A través de los ríos, los vikingos penetraron en el mar Báltico y en Rusia. El final del período vikingo coincide con la caída del rey Harald el Despiadado que murió en la batalla del puente Stamford en el año 1066, aunque los historiadores daneses extienden ese período vikingo hasta el 1085 con el final del reinado de Canuto IV de Dinamarca.

Para otros historiadores y sobre todo arqueólogos ayudados por la tecnología reinante, la era vikinga toca a su fin con la conversión de Suecia al cristianismo en el año 1100, mostrando así como Escandinavia se iba integrando en la cultura europea cristiana. No por nada en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el único retrato que hay, que no sea de un santo o santa, es el de la reina Cristina de Suecia que parece estar mirando La Piedad de Miguel Ángel.  Cristina moriría en un convento en Roma después de haber abdicado al trono.

Ahora, después de recorrer Suecia, Noruega y Dinamarca como lo hemos hecho con un grupo en mayo cuando también visitamos Rusia y Finlandia, uno no puede dejar de preguntarse: ¿y cómo de estos bárbaros vikingos de hace más de mil años, pudieron hacer florecer una civilización, una cultura que hoy asombra al mundo desde el humanismo a la educación?  ¿Cómo es que ahora Noruega haya sido declarado el país más feliz del mundo? ¡Y no cabe duda, se vé en el rostro de la gente!

Turismo

Sucedió en Dakar

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Amanecía cuando la nave de bandera italiana Conte Biancamano entraba en el puerto de Dakar, Senegal, en el noroeste del continente africano.

Unos 500 pasajeros bajamos a tierra por el día. Caminando, en media hora estaba en el trajín de la ciudad.  Tráfico con muchos vehículos pintados con colores vivos, verdes y amarillos. Comercio desde los estantes con frutas en las calles hasta las vitrinas con maniquíes de mujeres europeas, pocas afroamericanas a pesar de que por las calles ellas transitaban con vestidos y turbantes regionales.

Muchos cafés con sus mesas redondas en las veredas donde los hombres de toda edad charlaban o fumaban sus pipas.

En uno de ellos, si se entraba, había que bajar una escala caracol de metal. A mitad de ella era fácil oler algo como un tabaco o un incienso, pero no droga. Una nube de humo amarillento cubría las cabezas de los comensales, pero no era ese humo asfixiante que se sentía al entrar a un casino en Macao frente al mar de la China.

Nunca hay que quejarse, cada cultura tiene su historia. Viajando se aprende. Es torpe pretender que todos los pueblos del planeta sean como donde hemos nacido y crecido.  Sería un bosque muy aburrido sin variedad de colores.

Las horas pasan más rápido cuando se descubre un mundo desconocido. A lo lejos, el barco ya estaba iluminado señalando que estaba llegando la hora de partir hacia Barcelona, y también, que nos esperaba la cena.

El cielo empezó a tener un color rojizo a la puesta del sol. Este espectáculo es más esplendoroso en África, especialmente en las llanuras donde se hacen los safaris, sin embargo, quien haya estado alguna vez en el puente de los pescadores sobre el Bósforo en Estambul, Turquía, donde se separa Europa del Asia, puede apostar sin perder que allí está el mejor escenario para contemplar al astro sol en toda su dimensión y color, enrojeciendo las cúpulas y minaretes de las mezquitas.

Fué una puesta del sol sobre el Bósforo lo que hizo que una turista italiana que buscaba su paz, decidiera quedarse el resto de su vida en esa bella ciudad turca, renunciando a volver a Roma donde en la terraza de su palacio, junto a una hermana, ofrecían frecuentes “cocktails” sociales.  Esta historia produjo un libro para una emocionante película y entender qué vale más en la vida.

De regreso al barco, iba a subir al puente que se apoyaba en el muelle, cuando un niño blanco y cabellera rubia de unos 10 a 12 años me habló y casi me agarró el pantalón.  Me giré y le pregunté qué quería. Lléveme con usted, me contestó en francés.

¿Llevarte?... ¿y por qué? Porque no quiero estar con la familia africana que me recogió. Mi papá murió en la guerra (Segunda guerra mundial) y mamá poco después, ellos eran franceses y quiero ir a Francia donde debo tener abuelos”.  “Aquí estoy solo”.

El rostro del niño era de súplica. De vez en cuando se secaba los ojos. No me atreví a decirle que no podía hacerlo. Pero en ese momento volvía al barco el Capellán y aproveché de preguntarle qué se podía hacer con el niño. El sacerdote italiano propuso hablar con el capitán. Uniformado de blanco con galones dorados en sus mangas y gorra, el capitán de unos 50 años nos creyó locos.  ¿Pero cómo se les ocurre subirlo a bordo?... ¿y si está fingiendo? ¿y si nos acusan de secuestro?

Tenía razón. Volví donde el niño que esperaba en el muelle. Al saber la respuesta del capitán, lloró.

Para distraerlo le pregunté por qué me había hablado a mi entre centenares de pasajeros que bajaron a conocer Dakar.  “Cuando usted bajó solo lo seguí para ver cómo era y me pareció una buena persona y que me podía ayudar”.

¿Cómo te llamas?... le alcancé a gritar desde la baranda del barco cuando empezaba a despegarse del muelle. Pierre, pude escuchar. Pero ese niño despidiéndose con una mano en alto, es una historia que no se puede olvidar.

 

 

Turismo

¡Un abrazo a mamá!

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Desde que en 1914 el presidente de los Estados Unidos de América, Woodrow Wilson declaró el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre, la conmemoración se ha internacionalizado aunque las fechas sean distintas en muchos países. La más llamativa, el Día de la Madre en Paraguay que se celebra el día de la Independencia Nacional por la Madre Patria.

 

Sin embargo, los orígenes del Día de la Madre se remontan a la antigua Grecia, antes de la era cristiana, cuando se rendía honores a Rea, la madre de los dioses Zeus, Poseidón y Hades.

 

El Imperio Romano adoptó esa fiesta de los griegos, pero para celebrar a Hilaria cada 15 de mayo en el templo de Cibeles, diosa que hoy, conduciendo un carro romano con caballos, está en el centro de Madrid en dirección a la Gran Vía y donde los aficionados al fútbol celebran las victorias importantes del Real Madrid y la Selección Nacional.

Para los católicos, el Día de la Madre es para honrar a la Virgen María madre de Jesús en el santoral de la Inmaculada Concepción el 8 de Diciembre.

 

Pero a la postre, la internacionalización del Día de la Madre, ha tomado un volumen según la fecha decretada por el presidente Wilson en 1914, cuando penetra en ella la comercialización en tarjetas y regalos a las “madrecitas”.

 

No obstante, fué la poetisa y activista estadounidense Julia Ward Howe quién en 1870 escribió la “Proclamación del Día de la Madre” con un apasionado llamado a la paz y el desarme como se haría hoy a 148 años de distancia.

 

Este es el árbol genealógico del “Día de la Madre” en Mayo donde la celebración pagana se hace en cierto modo religiosa y sin duda comercial.

 

Sin embargo, aún sin referirse sentimentalmente al Día de la Madre, sin expresar lo que realmente significa, se reconoce el rol de nuestras madres en la vida e historia humana, aunque sea con un mezquino Día una vez por año.

 

Es un día que en muchos casos toca la puerta de la reconciliación, suena una llamada lejana, revive un beso olvidado, un abrazo silencioso o aparece un ramo de flores para recordar a quién nos dió la vida, a quién durante nueve meses nos llevó en su seno como el nido entre las ramas de un árbol.

 

Nunca nadie podrá comprender y menos sentir el dolor de una madre al dar a luz, como tampoco su alegría al escuchar el primer grito de un hijo o hija que viene al mundo.

 

Como también, nunca nadie podrá comprender y menos sentir que haya madres que pueblan la tierra con hijos no deseados.

 

Cuenta la Biblia que una vez dos mujeres que se disputaban la maternidad de un recién nacido, fueron llevadas ante el rey Salomón para que, como juez, determinara quién era la verdadera madre.

 

Salomón, puso a prueba a ambas mujeres ordenando que se repartiera la criatura en dos mitades iguales. Pero una de ellas lloró y suplicó que no se dañara al bebé y prefería que se le entregara a la otra mujer.

 

Entonces Salomón detuvo la ejecución y le entregó el niño a esa mujer diciéndole: verdaderamente tú eres su madre.

 

¡Feliz Día de la Madre para todas donde quiera estén!