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Tatuajes Sagrados, Mezcla De Tradición Y Superstición

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Los monjes budistas de los monasterios de la provincia tailandesa de Nakon Phatom son los guardianes de la milenaria tradición del tatuaje sagrado, al que le atribuyen poderes sobrenaturales que protegen el cuerpo de los peligros, y ahuyentan la mala suerte.

 

Cada año, muchos miles de asiáticos y occidentales visitan la localidad de Bang Phra, próxima a Bangkok, la capital de Tailandia, para que los expertos bonzos les tatúen, en alguna zona del cuerpo, dibujos de animales míticos, símbolos del sistema numerario astral o de la ancestral caligrafía Pali, que los monjes emplearon en la redacción de los antiguos salmos y textos budistas.

 

Antes de pasar al recinto religioso, los visitantes se paran en la entrada para comprar un collar de cuentas del que cuelgan una cabeza en miniatura de un tigre y una pequeña placa de metal con inscripciones, amuletos a los que atribuyen efectos protectores.

 

Siguiendo los procedimientos tradicionales, los monjes utilizan largas y finas agujas metálicas para insertar la tinta negra o de otros colores, bajo la piel de la persona que cree que estos tatuajes que lucían los antiguos guerreros siameses y jemeres en la batalla, le protegerán de accidentes o de cualquier daño físico, incluso de un tiro o de una puñalada.

 

Las agujas de aluminio, que los monjes manejan con delicadeza, son reemplazadas a menudo por otras que se
encuentran en una pequeña jarra con desinfectante, a fin de prevenir las infecciones.

 

Una vez terminada la obra y con la piel enrojecida, la persona recién adornada recibe una lección especial de los monjes acerca de cómo debe cuidar el “espíritu” del tatuaje, para que le proteja de los peligros y logre tener una personalidad dotada de las características del animal que se ha hecho tatuar.

 

Los hombres, la mayoría descamisados y algo aturdidos, abandonan el monasterio exhibiendo con orgullo tatuajes que representan indescifrables símbolos religiosos, deidades hindúes como Ganesh el elefante, o Hanunan el mono, así como leones, tigres, cerdos, ranas,
serpientes, tortugas, dragones y pájaros multicolores.

 

Algunas personas lucen al salir uno o dos tatuajes, otras en cambio, exhiben sobre el cuerpo mucha más tinta que piel.

 

Pracha, funcionario de 47 años, ha venido desde Bangkok con sus dos hijos para que los monjes del monasterio de la localidad de Bang Phra les tatúen en la espalda las mismas inscripciones que él tiene, y que según afirma, salvaron su vida en un grave accidente de coche del que aún se ven señales en su frente.

 

“Fue el espíritu animal el que evitó que muriera”, dice el padre de los dos jóvenes, mientras se levanta la camisa para mostrar el intrincado tatuaje que se hizo poco antes de ser llamado a filas.

 

Los dos jóvenes, con sus respectivos collares de amuletos colgados en torno al cuello y rostros en los que se refleja cierto miedo, se disputan ante su padre quien será el primero en ser tatuado por los monjes, que aguardan impacientes agujas en mano.

 

Anualmente cuando llega abril, miles de personas provenientes de casi todos los rincones de Tailandia, e incluso de otros países, se dan cita en el monasterio de Bang Phra con el fin de participar en el “wai kru”, la ceremonia de homenaje a los grandes maestros que llevaron a sus pupilos los conocimientos y técnicas que adquirieron sobre el tatuaje tras muchas décadas de práctica.

 

El actual gran maestro del templo es Luang Phor Ang, un anciano monje considerado el heredero del ex abad Luang Phorn Pern, quien ya antes de su fallecimiento, en 2002, era venerado por los devotos debido a las supuestas propiedades mágicas que tenían sus tatuajes, y aclamado mundialmente por los entusiastas de este arte decorativo.

 

Los monjes tatuadores de Bang Phra y otros monasterios reciben por su talento artístico, una remuneración que es casi simbólica.

 

En muchos casos, una ofrenda floral y unos cirios a Buda, un cesto de frutas frescas o un cartón de cigarrillos si el monje fuma, es suficiente para demostrar que se está agradecido y contento con el tatuaje.

 

En Tailandia el tatuaje va más allá de ser un modo de decorar el cuerpo, pero a su vez se ha convertido en un negocio, gracias al elevado número de turistas que además de un bronceado, se llevan de recuerdo el tatuaje que les ha hecho algún tatuador de entre los muchos que trabajan en las localidades turísticas, no pocas veces sin adoptar las medidas sanitarias para prevenir las infecciones.

 

Ha sido en Tailandia donde la actriz de Holywood, Angelina Jolie, aparentemente convencida del poder sobrenatural de los tatuajes tradicionales, se ha sometido en varias ocasiones a las agujas del tatuador Sompong Kamphani, para decorar su cuerpo con un Tigre de Bengala, situado en la parte baja de la espalda.

 

Las decoraciones del cuerpo con tatuajes es también en Tailandia un método para recordar a personas o algún suceso que no se quiere olvidar, como por ejemplo el tsaunami (ola gigante) que en diciembre de 2004 arrasó algunas áreas costeras del sudeste del país.

 

Muchos de los supervivientes tailandeses del tsunami que acabó con la vida de cerca de 5,400 personas, casi la mitad turistas que se encontraban de vacaciones, lucen algún tipo de tatuaje que les recuerda aquella catástrofe que cambio su vida.

 

Entre los supervivientes, hay quienes se han hecho tatuar intrincados diseños que incluyen el dibujo de una ola y la fecha en la que tuvo lugar, y aquellos que han optado por llevar inscrita la simple frase “Tsunami 2004”.

 

Además de crear un memorial viviente, los tatuajes están también ligados de otra forma a la catástrofe causada por el tsunami, pues algunas víctimas mortales, que la mayoría de los casos eran irreconocibles, fueron identificadas gracias a tatuajes.