Internacional

Crónica de una batalla no anunciada en Nicaragua

Eran cerca de las 7:15 a.m. del día jueves 19 de abril del 2018 y me desplazaba sobre la Carretera Panamericana Norte, rumbo a la Universidad Nacional Agraria, ubicada en Managua capital de la republica de Nicaragua, donde imparto clases. Me había acostado un poco tarde, debido a que había preparado una extensa evaluación para mis alumnos, futuros Ingenieros Agrónomos, utilizando la metodología de Aprendizaje Basado en Problemas.

Por la tarde, tenía prevista una sesión de clases con otro grupo de estudiantes, con los cuales seguiríamos profundizando en el Desarrollo Rural, basándonos en el bienestar humano y tomando en cuenta los aspectos ecológicos, económicos y sociales necesarios. En fin, se perfilaba como un día académico más.

De pronto, al llegar a las inmediaciones de la Universidad, me encontré con que estaba bloqueada la carretera y vi a un nutrido grupo de estudiantes con pancartas, reclamando en contra de las recién aprobadas reformas a la ley del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, que el Gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua realizase hace unos pocos días, y que los jóvenes estudiantes consideran que afectan los intereses del pueblo nicaragüense y consecuentemente al futuro de ellos. Tres de los estudiantes me reconocieron y me dijeron en tono de broma que me estacionara y me integrara a su protesta.

Debido a que la Universidad Agraria en Managua es dividida por la Carretera Panamericana Norte, las diferentes dependencias están separadas por dicha carretera y contando, por lo tanto, con dos entradas principales. A un lado están las Facultades de Agronomía, Ciencia Animal, Recursos Naturales, laboratorios, etc., y al otro lado de la carretera está la Facultad de Desarrollo Rural, Biblioteca, laboratorios entomológicos, Rectoría, campo deportivo, etc.

Yo me dirigí a un pequeño estacionamiento de la Facultad de Desarrollo Rural que me gusta debido a que hay muchos árboles y los vehículos no reciben directamente los fuertes rayos solares del trópico nicaragüense. Cuando me estaba bajando del auto, escuché disparos y explosiones por lo que corrí hacia la carretera, donde estaban los estudiantes, para ver que sucedía. No llegué hasta allá, debido a que los jóvenes venían corriendo hacia el portón de la Universidad, recogiendo piedras y palos para defenderse de la policía que arremetía contra ellos con una ferocidad desmedida.

Una vez que los jóvenes estudiantes se reorganizaron con piedras y palos suficientes, arremetieron contra la policía y empezó la batalla. Mejor dicho, la desigual batalla. Los policías, armados hasta los dientes, empezaron a disparar balas de hule solido contra los estudiantes y a tirar bombas lacrimógenas como si estaban en competencia o en una cacería. Varios de aquellos mortales perdigones pasaron cerca de mí y me protegí la cara con un libro que llevaba en la mano.

Una de las cosas más impresionantes fue ver el odio y las palabras acompañadas de gestos soeces conque los uniformados insultaban a los jóvenes estudiantes, varones y mujeres, que solo pensaban hacer una pacífica protesta y luego integrarse a clases. Entre ellos estaban los estudiantes a los que evaluaría ese día.

De pronto, entre los valientes estudiantes, ví a una delgada joven armada con un canasto de mimbre como escudo, enfrentarse cara a cara con la compacta formación de policías, los cuales le disparaban y ella, al mejor estilo de una amazona, protegía su menuda figura con su improvisado escudo-canasto sostenido con su mano izquierda y con su mano derecha respondía recogiendo piedras y lanzándolas a los policías. Estaba además, envuelta por el humo de las bombas lacrimógenas compradas con fondos públicos de Nicaragua a España.

Ciertamente, no me explicaba cómo aquella joven estudiante podía resistir tanto; el efecto de las bombas de gases lacrimógenos; para aquellos lectores que nunca lo han experimentado, es verdaderamente desagradable, ya que el humo que despiden esas granadas provoca un ardor terrible en los ojos, encegueciéndolos y siendo incontenible el lagrimeo, además impide el buen funcionamiento de los pulmones y la piel arde terriblemente. ¡Al menos yo me estaba asfixiando!

Me vertí una botella de agua en la cabeza y respirando con dificultad, les dije a los muchachos que tuvieran cuidado y se replegaran a la entrada principal de la Universidad, ya que la policía estaba concentrando más efectivos para pasar a la carga.

Algunos de los muchachos se replegaron y entre ellos la valiente joven, llamada Elba Suazo, que por cierto es una de mis estudiantes del último año de Ingeniería Agronómica. Al tenerla cerca, apestaba terriblemente al humo lacrimógeno de las bombas que seguían disparando los policías y le dije, en son de broma “recuerde que esto no la exime de la prueba que tenemos hoy” y, a pesar de la tensión, ella sonrió divertidamente de mi ocurrencia.

La batalla continuaba; de pronto, vi que traían a un joven con señales de asfixia en brazos de dos compañeros y, además de mojarle toda la cabeza con agua, lo untaron de aceite vegetal que enviaron de la cocina de la Universidad “al frente de batalla” para que mitigue el ardor que provoca el gas lacrimógeno en la piel. Yo también lo probé y de verdad funciona.

Cerca de las 10 de la mañana, los policías recibieron más refuerzos que llegaron en 4 autobuses repletos y con grandes cantidades de municiones, por lo que las balas de goma, granadas de gases lacrimógenos y bombas de perdigones que estallan a 4 ó 5 metros de altura se multiplicaron. En las filas de los jóvenes estudiantes seguían apareciendo los heridos. De pronto vi que traían a otro herido manando abundante sangre de la cabeza y reconocí a otro de mis estudiantes. Un muchacho muy callado que, realmente, me sorprendió su participación en esta jornada.

En medio de aquel ambiente caótico, oí gritos que provenían de otro grupo de estudiantes. Me acerqué y pude ver a otro joven que estaba siendo auxiliado porque uno de los perdigones le había sacado un ojo de su órbita. El infortunado estudiante del penúltimo año de Zootecnia, llamado Roberto Rizo, del municipio de Matiguas en el departamento de Matagalpa, perdió su ojo izquierdo producto de la represión policial. Un amargo día que nunca olvidará.

Y siguió la batalla. Los policías cubiertos con sus trajes protectores y cascos arremetían protegidos con sus escudos transparentes, en formación compacta como las legiones romanas y detrás de ellos otros policías seguían disparando bombas y perdigones. Rodearon la Universidad e introduciendo sus escopetas por las barras metálicas del cerco, disparaban a todo lo que se moviera dentro del recinto que cuenta con Autonomía y por lo tanto los policías no pueden hacer eso. Sin embargo, con tiros parabólicos de sus fusiles, lanzaban granadas de gas lacrimógeno inundando todo con el nocivo humo. No sé qué pretendían, si el grueso de los estudiantes estaba dentro del recinto universitario donde me encontraba.

A eso de las 1 de la tarde, el personal de cocina llegó con la comida para los estudiantes. Escribo llegó, porque el comedor estaba inundado de gas lacrimógeno y solo dio tiempo de cocinar arroz y frijoles que les llevaron a los jóvenes protestantes a las áreas verdes de la Universidad, es decir bajo los árboles lejos del alcance de las balas y los gases. De igual forma, a los policías les llevaron su comida y hubo una breve pausa, interrumpida solamente por algunos disparos y bombas que estallaban. Bueno, afortunadamente el gas lacrimógeno llegaba hasta el improvisado punto de merienda un poco disipado y permitió que los estudiantes comieran y se relajaran un poco.

La comida y la pausa hicieron surgir nuevas ideas a los muchachos y algunos propusieron quitar las armas a los guardas de seguridad de la Universidad y dispararles a los policías que los estaban atacando salvajemente. Afortunadamente, esa idea no prosperó, pero los ánimos estaban tan caldeados que falto poco, muy poco para que los estudiantes se armaran y se produjera un baño de sangre todavía más violento que el del momento.

De pronto, por un camino alterno o como decimos en Nicaragua, por veredas, y burlando el cerco Policial, veo llegar a un grupo de muchachos que inmediatamente se pusieron gabachas blancas. Pensé que eran estudiantes de la Facultad de Ciencia Animal, pero, empezaron a dar atención a los heridos y entonces al preguntarle a uno de ellos, me di cuenta que eran estudiantes de medicina de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) que llegaron solidarios a brindar apoyo a sus compañeros e instalaron un precario puesto médico en una de las aulas de la Facultad de Desarrollo Rural, atendiendo con los insumos de primeros auxilios que llevaban en sus mochilas estudiantiles.

Por la mañana, el Rector de la Universidad trató de mediar con los policías, pero no le hicieron caso y tuvo que buscar refugio rápidamente para evitar ser herido. A eso de las cuatro de la tarde, los estudiantes nuevamente le exigieron al rector que intermediara con la policía, ya que las fuerzas especiales enviadas por estos querían tomar por asalto el otro recinto de la Universidad donde había un pequeño grupo de estudiantes, ya que muchos habían huido y otros fueron capturados. Preparaban un asalto no importándoles, a como señalé, la Autonomía de las Universidades Nicaragüenses.

Afortunadamente, un jefe policial hizo unas llamadas, o al menos eso pareció y a eso de las 3:30 de la tarde, acordó con el Rector, que los estudiantes se reconcentraran en el recinto donde me encontraba y hubo un alto al fuego. Se acordó la salida de los estudiantes sitiados, pero que no llevaran piedras ni palos, o sea el armamento con el que contaban. Bueno, nosotros también estábamos sitiados, pero éramos un grupo más numeroso.

El desfile de los estudiantes en fila, cruzando la carretera en medio de los escombros de la batalla y las fuerzas policiales tomándoles fotos y viéndoles con gestos de odio, solo me recordó lo que debió de ser la salida de los cristianos durante la caída de Jerusalén en Octubre de 1187. ¡Aunque no creo que las fuerzas de Saladino, luego de acordar la rendición en buenos términos, hayan mostrado tanto odio como estos policías!

Una vez que el grupo terminó de llegar, pasaron a curar a los heridos y a comer de la magra ración que todos, estudiantes, profesores y resto de personal administrativo y de servicio habíamos compartido este día tan difícil.

Después del desalojo, parece que los policías se dieron cuenta que los estudiantes eran tan pocos y todos estaban dentro del recinto principal de la Universidad que optaron por suspender el cerco y llevarse a todo el exagerado personal y su arsenal a reprimir en otro lado. A eso de las 5:30 a 6 de la tarde, solo quedaban unos pocos policías en motocicletas a la expectativa de cualquier intento de reanudar la protesta.

Sin embargo, desde temprano andaba circulando la noticia de que grupos de choque de la Juventud Sandinista, leales al gobierno, estaban pensando en atacar y tomarse la Universidad Agraria. Esto era basado en una foto, real o no, que la habían enviado a uno de los estudiantes sitiados. El ataque se esperaba a las 10 de la noche con corte de energía y agua, como en un sitio a un lugar de peligro.

Finalmente, a eso de las 7 de la noche, decidí retirarme a casa, en medio de una tensa calma y esperando que lo del asalto nocturno no fuese más que un rumor. Cuantos estudiantes heridos y arrestados con lujo de violencia como si se tratase de criminales dejó este día. El número no lo sé, por lo convulso de la situación.

Rumbo al estacionamiento donde dejé mi auto, pasé cerca del aula de la Facultad de Desarrollo Rural donde los alumnos de medicina de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua se preparaban ante la posibilidad de recibir a nuevos estudiantes heridos si se perpetraba el anunciado ataque.

A punto de subir al auto, una basurita se me introdujo en el ojo. Solo la saque con cuidado y listo, tenía visión completa. Este pequeño acto tan trivial, me hizo pensar en el desafortunado Rene Rizo, el joven estudiante del penúltimo año de Zootecnia que este día por la mañana se preparó para asistir a sus clases normalmente contando con sus dos ojos y hoy por la noche está en un centro asistencial cuidando su maltratado rostro e iniciando el difícil periodo de duelo por su valioso ojo izquierdo reventado por una bala de goma disparada por un policía que, según su lema o slogan “velan por la alegría del pueblo”. Irónico, ¿verdad?...

Cacique Diriangen (Pseudónimo)
Profesor de la Universidad
Nacional Agraria
Managua, Nicaragua.
Marzo 19 de 2018.