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El Submarino Soviético K-19, La catástrofe nuclear que cambió la historia el uso de la energía atómica

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El mundo estuvo a punto de sufrir la mayor catástrofe nuclear de su historia el 4 de julio de 1961. El K-19, el primer submarino atómico soviético sufrió una grave avería entre Groenlandia y Noruega. En caso de explosión, el cataclismo hubiera superado al Accidente de Chernóbil sucedido 1986 y al accidente nuclear de Fukushima en 2011.

Pocos saben que el mundo estuvo a punto de un accidente nuclear inimaginable hace 57 años. Además, como lo señalo el propio Mijaíl Gorbachov, Estados Unidos de América hubiera interpretado el accidente como una provocación por parte de la Unión Soviética en medio de la crisis de los misiles de Cuba, lo que hubiera desembocado en la tan temida Tercera Guerra Mundial.

“Al principio, no sabíamos qué hacer. La temperatura comenzó a subir y la radiación se propagaba por todo el buque. No teníamos instrucciones. Todo el mundo pensaba que el reactor era fiable. Una avería era algo impensable”, relató a EFE Víctor Strelets, sargento electricista del K-19.

Como después se supo, la avería fue provocada por un fallo en la construcción del submarino. Estados Unidos de América acababa de botar el submarino atómico George Washington, y la URSS no podía ser menos. La respuesta fue el K-19, un submarino de 114 metros de eslora, capaz de sumergirse a 300 metros de profundidad y que portaba tres misiles balísticos nucleares de 1,4 megatones cada uno.

“Después, el comandante Vladímir Zatéev anunció por los altavoces que había ocurrido una avería y que debíamos mantener la calma. Por suerte, se nos ocurrió enfriar el reactor con agua potable. La idea funcionó, pero les costó la vida a varios compañeros”, dijo. En total, ocho marineros que participaron directamente en la reparación de la avería murieron en cuestión de días, y quince, en los dos años siguientes.

Strelets, al que le gusta escribir poemas sobre la proeza del K-19, considera que “los marineros son auténticos héroes, ya que salvaron a la tripulación y al mundo entero. Imagínese, una explosión atómica en medio del océano”, comento el submarinista.

 A partir de ahí, el K-19 recibió el sobrenombre de “Hiroshima”, fama bien ganada, ya que sufrió varios accidentes más hasta que fue desguazado en 2003. La historia del legendario sumergible fue recuperada del basurero de la historia por el cine de Hollywood.

Katherine Bigelow dirigió en 2002  “K-19, the widowmaker” (K-19, el enviudador), película que fue protagonizada por Harrison Ford y Liam Neeson.

“La realidad fue más terrorífica que la película”, comentó tras ver cinta el almirante Vladímir Chernavin, el último comandante en jefe de la Armada soviética.

Ford interpreta al comandante, Zatéev, al que la tragedia marcó su carrera. Antes de morir éste dejó escrito un relato detallado sobre la travesía en el que cuenta cómo el objetivo del primer submarino nuclear soviético armado con misiles balísticos atómicos era lanzar un misil de prueba a unas 500 millas marinas de la costa estadounidense. El buque zarpó el 18 de julio con 139 tripulantes a bordo.

La avería ocurrió cuando el sumergible se encontraba cerca de la isla noruega de Jan Mayen, que acogía entonces una base de la OTAN. “La avería del reactor derecho es grave. Hay señales de radiación. Existe amenaza de explosión. Regresamos a la base a diez nudos de velocidad. La base no responde”, rememora Zatéev.

Entonces, al teniente Yuri Filin “se le ocurrió llenar de agua la zona activa del reactor para disminuir la temperatura a través de la tubería conectada a la bomba de aire del reactor averiado”.

“Junto al capitán Kózirev entramos en el sexto compartimento para comprobar si todo iba según lo previsto. Honestamente, no fui allí por ese motivo. Fui, ya que estaba seguro de que enviaba a los hombres a una muerte segura. Había que animarlos, darles a entender que su comandante estaba con ellos en el momento de más dificultad”, apunta.

“Bajé al sexto compartimento. En ese momento se abrió la puerta y del interior del reactor salió Borís Korchílov. Se quitó la máscara y vomitó una espuma amarillenta”, indica en sus memorias el comandante.

“Todos comenzamos a sentir malestar. Náuseas en la mayoría de la tripulación. Me fui a mi camarote, me acosté pensando en la mejor manera de solucionar la situación. Había que actuar, salvar a la tripulación del submarino. Lo importante era la gente. Estaba claro, todos los que habían pasado por el sexto compartimento estaban condenados. Pero, ¿qué podía hacer? Quedaban 1.500 millas para llegar a la base. A 10 nudos, llegaríamos a casa en seis o siete días. Moriríamos todos. Y de repente me acordé del mapa de las maniobras navales. Un submarino diésel soviético debería encontrarse en la zona. No conocía sus coordenadas. Una posibilidad entre un millón”, comenta.

 Zatéev también recuerda un amago de motín a bordo, cuando dos oficiales le exigieron que se dirigiera a la tierra. “Parecía el guión de una mala película de piratas. Me amenazaron con un motín y con el arresto. No tenía la menor duda de la lealtad de mis marineros y de que nadie respaldaría a los amotinados”, dijo. Pero, por si acaso, ordenó requisar todas las armas que había en el buque y “que fueran tiradas por la borda”.

“Estábamos en medio de la Guerra Fría y atracar en una isla donde probablemente habría una base naval del enemigo lo consideraba traición a una patria que nos confió su único submarino nuclear”.

Buques estadounidenses que surcaban las aguas de la zona ofrecieron su ayuda, pero Zatéev se opuso. Cuando la desesperación comenzaba a cundir, hizo su aparición, primero, el submarino diesel S-270 y, después, el S-159, que rescataron a la tripulación del K-19: “Los marineros tuvieron que desnudarse y tirar la ropa al mar para no contaminar a los buques”.

“La tripulación del submarino K-19 ha abandonado el buque. Me encuentro a bordo del submarino S-159. En caso de que las fuerzas navales de la OTAN se acerquen al K-19 e intenten entrar en el barco, yo mismo lo torpedearé. Comandante del submarino K-19. Capitán de segundo rango, Zatéev. Hora 05.00. 5 de Julio de 1961” , reza el último mensaje de Zatéev, quien murió en 1998.

El jefe de la sección de misiles, Gleb Bogatski, tuvo la fortuna de caer enfermo antes de las maniobras del K-19, por lo que tuvo que quedarse en tierra. No obstante, al retorno del submarino averiado fue designado jefe de la misión de descontaminación del buque, en la que participaron centenares de personas.

“El nivel de radiación era 17.000 veces mayor de lo permitido. Nos dieron trapos y camisetas viejas, cubos con agua y nada más, y con ese debíamos limpiar cada centímetro del barco. Lo conseguimos en cinco meses”, dijo a Efe Bogatski, que también recibió altas dosis de radiación, por lo que fue desmovilizado en 1964.

El empresario y editor Alexandr Nikishin ha dedicado varios años a recuperar la memoria del K-19 y está empeñado en construir un museo en su honor en Moscú. “En 1961 nadie sabía lo que era una reacción nuclear. Aún hoy en día, el K-19 es considerado por los marineros como el padrino de la flota rusa”, comentó,

Pero entonces, añade, “les recibieron en el puerto soldados con metralletas y perros ataviados con máscaras de gas, pero los marineros siempre defendieron a su comandante durante los interrogatorios del KGB”.

Nikishin considera que el K-19 merece un Nobel, ya que cambió la historia del uso de la energía atómica. “Paradójicamente, la avería del submarino soviético dio paso a una revolución tecnológica, ya que a partir de ahí todos los países empezaron a introducir en sus reactores sistemas de enfriamiento. En principio, era un secreto de Estado, pero la realidad es que el accidente contibuyó a garantizar la seguridad nuclear”, opinó.

“Poco antes de morir, el comandante dejó dicho que se creara un museo en honor del K-19 para que nadie olvidara uno de los acontecimientos más dramáticos de la Guerra Fría. El museo sería como el último acorde de la Guerra Fría, por eso pedimos también el apoyo de Occidente”, señala Nikishin, quien se ha dirigido hasta ahora en vano al Kremlin para que les conceda una medalla.

Strelets, al que no le gustó nada la película norteamericana, y el resto de los oficiales y marineros aún vivos del K-19 se reúnen cada cinco años en el cementerio de Kuzminski en Moscú, donde se construyó un panteón con forma de submarino donde están enterrados el comandante y varios marineros.

Allí fueron enterrados en secreto para que no saliera a la luz el accidente nuclear y a seis metros de profundidad para evitar los problemas de radiación.

Hasta (el último dirigente soviético) Mijaíl Gorbachov ha pedido que concedan el premio Nobel a la tripulación del K-19”, apuntó.

Gorbachov considera que sería un acto de “justicia histórica” galardonar a los marineros con el premio por “salvar la paz en el mundo”. Finalmente, Zatéev fue nominado oficialmente a finales de 2006 para el Nobel de la Paz.

“Ellos salvaron el mundo, pero, ¿quién lo sabe? Las profundidades, el océano y, sí, los albatros”, rezan los versos compuestos por uno de los marineros del ya legendario K-19.