Turismo

¡No Siempre Es Igual!

Es normal recordar la noche de Año Nuevo dónde y con quién estuvimos la última vez. Y no siempre es igual. Pero ninguna se olvida.

Desde que era adolescente, empezé una extraña costumbre: cuando todos gritaban las 12, las 12 y todos se abrazaban y se brindaba con champaña, yo salía a la calle con 2 copas para beberlas con la primera persona desconocida que encontrara sola. Por lo general, esa persona sola era un policía cumpliendo su turno o un hombre o mujer que volvía del trabajo.

El encuentro y el salud era breve, pero yo volvía a casa caminando donde todos bailaban y reían y me incorporaba a la comparsa. ¿Dónde estabas?....me preguntaba alguno y yo callaba porque si decía en la calle y por qué, creerían que era broma. Y yo sentía que había estado con el universo, con alguien que lo necesitaba.

Pero una noche de año nuevo no me moví de mi asiento en casa en medio del bullicio de la familia. Y mi mamá que estaba sentada en frente mío me preguntó sonriente: ¿y no vas a salir con las 2 copas como siempre?....No podía, porque al mirarla ví que sería su último año nuevo, Y al verme algunas lágrimas me dijo:  ¿por qué lloras?....Porque voy a empezar a viajar toda mi vida, le inventé como respuesta. Y con el tiempo todo resultó verdad.

Precisamente con el tiempo y mientras mi carrera me había llevado a vivir en Roma, Italia, y llega el invierno y las mujeres del campo aparecen en las calles vendiendo castañas calientes y los “zampoñanos” con sus flautas para recordar la Navidad, algunos amigos del club de fútbol de la Universidad Católica de Santiago de Chile que habían ganado un torneo en Yacarta, Indonesia, me llamaron por teléfono para preguntarme si quería agregarme a cuatro de ellos que iban a pasar año nuevo en París. 

Al contestar conforme, arrendamos un automóvil en Turín (Italia) y fuimos subiendo hacia el norte europeo pasando por las ciudades nevadas de Austria y Suiza.

Cada uno de los 5 tenía un rol que cumplir: 2 manejarían, 1 se ocuparía de las cuentas, otro de encontrar los hoteles y yo de ser co-piloto para saber por dónde viajar y cómo entrar a las ciudades.

Era de noche cuando nos acercábamos a París; con el mapa en mis rodillas, honestamente no sabía qué autopista escoger y los carteles verdes de las carreteras poco me ayudaban porque algunos ya estaban cubiertos de nieve.

Algún ángel me habrá ayudado porque hasta me felicitaron por haber entrado a la capital francesa por donde tenía que ser.

El último día del año decidimos ir a un show en una sala de espectáculos en los Campos Elíseos. La avenida más amplia y famosa del mundo tenía todos sus árboles iluminados y colgaban estrellas de lado a lado de las calzadas. 

Miles de automóviles subían y bajaban entre el Arco del Triunfo con la bandera francesa en medio y la plaza de la Concordia. Los policías vestidos de azul bajaban sus cabezas hasta las ventanillas de los conductores o conductoras no para escribir una multa, sino para recibir un beso de las damas al volante.

En ese ambiente era fácil contagiarse y por eso nadie me movió cuando en plena avenida me saqué la chaqueta y de rodillas me puse a torear a los coches y todos gritaban olé. 

Pero en París no es “Noche de Año Nuevo” si a las 12 no se vá a beber champaña a los puentes más famosos de la ciudad. En la plaza de la Bastilla, donde debutó la guillotina durante la Revolución Francesa, se baila toda la noche. Y la torre Eiffel, como un faro, esparce rayos de luces haciendo ver la vida color de rosa. 

En la mañana del primero de enero, con el grupo de amigos decidimos ir a la ciudad de Le Havre, situada en la orilla derecha del estuario del río Sena a orillas del Canal de La Mancha. En el camino, uno de los nuestros se sintió repentinamente mal. Nos detuvimos en el primer Hospital en la carretera. El diagnóstico fué peritonitis. Había que intervenir quirúrgicamente. Decidí quedarme con él para acompañarle y porque era amigo de su familia a la cual la informé a la distancia. 

Se hizo noche. Por los pasillos del Hospital no circulaba nadie. Dos monjas aparecieron y me pidieron ayuda para calmar a un paciente agresivo porque hasta los enfermeros tenían libre para celebrar el día de Año Nuevo con sus familias. 

En algún momento tuve la curiosidad de conocer cómo era una sala común de enfermos. Habría 30 camas en dos filas. Semi-oscuridad y soledad total. De vez en cuando algún quejido de dolor. Para esa gente también era noche del primer día del año nuevo. 

Fui de cama en cama recogiendo historias muy bonitas. Era como si escogieran los mejores recuerdos. Ninguna queja o amargura, nada contra nadie. Al escuchar sus historias y al apretar sus manos, sonreían.

Fué una noche hermosa, inesperada. Una noche para no olvidar cada vez que en el calendario de la vida el reloj dé las 12 a medianoche y empiece con amor y fé un nuevo ciclo. ¡Feliz Año Nuevo!