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Te Pego, Pero Te Quiero”, El Drama De La Violencia Doméstica

Lourdes dormía con las tijeras debajo de la almohada. Por el día, cuando su marido le golpeaba, la suegra de Lourdes cerraba las ventanas para que el vecindario no oyera los gritos. Después de los golpes -generalmente en la cabeza- y las palizas, él le pedía perdón y lloraba. Juraba que no volvería a hacerlo, que la amaba. 

Él mismo salía a comprar las cremas adecuadas para bajar la hinchazón y disimular las marcas de los golpes. Su relación sexual era frustrante. El jamás mostraba un gesto de ternura ni de cariño.  

Cuando Lourdes quedó embarazada de su primera niña, lloraba todos los días.

Lloraba y lloraba, sin fuerzas para encontrar una salida, privada de la energía necesaria para luchar por su propia felicidad. Llegó a pensar en acabar de una vez con todo, en suicidarse.

El espíritu alegre de Lourdes se había apagado. Sin capacidad de reaccionar, se fue aislando, quedando sola. Se volvió introvertida. 

Decidió callar: ¿cómo explicar a su grupo familiar la vida de abusos y humillaciones que llevaba? No. No quería involucrar a su familia. Nadie sabría que él acababa de darle una paliza por el simple hecho de llegar tarde a casa después de una vigilia religiosa.

Una noche, su marido, en un ataque de ira, descontento con la cena que Lourdes había preparado, comenzó a tirar los platos de la mesa y a golpearla de nuevo.

 La presión había llegado a su límite.

Al día siguiente, Lourdes se dirigió a una central de policía de San Francisco y puso una denuncia contra su marido, acusándolo de violencia doméstica.

Por primera vez, se atrevió a decirle que se alejara de ella. Lourdes estaba decidida a emprender una nueva vida, lejos de él, después de 10 años de humillaciones, terror y sufrimiento 

Pero él se negaba a aceptarlo. En la misma sala de espera de la corte judicial intentó intimidarla con amenazas de muerte. 

A pesar de la "orden de restricción" -que prohíbe al agresor acercarse a la víctima -, muy pronto averiguó el nuevo domicilio de Lourdes y la dirección de su reciente lugar de trabajo.

La acechaba. La perseguía y espiaba ayudado de amigos hampones. Las llamadas amenazantes de teléfono dieron paso al acoso.

Finalmente, la policía lo detuvo; esta vez bajo el cargo de "acoso". Él, actualmente, está detrás de las rejas.

Pronto tendrá lugar un nuevo juicio, aunque el agresor podría quedar antes en libertad si deposita la fianza de 10,000 dólares que el juez le impuso.

¿Qué pasará cuando salga de la cárcel? Lourdes, todavía, no sabe. Ni siquiera sabe quién es su marido:  "Si es un demonio, un drogadicto o un loco".  Lo que si sabe es "hasta dónde es capaz de llegar".

En Estados Unidos de América, la violencia doméstica contra la mujer -el 95% de las víctimas son mujeres- es la causa de una tercera parte de las visitas a las salas de urgencia de los hospitales.

Un estudio elaborado por E. Stark reveló que el 21% de las mujeres embarazadas habían sufrido algún tipo de abuso por parte de su pareja.

Cada año, cerca de cuatro millones de mujeres son maltratadas, atacadas y abusadas por sus esposos o parejas en Estados Unidos de América. 

Estudios en realizados en comunidades de toda la unión americana señalan que entre un 25 y un 50% de las mujeres con relaciones sentimentales sufrirá abuso físico de su pareja, una vez por lo menos. 

No obstante, cada vez es mayor el número de mujeres hispanas que, como Lourdes, deciden superar el miedo, la resignación y reivindicar ante sí mismas su propia condición de personas. 

Para Gena Castro Rodríguez, Jefa de la División de Servicios a las Víctimas en San Francisco, asegura que la ciudad cuenta con un experimentado programa de lucha contra la violencia doméstica, " las mujeres pasan (todavía) demasiados años de abuso hasta que deciden tomar acción. Hay casos de mujeres que han pasado 18 años o más". 

Una de las posibles causas de esta indecisión a la hora de buscar protección y ayuda es que "las mujeres latinas abusadas tienen miedo de ser deportadas o perder a los niños. Además, desconocen sus derechos y están menos informadas (que las angloamericanas)", dijo Castro Rodríguez.

Y añadió que muchas de las latinas "dependen económicamente del abusador y no se atreven a divorciarse. Son mujeres atrapadas en una espiral de amenazas, palizas, vejaciones, terrorismo sicológico, chantaje, violaciones”. 

Son miles de latinas que tienen un denominador común: el miedo. Miedo a ser deportadas, miedo a la policía. Miedo a llamar a un servicio de ayuda en donde la recepcionista sólo habla inglés. 

"El idioma es una barrera. Ellas no saben muy bien dónde encontrar ayuda. La mayoría de los servicios de ayuda contestan las llamadas en inglés. Esto las atemoriza", agregó Castro Rodríguez, que trabaja de la mano con la Unidad contra violencia doméstica de la oficina del fiscal del distrito de San Francisco.

Solo en California, el informe del año fiscal 2017-2018 registró 24,630 denuncias de violencia doméstica recogidas en los diferentes distritos de policía. 

La violencia doméstica con frecuencia es un puente a cometer crímenes más graves, por tal motivo en San Francisco existe un programa que ayuda a víctimas y previene los homicidios por violencia doméstica, que funciona gracias a una donación de $750,000, recientemente otorgada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos de América.

La donación incluye $356,292 en fondos para la Oficina del Fiscal del Distrito, $152,443 para el Departamento de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, $96,000 para La Casa de las Madres, $27,000 para el Departamento de Policía de San Francisco. 

"La salud, el bienestar y la seguridad de la comunidad es una prioridad para nuestra oficina y este financiamiento permitirá que más personas puedan recuperarse después de sufrir maltrato por violencia doméstica", finalizó, Castro Rodríguez.

Unas veces poco a poco, como Lourdes, otras de un único y brutal golpe, muchas hispanas víctimas de la violencia doméstica terminan por descubrir que la vida se les ha ido de las manos y que ya está bien de llorar.  

Quizás el secreto está en no resignarse. No sentirse nunca una víctima, no comportarse como una víctima. No dejarse vencer. Sólo las más valientes y decididas consiguen escapar, "romper el silencio". Reclamar y no claudicar ante sí mismas.