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José Hierro Del Real, El Poeta Que Se Comprometió Con El Hombre

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Una de las voces más representativas y respetadas de las letras españolas de este siglo, con una personalidad tan rotunda como su amplia cabeza rapada, se apagó a los 80 años aquejado de la insuficiencia respiratoria crónica que padecía pero que nunca le privó de su compromiso con el hombre mismo.

 

Considerado junto a Blas de Otero, Gabriel Celaya y Eugenio de Nora una de las figuras más representativas de la poesía social de posguerra, el poeta José Hierro del Real, falleció como consecuencia de un agravamiento de afección respiratoria. Sin embargo, él siempre aseguró que no pretendía “ser social, ni lírico”, que sólo quería expresar “mis sentimientos” y, aún así, “sólo” había “aportado a la poesía un acento personal”.

 

Crítico de arte y académico, desde el año 1999, de la Real Academia de la Lengua, institución en la que durante años se resistió a ingresar porque no se consideraba digno de ella, Hierro nació en Madrid, el 3 de abril de 1922. Estaba casado con Maria Ángeles Torres, con la que tuvo cuatro hijos.

 

Aunque madrileño de nacimiento, su vida estaba fuertemente vinculada a Cantabria, ya que su familia se trasladó a Santander cuando José Hierro era aún un niño y allí, cursó los estudios elementales y la carrera de perito industrial, que tuvo que interrumpir en 1936. También fue en tierras cántabras donde el poeta adquirió la mayor parte de su formación intelectual y donde comenzó a escribir a la edad de 14 años. 

 

Afiliado a la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, su primer poema “Una bala le ha matado” apareció publicado en 1937.

 

Al finalizar la guerra civil fue detenido y procesado por “auxilio y adhesión a la rebelión”. José Hierro permaneció en la cárcel hasta 1944 y allí empezó a practicar de forma sistemática la literatura, apareciendo ya en sus primeros escritos diversos hechos vividos durante la contienda, como la muerte de su padre, la interrupción de sus estudios y el descubrimiento de la Generación del 27 a través de la antología de Gerardo Diego, a quien considera su “padre espiritual”.

 

Cuando salió de prisión, José Hierro se trasladó, con José Luis Hidalgo a Valencia, según sus palabras a “sobrevivir”. Allí se dedicó a escribir, inventó dioses para un diccionario mitológico, y junto a Hidalgo participó en la fundación de la revista “Corcel”.

 

Volvió a Santander y durante esa época (años cuarenta) se empleó “para ir tirando” en diversos oficios. Trabajó como metalúrgico y en la revista que por entonces publica la Cámara de Comercio, donde José Hierro escribió sobre economía y sobre los hombres ilustres de la industria cántabra.

 

En 1946 se relaciona con el renovador grupo “Proel”, editor de la revista poética del mismo nombre y en la que Hierro publicó en 1947, su primer libro de poemas “Tierra sin nosotros”, ese mismo año pasó al primer plano de la actualidad literaria al obtener el Premio Adonáis de poesía por su obra “Alegría”.

 

Cuatro años más tarde, el también llamado poeta cántabro escribe “Con las piedras, con el viento” y tres años después obtuvo el Premio Nacional de Poesía por “Quinta del 42”. Para el poeta, “la de los que llevaban sobre sus hombros la pesadumbre de la guerra”. También en 1953 apareció “Antología poética”, una amplia selección de su obra lírica.

 

En esa época había fijado ya su residencia en la capital de España. A Madrid se trasladó en 1952, donde comenzó a trabajar en Radio Nacional de España, además de realizar crítica de arte y colaborar en revistas y periódicos.

 

Galardonado en 1981 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el espaldarazo definitivo le llegó el 31 de mayo de 1990, fecha en que le fue concedido el Premio Nacional de las Letras, en reconocimiento al conjunto de su obra.

 

Considerado poeta-puente entre la primera generación de postguerra y la siguiente o entre la generación del 27 y la poesía actual, su obra no es muy extensa, pero sí muy intensa, de verso desnudo y profundo.

 

Definido por Vicente Aleixandre como una persona de contrastes, se dedicó a la pintura como afición y a la poesía como vocación. Jubilado de Radio Nacional de España en abril de 1987, desde entonces, además de crear poesía, escribió colaboraciones, participó en actividades literarias, realizó crítica de arte, analizando la obra de artistas representativos tanto en el campo de la pintura como en el de la escultura y formó parte de numerosos jurados literarios.

 

Ha editado volúmenes para bibliófilos, y en su bibliografía poética destaca además el libro de prosa “Quince días de vacaciones”. Asimismo, entre las recopilaciones figuran: “Antología poética”, “Poesías completas y escogidas”, etc.

 

Galardonado en 1995 con el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, ese año también fue investido doctor “honoris causa” por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander en “atención a sus méritos como poeta y escritor”.

 

Pero las distinciones y reconocimientos se suceden. El 9 de diciembre de 1998 fue galardonado con el Premio de
Literatura Miguel de Cervantes “por ser un poeta excepcional cuya carrera ha sido tenaz, exigente y honrada” y “porque sus versos forman parte de la poesía universal”.

 

Propuesto el 26 de octubre de 1999 candidato al Premio Nobel de Literatura, ese año amplió la lista de reconocimientos al ser galardonado el 18 de octubre con el Premio Nacional de Poesía por “Cuaderno de Nueva York”, obra compuesta por 32 poemas y considerada por la crítica una obra mayor de la poesía contemporánea.

 

En abril de 2002, con motivo de su 80 cumpleaños, “un número redondo” según sus palabras, comentó que su mayor ocupación era preparar el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua que, por sus dolencias, ha ido retrasando.

 

Desde que se le diagnosticó una bronquitis crónica algunos años antes de su fallecimiento, el poeta había sufrido varias recaídas que le obligaron a estar internado.

 

Durante los últimos meses de su vida José Hierro, que ya se hallaba seriamente perjudicado por su precaria salud, asistió en la Fundación Gala de Córdoba, el 7 de diciembre de 2002. Allí y ante el numeroso público que asistió a escuchar al poeta, afirmó que “la poesía no puede morir”, para concluir que ésta interesa más de lo que los propios poetas creen.

En su caso, la frase no puede ser más acertada, pues su poesía no sólo ha erigido a José Hierro como uno de los excelsos poetas españoles, sino que perdurará como de una de las grandes obras de la literatura.

 

El poeta José Hierro, perteneciente a la llamada primera generación de la posguerra dentro de la llamada poesía desarraigada, falleció el 21 de diciembre de 2002 a los 80 años de edad en Madrid. Sus cenizas se honran en el Pabellón de Santanderinos Ilustres situado en la entrada del Cementerio de Ciriego de la capital cántabra desde el 28 de marzo de 2003.

 

 

 

Los claustros

 

No, si yo no digo

que no estén bien en donde están:

más aseados y atendidos

que en el lugar en que nacieron,

donde vivieron tantos siglos.

Allí el tiempo los devoraba.

 

El sol, la lluvia, el viento, el hielo,

los hombres iban desgarrándoles

la piel, los músculos de piedra

y ofrendaban el esqueleto

―fustes, dovelas, capiteles―

al aire azul de la mañana.

Atormentados por los cardos,

heridos por las lagartijas,

cegados por los estorninos,

por las ovejas y las cabras

 

No, si yo no digo

que no estén mejor donde están

―en estos refugios asépticos―

que en las tabernas de sus pueblos,

ennegrecidos los pulmones

por el tabaco, suicidándose

con el porrón de vino tinto,

o con la copa de aguardiente,

oyendo coplas indecentes

en el tiempo de la vendimia,

rezando cuando la campana

tocaba a muerto.

 

No, si yo

no diré nunca que no estén

mucho mejor en donde están

que en donde estaban...

¡Estos claustros...!

¡Estos claustros...!