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Burán, El Transbordador Soviético Que No Pudo Ser

En un gigantesco hangar perdido en medio de la inhóspita estepa kazaja se encuentra un polvoriento transbordador espacial soviético, el Burán, construido para competir de igual a igual con los Shuttle norteamericanos durante la “Guerra de las Galaxias” a finales del siglo XX, pero ahora abandonado a su suerte. 

En los años 70, en plena Guerra Fría, la Unión Soviética no podía permitir que Estados Unidos de América le llevara la delantera en la carrera por la militarización del espacio exterior. Por eso, invirtió gigantes cantidades de dinero en construir una flotilla de transbordadores similares al Columbia norteamericano. No obstante, las cosas se torcieron.

El lanzamiento del Burán (que significa Tormenta de nieve) debía abrir una nueva fase en la carrera espacial, pero, en realidad, fue el último intento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de mantener el ritmo marcado por Estados Unidos de América en la conquista del espacio exterior.

El “chelnok” (transbordador en ruso) dio dos vueltas (205 minutos) alrededor de nuestro planeta el 15 de noviembre de 1988 y su sucesor, el Buria, ni siquiera llegó a despegar. 

Poco después la Unión Soviética se desintegró y el Kremlin dio carpetazo al programa espacial en 1993. El Burán, símbolo de la grandeza y del ocaso del proyecto comunista, tampoco corrió mejor suerte que la URSS y en 2002 fue destruido al desplomarse el techo de la nave industrial en la que se encontraba en el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán 

“Fue la carrera espacial perdida”, así comenta a sus 78 años, el cosmonauta y piloto de pruebas Ígor Volk, que recuerda sin nostalgia que él debería haber protagonizado el segundo vuelo a bordo de la réplica del transbordador espacial, el Buria (tormenta), que estaba preparado en un 97 por ciento.  

Al contrario de lo que se cree comúnmente, niega que el motivo del fracaso de los transbordadores soviéticos fuera la falta de dinero o la disolución de la Unión Soviética en 1991.

“Cometimos muchos errores durante la primera fase de toma de decisiones. Para empezar, optamos por un sistema de mando totalmente automático. Eso nos hizo perder muchos años. Por eso nunca hubo un segundo vuelo. Si nos hubieran hecho caso, hubiésemos volado incluso antes que los americanos. Pero no ocurrió y perdimos la carrera espacial con Estados Unidos de América “, admite durante una entrevista en su domicilio moscovita.

Otro tropiezo fue el atraso tecnológico, ya que la Unión Soviética sólo disponía de sistemas de mando análogos y no digitales. Es decir, al transbordador le faltaba memoria operativa. Además, los Shuttle norteamericanos eran lanzados con un acelerador a base de pólvora, mientras los rusos necesitan los cohetes más poderosos del mundo, que fueron fabricados por la corporación Energuia, pero que eran mucho más costosos. 

“No le podemos echar la culpa a los americanos o a los europeos. La realidad es que no estábamos preparados para un segundo vuelo, ya con pilotos al mando del Burán”, asegura Volk, quien, pese a disciplina militar que regía las relaciones en la industria espacial soviético, no se guardó los comentarios e, igual que en su momento introdujo numerosas mejoras en el funcionamiento del transbordador, denunció a los cuatro vientos los errores técnicos cometidos en el diseño de la nave.

Recuerda cómo le invitaron a una recepción en el Kremlin y cuando el entonces líder soviético, Mijaíl Gorbachov, le preguntó qué pensaba del Burán, le expresó abiertamente su desacuerdo con la marcha del proyecto.  

“No se oía ni el vuelo de una mosca”, recuerda entre risas.

El caso es que poco después el proyecto fue cerrado, decisión que Volk considera acertada, ya que había que desarrollar otros proyectos mucho más interesantes.

Mientras los Shuttle siguieron volando hasta 2011, Rusia apostó por seguir desarrollando los modelos de navse espaciales tripulable Soyuz y cooperar con Occidente en la construcción de la Estación Espacial Internacional. 

“El Burán fue uno de los mayores logros de la Unión Soviética en la historia de la conquista del espacio”, opina Vadim Lukashévich, ingeniero aeronáutico y un gran conocedor de la historia del Burán.

Recuerda que los transbordadores soviéticos fueron diseñados con fines exclusivamente militares, lo que a la postre los convertiría en obsoletos.

El Kremlin sospechaba que con los Shuttle el Pentágono quería crear un sistema espacial universal con el que dominaría todo el planeta desde el espacio exterior. Es decir, una vez puesto en marcha ese programa de militarización del cosmos, podría clamar victoria en la “Guerra de las Galaxias”.

“Bajo mi punto de vista, el Burán era técnicamente más avanzado que el transbordador espacial Columbia. Fue un gran éxito de la ingeniería soviética. Además, ofrecía muchas más posibilidades que el Discovery. En el Burán trabajó todo el país. Corporaciones de todas las antiguas repúblicas soviéticas. Fue el momento cumbre de la Unión Soviética antes de su desaparición. El problema es que cambió la doctrina militar. Los militares no lo querían y el Burán ya no pintaba nada. El presupuesto se redujo y ese fue el principio del fin para el Burán. Es una pena, ya que es mucho más rentable que las actuales naves tripuladas”, señala.

Aparte de los errores técnicos y los problemas con el combustible, cree que el tiempo fue un factor fundamental, ya que el presidente de los Estados Unidos de América, Richard Nixon, aprobó el proyecto en 1972 y el Kremlin tardó cuatro en años en seguir su estela (1976).

 “Empezamos muy tarde. Debíamos haber volado a principios de los 80, como los americanos, y no en 1988. Ya era tarde. A partir de ahí ya no había dinero. No pudimos salvar la MIR. Y los americanos nos ayudaron a construir la Estación Espacial Internacional”.

Con respecto al futuro, no descarta un retorno a la era de los transbordadores -los Shuttle realizaron 135 misiones-, pero cree que no será en ningún caso Rusia la que reviva el proyecto Burán.

“Será Estados Unidos de América o los chinos. Nosotros estamos muy rezagados, no tenemos el potencial tecnológico y científico de antaño. Además, tampoco nos sobra el dinero”, señala.

Ahora, el Burán no es más que un recuerdo. Sus prototipos son piezas de museo que los interesados pueden visitar en el principal centro de exposiciones de Moscú o en el Museo Tecnológico Speyer (Alemania).  

Pero aún queda uno de los transbordadores originales, de nombre Buria, que se encuentra en unos abandonados hangares en la estepa kazaja.

Teóricamente, ese lugar no es de acceso público, pero no para Ralph Mirebs, como es conocido el bloguero ruso aficionado a fotografiar catástrofes tecnogénicas, es decir, causadas por el hombre

“Intenté solicitar autorización oficial, pero no hubo forma, así que fuimos por nuestra cuenta. Tuvimos que recorrer más de 40 kilómetros andando. Sólo podíamos andar de noche. Es un desierto. No hay apenas vida, sólo vimos algunos antílopes”, comenta. 

Finalmente el bloguero y un amigo llegaron a “una nave industrial de unos diez pisos de altura”. “Para nuestra sorpresa, no había seguridad. Las puertas grandes estaban cerradas, pero las pequeñas no. Pasamos la noche allí”, recuerda.

“Había dos transbordadores (Buria, en el que debería haber volado Bolk, y el prototipo OK-MT). Están llenos de polvo, grietas y con los cristales de las ventanas rotos. Me sentía como Indiana Jones ante un templo abandonado”, apunta.

Sus fotos de los transbordadores soviéticos publicadas hace casi un año en LiveJournal causaron sensación. “Lo que aprendí es que hay que desarrollar la tecnología y no pensar en el dinero, sino en el futuro de la humanidad”, sentencia.