Historia, Turismo

La Historia De Juan José

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Conocí a Juan José cuando estaba en un cajón de azúcar en una calle de Madrid. Tiene tres meses, me dijo su joven padre junto a su organillo y su esposa veinteañera ambos valencianos.

Era una mañana de domingo y me despertó en el hotel la música de un organillero que tocaba una de las canciones más populares de mi país, Chile, “Yo vendo unos ojos negros”. No puede ser, debo estar soñando fué lo primero que pensé. Pero me levanté para asomarme al balcón de fierro del quinto piso y era verdad: abajo en la calle un organillero daba vuelta la manivela y un loro daba papelitos con buena suerte para quiénes ponían alguna moneda.

Me vestí de inmediato y bajé a la calle con la cámara preparada para tomar fotos.

Con sorpresa ví que en un cajón de azúcar había un bebé. Su padre, el organillero de unos 28 años, me explicó que era su hijito que no teniendo donde dejarlo mientras él y su esposa trabajaban, lo llevaban siempre consigo. Se llama Juan José y tiene tres meses, fue lo primero que Carlos me dijo. 

El trabajo consistía en que mientras el papá tocaba el organillo, la mamá recogía en una boina negra las limosnas de la gente que pasaba. No eran muchas, en verdad. Por eso y a un cierto punto, pensé que quizás si la gente sería más generosa si veían que alguien visiblemente turista, pasaba la boina pidiendo ayuda para esa joven pareja con un bebé en un cajón de azúcar. Quizás por orgullo o vergüenza. 

María, la joven madre de largos cabellos oscuros, me sonrió como queriendo decir....no....no....pero me pasó la boina.

Carlos volvió a tocar su organillo y el loro que se había dormido en su caja con barrotes, despertó. María tomó a Juan José en brazos.

En ese momento empezaron a salir de una iglesia cercana muchísimos fieles que hablan ido a misa y un tanto extrañados al verme pedir limosna con una cámara al hombro, ponían su dinero con cierta curiosidad.  Entonces yo les mostraba a esa pobre familia que tenía mucho de parecido a la de Belén. 

A un cierto punto se abrieron las ventanas de los edificios de la cuadra y la gente, también curiosa ante la música y el bullicio callejero, empezó a lanzar monedas y billetes que María recogía. 

Al despedirme de Juan José y sus jóvenes padres, les dejé mi dirección. La de ellos no era posible porque vivían como gitanos, aunque la meta era volver a Valencia quizás ayudados con el dinero que dejaba el organillo.

Antes de dejar España invitado por el Instituto de Cultura Hispánica para el último curso de periodismo, un periódico de Madrid me entrevistó para preguntarme qué había sido lo que más me había impresionado del país. No tardé ni un minuto en contestar:  ¡Juan José!, pero luego de tener que explicar un por qué, el reportero se atrevió a escribir.

Es que muchas veces, los hechos humanos dicen más de un pueblo o una ciudad que los monumentos y museos y el periódico lo entendió. 

Nunca supe si los valencianos leyeron quizás su propia historia, pero años después, una tarjeta postal me persiguió hasta encontrarme y me decía que Juan José había entrado a un jardín pre-escolar.

Desde entonces, en todos los viajes, presto mucha atención a los niños porque ellos nos enseñan muchas cosas sin saberlo y a veces reflejan mejor la calidad de un país. 

Una mañana con un grupo estábamos en Jordania visitando una de las maravillas del mundo: Petra. Al terminar el desayuno y salir del Hotel que miraba hacia las montañas, por un extraño impulso,  tomé de la mesa una manzana que lucía la mejor de todas, algo que nunca hago, pero la manzana me hizo llevarla.

En el camino, cuando ya se ven carruajes tirados por caballos o camellos que llevan gente que prefiere no andar un kilómetro por un sendero pedregoso hasta llegar al templo incrustado en la roca, un niño de unos 8 años y grandes ojos verdes me alcanzó y me dijo sonriendo: ¿esa manzana que lleva en la mano es para mí? No me cupo duda que sí. Por algo la había tomado de la mesa si no era para mí.

También en Rusia, al desembarcar de un crucero fluvial en un pueblecito no lejos de Moscú, un niño de unos 6 años esperaba a los pasajeros con un ramito de hojas de árboles que la mayoría no hacía caso porque no recuerdan que están viajando y hay mucho que ver y en todo hay un mensaje que no tenemos en casa. 

Pero quién tomaba el ramito, podía entender de qué se trataba. Se trataba de no pedir limosna, sino de dar algo para agradecer después. Y así fue; tomé las hojas verdes para darle un dólar y el niño se fue feliz corriendo a su casa.

Lo que no me imaginaba es que estando ya en el pueblo, el mismo niño se me acercó en una esquina de calles y sin hablar ruso por cierto, me pasara unas viejas monedas que me hizo entender me las mandaba su mamá. Cuando quise corresponder con otros dólares, me dijo que no. Y esa lección nunca la olvido.