Interes, Turismo

Asís A Mitad De Camino

Empezando por Belén, muchos pueblitos de la tierra hoy serían desconocidos en vez de metas turísticas de no haber sido porque nació en ellos alguien que cambió la historia en el mundo. El pueblo de Asís es uno de ellos. Situado en la Provincia de Perusa, región Umbra en Italia, a mitad de camino entre Florencia y Roma, este lugar medieval vive gracias al que llaman el más santo de los italianos y más italiano de los santos: San Francisco de Asís.

Asís es un pueblo de piedra encaramado en un monte impregnado del espíritu de Francisco y quizás por eso, no hay otro lugar en que se respire más paz. Varios historiadores dicen que el nombre de Asís viene del latin Asisium o del italiano Assisi.

Al nacer en 1182, el hijo de Pietro Bernardone, un rico comerciante en sedas francés, fue bautizado como Giovanni, pero cuando fué hecho prisionero en el tiempo de las cruzadas y conoció la miseria humana en la cárcel, renunció a cuánto tenía y adoptó lo que llamaría la hermana pobreza.                                                      

Desde el 3 de octubre de 1226, día en que falleció a los 44 años dejando fundada la Orden Franciscana, no ha cesado el peregrinaje a su pueblo y desde que se construyó la Basílica que lleva su nombre, los turistas bajan hasta su tumba de piedra que conserva sus restos mortales.

Típicamente gótica italiana, en la Basílica han vaciado sus artes muchos genios desde los siglos XIII Y XIV, entre ellos, el más famoso, Ghiotto cuyo colorido y simbolismo no tiene paralelo.

Sin embargo, la mayor parte de los turistas se pierden de ver lo más importante que hay en la Basílica, que es el sayal que vestía Francisco y se haya en una capilla con las reliquias del santo. 

En una de las tantas veces que hemos viajado a Asís, el grupo se había dispersado porque hay tanto que ver, como la iglesita de San Damián donde Francisco recibió el mensaje divino de reconstruir su Iglesia, aunque la cruz que le habló se encuentre ahora en la iglesia de Santa Clara, la amiga de juventud de Giovanni di Pietro, que también abrazó la vida religiosa junto al grupo de amigos que dió vida a la comunidad fundada por Francisco y que se la aprobó el Papa Honorio III tres años antes de su muerte. 

Durante el paseo, en una vitrina de antigüedades, vi una pintura de San Francisco sobre un trozo de madera. Un Francisco diferente. Un ser humano que parecía se elevaba de la tierra con un rostro de paz infinita. Supuse que su precio sería impagable para mí y entonces apuré el paso para encontrarme con el grupo y subir al autobús para regresar a Roma.

Ya estaba sentado en el autobús y éste empezaba a salir de la ciudad, cuando pensé que quizás nunca más volvería a ver esa pintura y que por algo apareció en mi camino. Sentí la necesidad de volver a verla y quizás tener la forma de comprarla. Le pregunté al conductor si tenía tiempo para regresar y bajarme. Me contestó que sí. Y ni la lluvia que empezó a caer detuvo mi carrera cuesta arriba para llegar a la tienda donde estaba el trozo de madera pintado. 

El dueño me pasó un paño para secarme y me preguntó qué deseaba. De inmediato, exigido por el poco tiempo para volver al autobús, le pregunté cuánto costaba “ese San Francisco”.

Como buen vendedor, empezó por decirme que era pieza única de autor desconocido.  Pero al verme tan interesado, me preguntó de dónde venía. De San Francisco, California, le respondí.

El hombre de unos 50 años se puso a reír y me dijo: yo tengo un hermano que vive allá muchos años... Me costó interrumpirle su historia. Pero el tiempo corría y le pedí saber el precio de esa pintura que tenía en la vitrina.

Me sorprendió su respuesta y su gentileza. Deme lo que pueda y es suya, me dijo. Me ha pagado con saber que usted viene de donde vive mi hermano y saber cómo es la ciudad que tiene el nombre de San Francisco.

Desde entonces, cada vez que con mi llave abro la puerta donde vivo, lo primero que veo en la pared es el trozo de madera con Francisco y el sayal a girones, los pies desnudos y el rostro en éxtasis.