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Las Remesas De Los Inmigrantes Mexicanos, La Mina De Oro Del Sector Inmobiliario

Marcos Figueroa, es uno más de los aproximadamente 16 millones de inmigrantes mexicanos que trabajan en Estados Unidos de América, es también uno de los que saca provecho a la nueva forma de enviar remesas de dinero a su familia: contratar un crédito hipotecario para comprarse una casa en México.

La situación era impensable hasta hace pocos años, cuando los mexicanos indocumentados apenas si tenían margen de maniobra para enviar dinero a sus familias y casi nada de acceso a bancos y los productos financieros elaborados. 

Marcos Figueroa, empleado de 27 años de un hipódromo y de un restaurante en California, que se fue de México hace ocho años buscando mejores perspectivas económicas, se convirtió en un inmigrante mexicano más en recibir un crédito de Hipotecaria Nacional para comprarse una casa en su ciudad natal, Zamora, en el estado de Michoacán (oeste de México).

El crédito fue contratado en pesos en la oficina que la hipotecaria abrió en San Diego, a la que rápidamente se unió otra sucursal en Los Ángeles. “Antes se ponía muy difícil obtener un crédito para comprar casa, así no lo fue tanto”, afirmó la esposa de Figueroa, Gabriela Ochoa, quien radica en Zamora. 

La casa, de 630.000 pesos (alrededor de 55.000 dólares), está siendo pagada en mensualidades. “Nos llevamos muy bien así viviendo lejos, pero cuando la terminemos de pagar ahí se vuelve mi marido”, comenta la señora Ochoa. 

La opción se centra en los inmigrantes sin importar su condición legal, ya que el 30 por ciento es indocumentado (5.6 millones). Sólo es necesario que acrediten estar trabajando y deseen casa nueva o usada en México, con un valor mínimo de 20,000 dólares y un porcentaje máximo de financiación del 85 por ciento a plazos de 5, 10, 15 y 20 años. 

Pero Hipotecaria Nacional no es la única que intenta sacar su tajada del jugoso mercado hispano, que el año pasado envió remesas a sus familiares en México por 26,100 millones de dólares, con lo que se situó como la segunda entrada de divisas, después del petróleo y por encima del turismo.

También ofrecen este servicio las sociedades hipotecarias Su Casita, BBVA Bancomer, Casas ARA, Crédito Inmobiliario, entre otros, que trabajan a través de intermediarios en la captación de inmigrantes.

El objetivo es captar las remesas y convertirlas en activos, ya que actualmente el 78 por ciento de los recursos son destinados a gasto en consumo, según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

“Si ese dinero de los inmigrantes aterrizara así en México sería ventajoso porque las remesas ya son la segunda fuente de ingresos del país”, afirma el desarrollador de vivienda y experto en el tema Ricardo de la Cruz. 

Por eso, a estas sociedades hipotecarias piensan sumarse próximamente los principales bancos del país, que estudian lanzar opciones similares para impulsar el uso de productos financieros por parte de los inmigrantes y captarlos como clientes.

Las ventajas no son pocas, los hispanos representan el 18.4 por ciento de la población de Estados Unidos de América y se estima que para el año 2050 ascenderán al 25 por ciento. De ellos hoy dos tercios son mexicanos o tienen esa ascendencia.

Y tienen un gran poder adquisitivo, de alrededor de 30,000 dólares anuales, muy por encima de los 6,000 en promedio que ganan los trabajadores en México.

Y aunque trabajan duro, muchos en dos lugares distintos para apoyar a sus familias en el país, como Marcos Figueroa, hasta hace poco tiempo atrás lo único que podían hacer con sus ahorros era enviarlos a México a través de empresas de transferencias que cobraban hasta un 30 por ciento del envío en comisiones, que ahora se ha abaratado.

La compra de casas en México, pero pagaderas en Estados Unidos de América, es una de las primeras opciones que se abren para sus bolsillos. Pero el sistema no ha marchado todo lo bien que se hubiera pensado. 

Entre Su Casita, BBVA Bancomer, Casas ARA, Crédito Inmobiliario apenas han colocado menos de 1,000 créditos hasta el momento en circunstancias de que sólo la meta de la primera era gestionar entre 2,000 y 3,000 operaciones en el año.

“Es gente con muy poca cultura, barrenderos, meseros, gente ilegal que cree que si tramitan créditos los van a
deportar. Muchos no saben leer ni escribir”, afirma el director general de Hipotecaria Nacional, Víctor Manuel Requejo.

Sin embargo, tanto las hipotecarias como los bancos saben que “el mercado está ahí”, a pesar de que a los inmigrantes les ha costado reaccionar y la situación está lejos del “boom” que se pensaba al comienzo.

“Uno podría pensar que se abre esta posibilidad y que la gente viene como moscas, pero la verdad es que viene con mucha dificultad, hay que ir por ellos”, añade Requejo. 

Aparte de los “frenos culturales”, una de las dificultades ha sido que los inmigrantes suelen ser de localidades pequeñas, de menos de 40,000 personas donde a veces no hay mayor actividad inmobiliaria y, sin embargo, quieren su casa en su lugar de origen.

Otro impedimento es que, en el caso de los indocumentados, es difícil que un banco los acepte como clientes, por lo que las hipotecarias están buscando alternativas en las que pese más su nivel de ingresos, obviando su estatus legal en los Estados Unidos de America.

La utilización del dinero de los inmigrantes para construir en México parece ser la fórmula mágica que concilie los beneficios de las remesas con el impulso de la actividad económica interna.

Históricamente la construcción ha sido uno de los propulsores del mercado interno y uno de los mayores generadores de empleo. Después de la crisis financiera de 1994-95 los bancos casi no prestaron y la gente tampoco se atrevió a endeudarse. 

La situación parece estar siendo revertida en el último año, con la reactivación de los créditos hipotecarios y las mejores perspectivas de crecimiento económico del país, de 4 por ciento luego de tres años de estancamiento.

Pero la estrategia no sólo es crecer hacia el sector medio de mayores ingresos, sino también a aquellos a los que más les cuesta acreditar su sueldo, como los empleados en la economía informal. 

Uno de ellos fue el Banco Azteca que suscribió un acuerdo para que los trabajadores que ganan un sueldo mínimo más propinas en hoteles, restaurantes y gasolineras también puedan acreditarlas para completar su salario y poder comprarse una casa. 

Las proyecciones son tan optimistas que el BBVA Bancomer anunció que planea ingresar en el negocio de la construcción a través de una compañía de bienes raíces y en asociación con firmas locales del sector.

Otro avance que ilustra el impulso que está adquiriendo el sector es la aparición de seguros contra daños estructurales para los compradores de casas. Geo, la principal constructora de vivienda de interés medio y social en México, se asoció en julio pasado con Seguros Inbursa, del magnate Carlos Slim, con lo que se convirtió en la primera constructora en ofrecer este beneficio a los mexicanos. 

En esa línea, el Infonavit señaló que todas las viviendas que financie contarán con un seguro de diez años que las ampare ante deficiencias y problemas de construcción.

 Asimismo, la inmobiliaria estadounidense Prudential Real Estate Investors creó un nuevo fondo para construir casas en México en el que el sistema de pensiones de los trabajadores estatales de California (Calpers) invirtió 600 millones de dólares. Este fondo es el primero de una serie de instrumentos similares que espera crear Prudential Real Estate Investors para construir casas en sociedad con Geo. 

La perspectiva es optimista, más aún si se piensa en las proyecciones del mercado hispano, y pone fin al negro capítulo abierto tras la crisis de 1994-95, que desembocó en subidas de tasas de crédito hipotecarias hasta el 200 por ciento y generó deudas impagables para los compradores mexicanos.