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Sobre El Techo Del Mundo

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Con sus 8.848 metros de altura sobre el nivel del mar, el monte Everest es el más alto del planeta tierra y por eso se dice que es el techo del mundo. Pero se puede subir más y ésta historia se lo vá a contar.

El Everest sobresale en una cordillera asiática que tiene más de 100 cimas que superan los 7.000 metros de altura y 9 los 8.000. Desde Nepal, los montes Himalaya atraviesan la India, China y Bután y nacen los mayores ríos del mundo, entre ellos el Ganges y el Yangtsé en cuyos cauces viven 1.300 millones de seres humanos.

A los pies del Everest se encuentra Katmandú, la capital nepalesa, y en el mismo valle, dos pequeños pueblos que datan del año 167 antes de Cristo hasta el año 1 de nuestra era cristiana.

En el valle en que se encuentra la bella Katmandú, arqueólogos han desenterrado templos y palacios budistas e hinduistas que la Unesco ha declarado Patrimonio de la Humanidad.

Una mañana en Katmandú, llegó al Hotel que tenía un precioso jardín interior, un guía nepalés preguntándonos si alguien quería volar sobre los Himalayas y el Everest al amanecer del día siguiente. Nos tomó de sorpresa, pero también nos reveló que la semana anterior un avión a hélice como el que ofrecía, se había accidentado en la cordillera muriendo los 17 turistas franceses. Bastó ésta honesta advertencia para que nadie de los 43 de nuestro grupo quisiera vivir esa aventura.

Yo en cambio pensé: no se repiten dos accidentes en una semana y en el mismo lugar y contesté que me interesaba. Además, ¿cuándo iba a tener otra oportunidad de una aventura similar sobre el Everest?  ¿Sobre el techo del mundo?

Después de unos minutos, y cuando todavía el guía no se iba, una señora del grupo, de las mayores, me preguntó: ¿usted va a ir en ese vuelo? Si le contesté sin vacilar. ¿Por qué? ¡Porque entonces yo también iría!, me dijo la pasajera vestida de café con un coquetón sombrero alado blanco con una cinta que anudaba en su cuello.

El guía anotó a dos en su libreta y se despidió diciéndonos: mañana a las 4 de la madrugada viene una camioneta a buscarlos para llevarles al aeropuerto de donde parten estos vuelos.

Efectivamente, todavía era de noche cuando un Van estaba en la puerta del Hotel. Nos avisaron. Subimos. No había nadie más.

En poco más de media hora estábamos en un aeropuerto en un desierto rodeado de montañas. Para mi sorpresa estaba lleno de turistas y en dos grandes pizarras estaban escritos el orden de los vuelos y sus destinos.  Ya el escenario era excitante, de película, como se suele decir.  Pero no estaba Indiana Jones.

Cuando llegó la hora de nuestro vuelo sobre los Himalayas, estaba aclarando y se apreciaba el perfil de las montañas. La única cima cubierta con un manto blanco de nieve, era la del Everest.

Lo primero que le miré al avión camuflado verde como el uniforme de los soldados, fué su hélice, una sola en una puntiaguda nariz. Se subía una escala portátil de seis peldaños. Dentro habrían unos 20 asientos. En total fuimos cinco. Todos estábamos sentados junto a una ventanilla para sacar fotos. El día era claro y luminoso.

Mi compañera de grupo sacó de su cartera una cámara desechable y se la veía feliz tal vez pensando en lo que le iba a contar a sus amigas de la aventura más grande de su vida. El solitario piloto uniformado puso en movimiento el avión que por la pista debe haber parecido un pájaro dando saltos. Pero se elevó luego.

A medida que subía y subía, en la falda de las montañas ví grietas profundas con árboles muy verdes y, en una de ellas, dos grandes ojos con bordes blancos iguales a los que tenía un templo en Katmandú. Nadie, ni el guía, supo explicarme después qué significaban esos ojos, más bien me dijeron que eran visiones mías, que nunca antes nadie las había visto, pero las sigo recordando.

En ese techo del mundo, el cielo tenía un cielo más azul...otro azul. ¿Cómo lucirían las estrellas en la noche?... por miles.

Me acerqué a la cabina del piloto quién al verme me invitó a entrar y sentarme a su lado. Así abarcaba todo el horizonte y no solamente un lado. No hablamos ni una sola palabra, el espectáculo y grandiosidad de esas cumbres invitaba a la meditación y a la gratitud de tan maravilloso día.

Diciéndome ahí está el Everest, el piloto rompió el silencio y me invadió una emoción inigualable. No siendo escalador de montañas ni alpinista, ¿cuándo podría yo haber imaginado tener mi vista y mis pies sobre la cumbre del monte más cerca del cielo? Su cumbre no era escarpada como los perfiles de todos los Himalaya, la nieve la redondeaba,

La aventura estaba terminando y el vuelo de regreso a Katmandú se hizo en silencio. Luego de aterrizar, el mismo Van que nos había traído al aeropuerto nos llevó al Hotel. Estaba atardeciendo.

Cuando llegamos el grupo nos hacía mil preguntas, pero sobre todo a la señora mayor que no tuvo miedo. Y ella, feliz, les decía a todos que el “chofer” (en vez de piloto), había sido tan gentil y buena persona que, cuando ella sacaba las fotos, “paraba”. ¿Cómo?... preguntaban todos... Hasta que les pedí que no la despertaran de su inolvidable sueño.