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¿De Donde Eres?

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Junto a la puerta de bronce a la salida de la capilla Sixtina había un piso de madera común y corriente. Setenta cardenales llegaban en silencio a ocupar su lugar en los asientos con respaldos altos adheridos a las murallas de la histórica sala inmortalizada con los frescos bíblicos de Miguel Ángel desde la creación del ser humano hasta el juicio final. ¿Quién ocuparía el piso agregado junto a la puerta?

Dentro de la centenaria capilla, unos veinte corresponsales acreditados ante la sala de prensa del Vaticano filmaban escenas jamás vistas para la elección de un Papa y otros tomábamos notas sin poder hacer preguntas. 

Guardias con uniformes azul-grises y la legendaria guardia suiza mantenían el orden hasta que se dió la orden de “todos fuera”. Fui el último en salir y al pasar junto al cardenal sentado en el piso, me acerqué para decirle: usted será elegido Papa mañana. “Da dove sei?” me contestó en voz baja en italiano, que quiere decir: ¿de dónde eres?... de Chile alcancé a decirle antes que uno de los guardias suizos me invitara a salir de la Capilla Sixtina porque empezaría la tercera sesión del cónclave que significa “con candado”. 

Al día siguiente, por la tarde ya anocheciendo, salió humo blanco por la vieja chimenea de lata que desde el techo de tejas de la Sixtina en los Museos del Vaticano, avisaba al mundo que había sido elegido un nuevo Pontífice, el número 262 desde San Pedro.

La multitud aclamaba en la plaza que abrazan las columnas del Bernini.  ¿Quién sería?... ¿Cómo se llamaría?                                        

De pronto se corrieron las cortinas blancas del balcón central de la Basílica y el cardenal Camarlengo anunció con voz sonora: Habemus Papa. Era el cardenal del piso Gian Bautista Montini de Milán que se llamaría Pablo VI, el primer Pablo después del V cuyo nombre está escrito en la fachada de la Basílica de San Pedro desde 1606.

En Roma, cuando se elige un Papa, el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, vá a saludar al nuevo Pontífice que significa Puente.  Después de esa visita, el embajador de Chile, que me conocía, me llamó por teléfono para preguntarme si era yo el que le había dicho al cardenal Montini que sería elegido Papa.

Al responderle que sí, me dijo que él deseaba verme. Un encuentro tal era inimaginable y sin embargo resultó tan cordial y natural que quedé sorprendido.

Me entregó un estuche de cuero rojo con dentro una medalla de plata de su Pontificado. Y me preguntó si aceptaba ser uno de los 5 jueces para editar el libro gráfico del Concilio Ecuménico Vaticano II. Éramos de distintos continentes, entre ellos un obispo.  

Pasamos noches revisando centenares de fotos que, a nuestro juicio, fueran un real testimonio del Concilio que había abierto Juan XXIII.

Cuando estuvo impreso, La RAI TV italiana organizó una exposición para ser transmitida a todo el país, pero la inauguración en Roma, fue sólo con la asistencia de Pablo VI y los 5 jueces. Al entregarle un regalo, el Papa me comentó: “supe que usted fue el único que quería otra fotografía para la cubierta del histórico Libro”.

Cierto le contesté.  Y como él se interesará en saber cuál era la que yo prefería en vez de la imponente foto a color de una columna de cardenales bajando las gradas de la Basílica de San Pedro, le abrí el libro donde una fotografía en blanco y negro captaba la cabeza de un obispo bajo los rostros de gente del pueblo. “Creo que esta foto reflejaba mejor la esencia, el contenido del Concilio Ecuménico”, me atreví a decirle a Su Santidad. El pareció complacido. 

La historia viene al caso, porque el Papa del piso como siguió siendo para mí, el primero en visitar Tierra Santa, el primero en participar en una asamblea de las Naciones Unidas y el primero en reconciliar la Iglesia Católica con la Griega Ortodoxa después del cisma de Constantinopla abrazando al Patriarca Atenágoras en el Vaticano y quién clausurara en paz el Concilio Ecuménico que según muchos había quedado con las cortinas al viento, ha sido elevado a los altares por el Papa Francisco.

Alguna tarde en su habitación, este Papa silencioso escribió sobre un papel: No deseo monumento alguno y dibujó una simple lápida blanca que en su tumba sólo dijera...Pablo VI. Y así está en la cripta de la Basílica de San Pedro.