Turismo

¡Vamos Al Molino Rojo! (Moulin Rouge!)

Esa noche en París subimos al Metro en la estación de la plaza de la Concordia cerca del Museo del Louvre y salimos en el Boulevard de Clichy en la plaza Pigalle, tradicionalmente un barrio bohemio y de pintores, ubicado a los pies de la colina de Montmartre donde en los bares se encontraban los escritores.

Nuestro objetivo era entrar al Molino Rojo (Moulin Rouge en francés) para ver el turístico espectáculo del Can-Can.

Este emblemático lugar nació como cabaret en 1889 durante lo que se conoce como la Belle Epoque, pero hoy es un teatro pequeño donde hay mesas para cenar y un espacio atrás para sentarse en pisos y beber champaña. Es lo opuesto a todo lo que hay en Las Vegas o Nueva York, donde la multitud, el ruido y el juego de luces es parte del espectáculo. 

A lo largo de más de 129 años y sobreviviendo a dos guerras mundiales, han desfilado por su escenario artistas de la talla de Ives Montand, Charles Aznavour, Mistiguett, Frank Sinatra, Liza Minnelli y Dean Martin, entre otros.

Siempre me ha gustado la salida del Metro en Pigalle, donde el nombre de la estación está escrito en fierro color verde con letras adornadas con flores bajo las ramas de los árboles y junto al más clásico farol parisién. 

Saliendo, al frente, ya se ven las 4 astas del Moulin Rouge que no es obra de los franceses, sino del español Josep Oller que ya era propietario también del famoso Olympia, otra localidad de espectáculos donde debutó Edith Piaff.

La atracción del Can-Can en París es como la del Flamenco en Granada o el Vals en Viena. Y algo curioso del arte y de la música: así como el Tango nació en los malecones del puerto de Buenos Aires, Argentina y se bailaba sólo entre hombres, el Can-Can tuvo su origen en los salones de baile de la clase trabajadora del barrio parisino de Montparnasse alrededor de 1830. Y era mixto.

Y así como el Tango es adoptado por la alta clase social bonaerense después que se sabe que ha triunfado en París, el Can-Can, como es hoy, cambió después que hizo furor en Londres y Nueva York y para atraer a los turistas. 

Pero lo esencial quedó, se excluyó a los hombres y las bailarinas tenían que levantar sus piernas para mostrar los encajes de sus prendas interiores.

Las medias negras y los tirantes en sus medias más la coquetería personal, combinaban la música y la sensualidad. No por nada la palabra Can-Can significa “escándalo”.

En esa época, 1840, se bailaba lo que se llamaba el “galope”, piernas en alto y brazos abiertos. La extraña melodía, sin embargo, la adoptó el compositor clásico Jacques Offenbach para su obra “Orfeo en los Infiernos” que la he puesto a veces en mi programa radial de los sábados a las 11 en la 1010 sobre los viajes del año. 

Esa noche en París, parte de un grupo conmigo, salimos del Metro, atravesamos la calle y entramos al Molino Rojo. Desde la entrada era todo fascinante. Fascinante porque todo lo que es diferente es un descubrimiento. Quizás el vestir de la gente, la diversidad de lenguas, el pensar cómo será. 

Ocupamos el espacio de los pisos con sus mesas y el champaña para ver mejor. Sólo el ambiente ya valía la pena haber ido. Entre aplausos y gritos llegó el momento esperado. En el escenario en frente de nosotros se abrió una cortina roja con bordes dorados. Por el murmullo de voces, no se podía escuchar al maestro de ceremonias que anunciaba el programa, hasta que muy gentilmente y casi cómicamente pidió calma en cinco lenguas.

 

El espectáculo abarcó el canto, el baile, el teatro, la comicidad, muchos artistas y música internacional, pero todos esperábamos el Can-Can. 

El redoble de tambores y ocho mujeres vestidas iguales despertaron nuestra emoción cuando empezaron su atrevido baile alzando sus faldas y levantando rítmicamente sus largas piernas muy alto luciendo su diminuta y colorida ropa interior que para hace 180 años debió haber sido un escándalo, un Can-Can. Aunque ahora todavía dure la coquetería.

Todo el público salió feliz del Molino Rojo, cuyas astas seguían girando al empezar la madrugada y como el Hotel no estaba tan lejos, decidimos regresar a pie. Algunas damas antes “conservadoras” se fueron cantando por el medio de la calle sin tráfico. Los faroles las miraban como diciendo: “este ejército de mujeres, están allí para bailar este divino alboroto parisino, como su reputación lo exige”...