Turismo

Sucedió en Dakar

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Amanecía cuando la nave de bandera italiana Conte Biancamano entraba en el puerto de Dakar, Senegal, en el noroeste del continente africano.

Unos 500 pasajeros bajamos a tierra por el día. Caminando, en media hora estaba en el trajín de la ciudad.  Tráfico con muchos vehículos pintados con colores vivos, verdes y amarillos. Comercio desde los estantes con frutas en las calles hasta las vitrinas con maniquíes de mujeres europeas, pocas afroamericanas a pesar de que por las calles ellas transitaban con vestidos y turbantes regionales.

Muchos cafés con sus mesas redondas en las veredas donde los hombres de toda edad charlaban o fumaban sus pipas.

En uno de ellos, si se entraba, había que bajar una escala caracol de metal. A mitad de ella era fácil oler algo como un tabaco o un incienso, pero no droga. Una nube de humo amarillento cubría las cabezas de los comensales, pero no era ese humo asfixiante que se sentía al entrar a un casino en Macao frente al mar de la China.

Nunca hay que quejarse, cada cultura tiene su historia. Viajando se aprende. Es torpe pretender que todos los pueblos del planeta sean como donde hemos nacido y crecido.  Sería un bosque muy aburrido sin variedad de colores.

Las horas pasan más rápido cuando se descubre un mundo desconocido. A lo lejos, el barco ya estaba iluminado señalando que estaba llegando la hora de partir hacia Barcelona, y también, que nos esperaba la cena.

El cielo empezó a tener un color rojizo a la puesta del sol. Este espectáculo es más esplendoroso en África, especialmente en las llanuras donde se hacen los safaris, sin embargo, quien haya estado alguna vez en el puente de los pescadores sobre el Bósforo en Estambul, Turquía, donde se separa Europa del Asia, puede apostar sin perder que allí está el mejor escenario para contemplar al astro sol en toda su dimensión y color, enrojeciendo las cúpulas y minaretes de las mezquitas.

Fué una puesta del sol sobre el Bósforo lo que hizo que una turista italiana que buscaba su paz, decidiera quedarse el resto de su vida en esa bella ciudad turca, renunciando a volver a Roma donde en la terraza de su palacio, junto a una hermana, ofrecían frecuentes “cocktails” sociales.  Esta historia produjo un libro para una emocionante película y entender qué vale más en la vida.

De regreso al barco, iba a subir al puente que se apoyaba en el muelle, cuando un niño blanco y cabellera rubia de unos 10 a 12 años me habló y casi me agarró el pantalón.  Me giré y le pregunté qué quería. Lléveme con usted, me contestó en francés.

¿Llevarte?... ¿y por qué? Porque no quiero estar con la familia africana que me recogió. Mi papá murió en la guerra (Segunda guerra mundial) y mamá poco después, ellos eran franceses y quiero ir a Francia donde debo tener abuelos”.  “Aquí estoy solo”.

El rostro del niño era de súplica. De vez en cuando se secaba los ojos. No me atreví a decirle que no podía hacerlo. Pero en ese momento volvía al barco el Capellán y aproveché de preguntarle qué se podía hacer con el niño. El sacerdote italiano propuso hablar con el capitán. Uniformado de blanco con galones dorados en sus mangas y gorra, el capitán de unos 50 años nos creyó locos.  ¿Pero cómo se les ocurre subirlo a bordo?... ¿y si está fingiendo? ¿y si nos acusan de secuestro?

Tenía razón. Volví donde el niño que esperaba en el muelle. Al saber la respuesta del capitán, lloró.

Para distraerlo le pregunté por qué me había hablado a mi entre centenares de pasajeros que bajaron a conocer Dakar.  “Cuando usted bajó solo lo seguí para ver cómo era y me pareció una buena persona y que me podía ayudar”.

¿Cómo te llamas?... le alcancé a gritar desde la baranda del barco cuando empezaba a despegarse del muelle. Pierre, pude escuchar. Pero ese niño despidiéndose con una mano en alto, es una historia que no se puede olvidar.