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Del Estigma De La Altitud A Los Récords Mundiales

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Los Juegos Olímpicos de México de 1968 nacieron con el estigma del posible peligro para la salud de los atletas que supondría competir en la altitud de la ciudad, pero se sobrepusieron a las críticas negativas y acabaron convertidos en una cita de primer nivel en la que se batieron récords históricos.

El 18 de octubre de 1963, en Baden, ciudad de Alemania Occidental, la capital mexicana fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1968 por delante de Lyon (Francia) y Detroit (Estados Unidos).

Antes incluso de celebrarse, los Juegos Olímpicos de México estuvieron marcados por su situación geográfica al estar situada la ciudad a 2.240 metros sobre el nivel del mar. Muchos críticos denunciaron que a esa altitud sería imposible mejorar marcas mundiales y los deportistas podrían tener problemas que afectarían a su salud.

Los delegados mexicanos tuvieron que justificar mediante informes que la altitud no representaba un peligro para los deportistas e incluso, una vez aprobada la candidatura, se celebraron diferentes campeonatos preolímpicos entre 1965 y 1967 para que los atletas pudieran comprobar de primera mano que todo lo que se decía no se correspondía con la realidad.

Además, el comité organizador se comprometió a invitar a los atletas de otros países para entrenar y aclimatarse, y sobre todo desmontar la tesis creada por los contrarios a su celebración de los Juegos en la altura de Ciudad de México.

El libro “México”, de 180 páginas y escrito en tres idiomas, editado por la organización con documentación oficial relativa a la petición de la sede, las respuestas al cuestionario del Comité Olímpico Internacional y un informe sobre las instalaciones deportivas de la ciudad, también incluyó algunas opiniones médicas sobre los efectos de la altitud en los atletas e incluso gráficas que reflejaban el rendimiento de los deportistas sobre el terreno.

“Hemos sido criticados por otorgar los Juegos a una ciudad que está a una milla y media por encima del nivel del mar, pero los Juegos Olímpicos pertenecen al mundo, norte y sur, este y oeste, caluroso y frío, seco y húmedo, alto y bajo, y México será el primer país de América Latina en tener el honor de celebrar los Juegos”, dijo en un discurso en 1967 el estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional en aquel momento.

“En cuanto a la altitud, beneficiará a los atletas en algunos eventos y les dificultará otros, pero al final es lo mismo para todos y los objetivos del movimiento olímpico no son simplemente romper plusmarcas”, añadió el dirigente.

Su discurso se basó, sobre todo, en su convicción de que una ciudad en la que vivían seis millones de personas y recibía más de un millón de turistas cada año no podía ser tan perjudicial para la salud como la pintaban. Pero no todos estaban tan convencidos.

“Si los atletas tienen que amoldarse en seis u ocho días a una altura de dos mil metros, seré pesimista. Van a caer como moscas. Uno no debe dejarse influir por la propaganda de los mexicanos, que naturalmente están poniendo a su ciudad por las nubes”, dijo en 1964, en el Berliner Ausgabe, el atleta alemán Manfred Kinder, que posteriormente lograría el bronce en los 4x400 metros.

Los temores hicieron que muchos países llevaran a cabo por su cuenta investigaciones fisiológicas sirviéndose de científicos. Los resultados demostraron que la alarma que se había creado era infundada y la gran mayoría de países enviaron a la ciudad azteca sus delegaciones completas.

Al final, el tiempo también dio la razón a los organizadores y al Comité Olímpico Internacional. Los Juegos se celebraron en México y se batieron 76 récords olímpicos y 30 mundiales.

De todos los récords, el más célebre seguramente sea el que consiguió el estadounidense Bob Beamon, que con un salto de 8,90 metros se llevó el oro en longitud y mejoró la anterior marca en nada menos que 55 centímetros. La dimensión de su proeza se puede calcular en que dicho récord se mantuvo durante casi 23 años, hasta la final de los Mundiales de Tokio (1991) en que fue superado por Mike Powell con 8,95 metros.

Otro récord que quedó para la historia fue el del estadounidense Jim Hines, que fue el primer hombre en bajar de los diez segundos en los 100 metros lisos. La marca de Hines se mantuvo hasta 1988, cuando Calvin Smith la mejoró por 0.02 segundos. Tambien, la plusmarca de Evans en los 400 metros duró hasta 1983, año en que Butch Reynolds llegó en 43.29 segundos.331. En total se rompieron setenta y seis plusmarcas olímpicas y treinta mundiales.

También los Juegos Olímpicos de México de 1968, tomaron relevancia cuando Tommie Smith y John Carlos protagonizaron un momento histórico al realizar el saludo del poder negro. Tras ganar la carrera de los 200 metros en esos Juegos Olímpicos, los atletas afroamericanos ganadores de la medalla de oro y de bronce respectivamente, alzaron su puño envuelto en un guante negro mientras comenzaba a sonar el himno nacional estadounidense en señal de protesta por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos de América

De vuelta a casa Smith y Carlos, fueron objeto de abuso y criticados por sus acciones. Tanto ellos como sus familiares fueron amenazados de muerte por lo que fueron condenados al ostracismo.

En este evento multideportivo internacional celebrado en la Ciudad de México, Estados Unidos de América fue el contingente olímpico más exitoso al obtener 107 medallas seguido por la Unión Soviética y Japón. Los gimnastas Věra Čáslavská, de la República Checa, el japonés Akinori Nakayama y el ruso Mikhail Voronin, fueron atletas más condecorados.

Once años después, en 1979, el estadio Olímpico de México acogió la Universiada, evento deportivo internacional que reúnen a los mejores atletas universitarios de todo el planeta y de nuevo, pese a la altitud de la pista (2.216 metros sobre el nivel del mar), se volvieron a batir varios récords y los informes médicos de la época detallaron que la falta de oxígeno beneficiaba a los atletas para esfuerzos cortos.